Blogia

Pequeña

Más claroscuros

Podría correr y alejarme de todo, pero no quiero. Quiero vivir cada segundo, tal y como el reloj lo marca. Podría escaparme, escribir una nota y dejarla sobre el escritorio para que el primero en verla supiera lo que he estado persiguiendo en tanto tiempo. Y el primero o la primera en leerlo sería consciente de mi dolor, de mis necesidades, de mis sueños, de las cosas que me quedan por hacer, y que, por una u otra razón, aquí no puedo hacer.Y no hay más mundos, más lugares más tranquilos que éste. Pero a veces sentimos la imperiosa necesidad de marcharnos y dejarlo todo para no pensar en nada. O solamente en nosotros. Y creo que aunque cierta tarde me lo propuse, no empecé a pensar únicamente en mí, ciertamente, porque hay demasiadas cosas en las que pensar.Lleno esa bolsa de todas las cosas que hasta ahora me han hecho vivir. Pero sé que no puedo vivir sólo con eso. Y el viento se lleva casi todas las palabras, y la primavera solamente traerá fragancias nuevas. Y amapolas rojas. Y tiempos. Tal vez felices.Pero no puedo adelantarme, ni hacer un viaje para escaparme porque cuando vuelva todo lo que quiero obviar seguirá aquí, no puedo parar el reloj, o sentarme sobre esta alfombra y jugar como cuando era pequeña a imaginar que podía volar, o transportarme a otros sitios donde nada da miedo, y nada es oscuridad.

Pero, joder, la vida está llena de claroscuros que desconciertan en gran medida. Y no sabes con qué quedarte. A qué decir sí o a qué decir no. Y tampoco puedo atarme el cordón de las zapatillas y correr hasta que me canse, y abandonar, y no regresar. No, ése no es mi deseo. Ni mi voluntad ni mi sueño.Mis sueños y mis deseos son muy diferentes a todo esto, pero, sin embargo, no siempre somos conscientes de ello, y la primera salida, es la de echar a correr, y pensar que somos capaces de todo, y olvidar, y vivir, y respirar como nadie y como nunca. Y sentir calor y frío, y gotas de vida en cada pestañeo. Pero estamos tan equivocados, que no nos damos tregua a nosotros mismos. Ni tiempo suficiente para analizar cada situación. Ni siquiera queremos saber por qué a veces ocurre algo que nos ha hecho demasiado felices, o qué es lo que ahora nos está proporcionando bienestar. Solamente nos centramos en los malos momentos, y nos echamos cargas a la espalda, y así, claramente, todo se hace más difícil. Pero a priori no nos importa, nos creemos fuertes, o nos volvemos débiles, pero en realidad nos autodañamos de manera increíble.Y aunque no lo sepamos, de lo único que nos quedan fuerzas es de decirnos ordenadamente todas aquellas cosas que supimos hacer y no deberíamos haber hecho, o aquellas que no supimos y en cambio sí deberíamos haber hecho.Y a veces de decir una a otra palabra, hay un mundo, un abismo, un vacío peligroso, un viaje casi interminable, un llanto angustioso. Algo que no queremos vivir o escuchar porque ahí está el único momento en el que no somos capaces de nada.Y escapamos. Hacemos la maleta y decimos adiós para no volver. Y ser nosotros. Tal como fuimos aquel día. Y creernos felices, o tranquilos. Pero dejamos de ser personas activas para volvernos lo menos receptivos posible.

Dejamos de sentir, de emocionarnos, de gesticular. Y entonces, (y es ahí cuando nos damos cuenta que todavía tenemos la oportunidad de volver y echar marcha atrás), volvemos, decidimos regresar porque sabemos que es lo mejor, o lo más acertado, en su defecto.Sí, terminamos volviendo. Y la aventura se acaba. Y el viaje finaliza, y la estación se queda vacía, tan vacía como un dos de enero en pleno atardecer.Y nos quedamos mirando hacia arriba, o hacia abajo, (depende si somos ese tipo de personas que concibe ese vaso medio lleno o medio vacío) y nos gritamos, y sentimos escalofríos y comenzamos el camino que nos sabemos de memoria.Llamamos a la puerta y nos metemos en la cama, en nuestra cama. Las sábanas están más frías que nunca, pero son nuestras. Las mismas de siempre.  Y entonces miro las paredes y ahí están, las sonrisas más bellas que pudieron capturarme un día. Los ojos más expresivos. La luna en mi boca. La alegría en mi cuello y la paz en mi cuerpo.Me entra sueño y cierro los ojos. Me digo que no volveré a hacer un viaje hasta dentro de un tiempo, y me prometo a mi misma que no volveré a tener tanto miedo como el que he tenido hasta ahora.

Me digo que soy fuerte y que no dejaré que nada ni nadie me influya de tal manera que yo misma me arrebate mi valor, y todo lo que he construido en mi y para mí.Y dejo de tirar mis sueños por la estrecha ventana. Y dejo de arruinar mis momentos. Dejo de hipotecar mis tardes y dejo de embargar mis noches. Empiezo a cerrar los ojos, y aún así, siento mi vida. De nuevo me he acogido a ella. Y ella me sonríe a media luz. Sólo a media luz. Pero no me importa. Porque a estas alturas, después de volver, he dejado de tener miedo a la oscuridad.Me acojo a mi vida y ella me da las gracias en silencio, pero sé que me las está dando. Y me acurruco, sí, como cuando era pequeña. Y dejo de estorbar, y me siento viva como antes. Como mucho mucho mucho antes. Me olvido de los cuentos irreales y de las historias que siempre acabaron mal. De las palabras feas y las lágrimas que estuvieron demás. Me acuerdo de las sonrisas pintadas en esas fotografías, y me veo con dos coletas. Me reconozco, y empiezo a dormirme.He cerrado  la puerta. Pero tanto aquí dentro como alli afuera, hay vida. Y en esa vida, la mía se encuentra también.Y me duermo sonriendo. Y creo que es de las noches más dulces que voy a vivir.

Volver a vivir

Me canso. Me ahogo en la agotación de un día entero sin cerrar los ojos, y descansar, y sentir la paz de mi entorno. Sueño con días felices y pasados, y los reconozco, porque sé que los viví. Que son parte de la vida que todavía poseo. Y tú eres parte de mí. Consigues que lucha, aún con los brazos debilitados y las manos agrietadas del frío y los ojos hundidos de la pena que se instaló en mí hace muchos meses. Y hace muchos meses aprendí que el destino es injusto, que si existe, si ha de existir, ha de ser injusto por naturaleza. Yo nunca debí dejar de respirar, nunca debí volver a tener miedo, ni a temer más segundos de vida. Por ello creo que tampoco puedo cambiar mi destino. Él decide obligarme, atarme las manos y gritarme al oído. Pero a veces me quedo sorda de tantos chillidos agudos y débil de tantos moratones amarillos en mi piel. Solo así logra cambiar de color. ¡Pero qué color! Quiero dejar de sentir miedo y dejar pasar el tiempo y olvidar meses y meses de mi vida que no sirvieron ni servirán para nada en un futuro. O tal vez sí, pero tampoco quiero saberlo. Sólo quiero que estés. Que me empujes, (no al vacío). Que me sueltes la mano cuando estés seguro de que sé andar por mí misma y nadar por sí misma. Y respirar, sin oxígeno artificial ni vientos de otoño. Y volver a vivir, con una sonrisa puesta, y los ojos más verdes que nunca.

Cobarde

Me quedo sentada en el suelo, notando el frío y a su vez las grietas que han nacido en el parquet, a causa de la humedad y el tiempo. Desvarío durante cinco minutos, (sólo cinco minutos) pensando en todo lo que podía haber hecho y no hice. Me miro las manos y cierro los ojos.

 

Querría ahogarme, matarme.  Desenvolverme de la desgracia y crear una carta de despedida que no suene a despedida. Escribir un “adiós” que no suene a “jamás”. Escribir algo que no huela a tristeza.

 

Pero sigo sobre este suelo helado, y sigo envuelta en dos mantas estrechas y sólo deseo matarme. Pero sé que soy cobarde hasta para eso. Y hasta para eso dejo correr al tiempo. Y en estos momentos nadie toca el manillar de esta puerta que me encierra en la desgracia que no me suelta porque se ha acomodado del todo. Y no, nadie puede rescatarme, quizá sea porque yo soy inrescatable. Es una posibilidad. Quizá esa sea la palabra que mejor me defina a mí misma. Por eso no puedo volver a mirarme y decirme que dejaré que sea el tiempo quien acabe conmigo, y mis pulmones que a veces, muchas, también se tornan estrechos y el aire es insuficiente para mí. Y mis bronquios me amenazan con quedarse mucho más pequeños, y mi corazón late cada vez más despacio. Y mis ojos se abren una  última vez, y mis manos se abren completamente. Las palmas de mis manos están más claras que nunca. También hay grietas en la piel de mis manos debido a las heridas inesperadas. También suelto mi última sonrisa, la sonrisa que grita en silencio “Soy irrescatable, y por esa razón no puedo seguir viviendo, por esa razón el mundo ha dejado de ser mundo para mí”.

 

Creo que mis sonrisas siempre han hablado más que mi voz y mi boca. Creo que nadie ha sabido ver en mi sonrisa que quería morirme. Creo que es difícil pronunciar el trabalenguas de mi vida, y descifrar la ecuación de mi vida. Todo es demasiado difícil, y yo no puedo pintarlo todo más fácil. Además de la capacidad de confiar y volver a querer, me han arrebatado también la capacidad de volverlo todo más sencillo. Pero la complejidad que cierto día eché de mi vida, ha vuelto, volvió para consumirme, para regalarme el más afilado de los cuchillos y un espejo hecho añicos. No puedo contemplarme, y aunque lo hiciera, no me gustaría lo que vería en él. En los espejos puedo ver la amargura y la cobardía de mi ser. Y mi ser no suele responderme en momentos como éstos. Por eso sonrío, porque es mi sonrisa, la comisura de mis labios rojos quien me habla. Y me dice que también se llevaron mi valor, pero no mi fuerza.

 

También mi corazón late al son de “eres fuerte, y puedes seguir viviendo”. Pero no puedo fiarme de mi corazón, no puedo hacerle caso ya, porque se ha acostumbrado a equivocarse (no a engañarme), engañarme me he engañado a mi misma, yo sólo creí que los consejos del corazón eran los mejores consejos que podía recibir. Pensé que mi corazón era más inteligente que mi cabeza. Pero he descubierto que no. Y lo he descubierto tarde. Y ahora, (también tarde) mi cabeza me traduce las palabras que me enseñan a despedirme de la mejor manera que he podido comprobar: escapándome. No sólo de esta habitación, para dejar de sentir el frío, y poder empezar a sentir mis pies (que ahora ya están congelados). No sólo de aquí y de esta casa, decido despedirme de este mundo porque no me gusta lo que hay en él, o al menos, en poco tiempo he visto demasiadas cosas que me han influido hasta tocar mi alma y mi esternón, y todos los centímetros de mi corazón rojo. Y quiero escaparme, y no ver nada, no tengo la curiosidad de ver algo totalmente diferente (ya lo he dicho, me robaron la capacidad de confiar y creer en otras cosas). Las que he visto no me han dado felicidad, las que he visto me han vaciado y transformado en alguien que fui cierto día y no quería volver a ser. Pero cuando la tristeza se adhiere a un cuerpo, a unos ojos y a unas piernas; es imposible sanarse completamente. Las grietas (al igual que en este suelo), se quedan grabadas demasiado hondas en mí, y no puedo borrarlas, y no hay momento en que pueda evitar mirarme a mí misma y decirme “¿qué ha pasado contigo? ¿qué ha pasado con la chica que antes eras? ¿qué ha pasado con todo lo que había dentro de ti?”

 

Esas preguntas, esas grietas y esas heridas me han inundado de una cobardía incomparable. Inmensa. Eterna. Y no por ello yo quisiera ser eterna, ni inmensa, ni incomparable. No quiero ser. Y por eso me alío al más afilado de los cuchillos. Al más punzante, al que más daño hace en menos tiempo. El que no te enseña otros mundos peores o mejores que éste. El que no te da segundas oportunidades. El que no te deja sobre la palma de una de tus manos un billete de regreso. El que te ofrece los segundos necesarios para escribir una nota y decir lo poco que te gustó el mundo o los momentos, o tus momentos. Pero también te da tiempo para recordar todo lo bonito que viviste.

 

Eso me está ocurriendo a mí. El filo del cuchillo se encuentra sobre mi piel, no está clavando, no está doliendo. Todavía.

Estoy recordando, haciendo uso de la memoria, de la que me voy a despedir en breve. Me ha gustado conocerla, es decir, me ha gustado que trabajara de esa manera, sin embargo, y en estos últimos momentos quiero reprocharle que no se ha olvidado de muchas de las cosas que son hoy el motivo de esta decisión y despedida.

Podía haberse esforzado por mí y olvidar lo que yo no pude. Podía haber estado a mi lado, más de mi parte, y deshacerse de instantes llenos de cobardía, de mentiras, de cosas que no concuerdan conmigo. Que nunca en realidad lo hicieron.

 

Mis ojos también podían haber trabajado mejor, y haberse abierto más.

Y mi corazón va a pararse, por, también, múltiples razones que ni mi memoria ni yo fuimos capaces de evitar y eliminar. Creo que no poder retroceder y no saber hacer las cosas de diferente manera (mejor), nos conduce al desahogo, a la peor derrota. Y mi peor derrota es ésta: dejarme vencer. Me caigo y caen también mis lágrimas sobre las grietas que pueblan esta preciosa madera que quedará derramada de la sangre que un día bombeaba dentro de un corazón que creía sentirse sano.

 

Definitivamente, lo estaba, sano. Muy sano. Sano antes de tantas cosas y antes de tantas palabras y sonidos que ha retenido mi memoria, para matarme, para proporcionarme las ganas de escaparme, desaparecer y escribir en este folio azul lo último que quería hacer con mi vida.

 

Podría quedarme esta noche aquí, y llenar el folio de todas las cosas bonitas, que son las que deben prevalecer y estar por encima de todo lo demás. Podría deshacerme de estas mantas, y quedarme desnuda, y conseguir una muerte más rápida. Podría frenarlo todo y coger el pincel estrecho que escondí, y encontrar la acuarela más brillante y hermosa de todas para pintar esta noche más feliz. Pero esta última palabra tampoco concuerda conmigo. La he utilizado en muchas ocasiones, he inventado mil frases dejando un hueco en todas ellas para esa palabra y jamás ha concordado.

 

Me toca escribir una última frase, y aunque parezca mentira no sé cual. Me siento rara, pero sé que eso también se debe a la cobardía. No he sabido deshacerme de ella. Es algo que no he podido evitar, como muchas otras cosas. Por eso he decidido que no podía malgastar más tiempo en recordarme todo lo que me faltaba para poder volver a ser quien era, y quien quería ser.

 

No he podido conseguirlo. No he podido sobrevivir a los avatares. No he podido tejer otra piel. Ni transformar mi mente ni cambiar de corazón.

The gift

Propósitos

Escucho “The gift” y me siento distinta, rara, diferente, mucho. Quizá sea porque la melodía sea tímidamente triste, o porque dejo que todo me influya y toque mi piel y mi interior y mi alma. Y dejo que todo se quede dentro y que mis sueños y miedos se transformen y se vuelvan transparentes. Y el miedo aumenta porque entonces todas mis expectativas se quedan vacías, y a las personas les sirve de mucho controlar los sueños y los miedos de los demás, pueden hacer felices o infelices, retorciendo el curso de los sueños que tenemos, o aumentando las sorpresas que esconden bolsas medianas de partículas que saben a FELICIDAD. Y de manera inconsciente dejamos que los demás tomen el sentido de nuestros sueños, y la dirección del camino de la vida que nos pertenece. Y entonces dejamos de poseer lo que hasta siempre habíamos tenido y cuidado como sabíamos, como nos habían enseñado a hacer. Le quitamos el sentido a nuestros miedos porque creemos que esa persona los va a espantar, y nos va a devolver todos los buenos momentos que no llegamos a vivir. Pero entonces dejamos la puerta abierta hacia el abismo, hacia el vacío que se queda afónico de tanto advertirnos que nos equivocamos. Por eso el error se llama error. Porque es demasiado tarde para retroceder y hacer que el error deje de ser error y nuestra vida no contenga ese capítulo que queríamos vivir sin pensar que todo podría dar un giro, y nos sentimos tristes, porque es ese giro el que provoca el paso de ser princesas de cuento a putas de esquina. Creo que jamás se puede volver a atrás. No podríamos volver, ni siquiera, a la misma estación. Los meses pasan demasiado deprisa como para poder volver y hacer o deshacer lo que ahora ya no podemos. Aunque siempre tenemos el mismo papel, el papel de responsables, responsables de las cosas que empezamos a hacer porque queremos mejorar o cambiar nuestra vida, sin darnos cuenta que nuestra vida debía ser cambiada, pero de diferente manera a como la habíamos intentado. En el fondo, creo que solo buscamos paz. Pero me he dado cuenta en muchísimo tiempo que no es fácil encontrarla. Nadie la ofrece, ni da, ni regala, ni envuelve en una caja azul celeste para dejarla sobre el felpudo marrón ceniza que se encuentra en el descansillo. No suena el timbre de ningún aparato. El teléfono se apaga y el timbre de la puerta se vuelve viejo y amarillento.  Pero creo que la (mi) vida debería ser diferente. Debería regalarme tiempo, para crearme un sueño, dos, tres o cuatro...Otras veces pienso que no los necesito, por eso tal vez lo que necesite sea crearme una única realidad, y vivirla con las pupilas tiritando y las manos calientes. Con la piel erizada y los lunares presentes en cada acto. Creo que me gusta escuchar esta canción porque no entiendo concretamente lo que dice, por eso me adentro en la historia de mi vida, o en los fragmentos de lo que hasta ahora es y ha sido mi vida. Fragmentos que están sueltos por el suelo de esta habitación, juntándose entre sí, uniéndose, perdiéndose en la alfombra roja. Deseando estar en la lista de las cosas por recordar. Pero no todo puede ser recordado. Y eso es una gran decisión, que tal vez ya haya tomado y hoy, exactamente hoy, no me acuerde. Pero lo que si sé es que soy fuerte y sé que si no puedo con todo, puedo con casi todo. Y por eso intento mirarme a los ojos y verme segura. E intento soltar una palabra con la voz no partida, y decirme que hoy puedo brillar si el sol también lo hace. Y sé que si no lo hace, yo, algún día también lo haré. Porque tendré todo lo que me haga sonreír, y un solo motivo para hacerlo, me hará entender que la vida es precisamente eso: sonreír, y sentirse seguro de las cosas que hacemos. Por eso deseo una cosa para este año y todos los que tengan que venir: sentirme segura ante todo y ante todos. Saber lo que estoy haciendo a cada momento, lo que quiero hacer y lo que debo hacer. Aunque una y otra cosa no se correspondan, también deseo tener la capacidad de poder discernir aquello que me conviene de aquello que más tarde o más temprano me hará daño. Soy la persona a la que más le importa el daño que puedan recibir mis pómulos, mis manos, mi cuerpo, mi alma. Soy yo quien tiene que hacer lo posible e imposible por evitar el dolor que recibo porque nunca supe contemplarlo de lejos como para poder alejarme de él.Quiero eso, seguridad, junto a la capacidad de poder volver a confiar plenamente en las palabras que me cansé de oír y me han devuelto las lágrimas que un día creí derramar para no volver a sentirlas. Como he dicho, somos responsables y culpables también si en cada uno de nuestros actos erramos. Y somos humanos y por esa condición humana nos equivocamos; algo que profundamente me desquicia. La vida debería ser diferente y deberíamos ser siempre más inteligentes, ... ...y yo debería aprender a ver de lejos, y a leer entre líneas. Y a saber distinguir lo cómico de lo trágico, y lo real de lo ficticio.Hasta ahora me ha costado, pero sé, estoy segura que todavía me quedan minutos para poder cambiarlo.

Por si acaso

Me subo a unos zapatos y me instalo una sonrisa para que dure seis horas exactas. Sin que se debilite, sin que pierda fuerza y tersura. Me canso de lo que veo en muchas de las vidas que pasan por delante de mí. Me canso de ver papeles llenos de cifras altas, de ver ojos que miran por encima de mi hombro derecho, y de los aires que se respiran, que son únicamente aires de superioridad. De altitud, mucha altitud.Me subo a mis zapatos pero sé que cuando bajo de ellos encontraré la sopa caliente sobre la mesa azul, la sopa caliente, mi sopa; y no una lata llena de caviar color azabache. Y sentiré mis pies planos, y mi sonrisa real. Y mis ojos tranquilos, mi mente clara. Y veo vidas y vidas, y me pregunto por qué serán tan diferentes o tan semejantes. Y luego me contemplo a mí y me digo qué es lo que quiero o necesito cambiar de ella. Y en la mayoría de las veces en que me pregunto no hallo ninguna respuesta, pero tampoco me culpo por ello porque nunca llevo reloj y nunca sé a ciencia cierta qué cantidad de tiempo me queda para encontrar las palabras que necesito decirme a mí misma, o cuál es la decisión que tomaré de manera definitiva y que cambiará mucho más el sentido de todo lo que vivo.Me abstengo de tomar decisiones, de regalar lágrimas y de callarme mi dolor. Me abstengo de recordar las tonterías que hacemos las personas por querer un gramo más de emoción. Me abstengo de salir a la calle y sentir la lluvia. Me abstengo de recordar lo que me ha hecho sufrir, y me abstengo de retener en mi memoria días que me han sumido en la estación de la pena. Y me abstengo de esconderme bajo la sábana y aferrarme a mi almohada. Me abstengo de ser tan dulce y vulnerable. Me abstengo de usar la misma coraza de siempre. Y me abstengo de dejar al descubierto tres cuartos de mi corazón. 

Por si acaso.

Otra

Podrías compadecerte o soltar una carcajada si supieras que tengo las pupilas como escarcha. Podrías arrancarme mis dedos arrugados de haber estado tanto tiempo bajo el agua. Podrías haberme robado todo el agua que parecía volverme pequeña y casi consumirme. Podrías creerme o no si te digo que mi vida es otra, y hasta yo soy otra. Puedo decirme que el mundo es diferente porque tú ya no existes, ni tus ojos existen, ni nada de lo que antes existía ahora existe. Eso me calma, me tranquiliza, y me hace sentirme bien conmigo misma. Se me han acabado las palabras que antes tenían algún aunque pequeño significado para mí. Ahora estoy bien porque sé lo que vivo, lo que sueño y lo que tengo. Y todo eso forma parte de la realidad.He salido de la pesadilla negra que solemos tener cuando somos niños para entrar a través de una ventana y adentrarme en la realidad pura. Yo siempre he sido realista, por eso la realidad ya no me asusta. Por eso nada puede tumbarme, he vivido demasiadas cosas, y eso no ha podido arrastrarme hasta el mar.He podido frenarme, y he podido evitar tocar la orilla, la arena, y encontrarme sobre unas olas enfadadas. He sabido permanecer en la tierra firme y tengo la puerta cerrada a cualquier sueño, solamente porque ahora no los necesito. No me hacen falta, y eso es otra de las muchas cosas que hace que me sienta serena, también, conmigo misma.Otras voces y otros momentos me llenan de paz. Ahora. Y sería arriesgado hablar de felicidad, pues necesito obviarla durante un tiempo para poder mirarme a los ojos, y detectar en ellos qué es lo que hay, y qué puedo comenzar a expresar con ellos. Creo que hoy tengo todo lo que necesito, o al menos lo más importante. Creo que a veces estamos demasiado ciegos y no alcanzamos a ver muchas de las cosas que antes estaban al alcance de nuestra mano. Lo sorprendente es que ahora todavía estén ahí.Y me tomo mi tiempo para pensar, para decirme como pintar los lunes y los jueves de mi vida. Me tomo mi tiempo para autoregalarme cualquier tontería que me haga sonreír y bailar como si fuera la última canción que fueran a escuchar mis oídos. Y me gusta eso de escuchar que siempre se puede ser más alegre. Que soy fuerte y que puedo con todo. Eso también me llena de fuerza porque hasta me lo creo. Es bueno creer y confiar en una misma, si eso, solo eso, ya es suficiente par salvarme.Es bueno saber que no necesito una decena de flotadores para salvarme. Es bueno saber nadar, a cualquier ritmo y aún a contracorriente para poder darme cuenta que no necesito más que mis brazos y mis piernas para poder llegar y alcanzar lo que yo quiero.Es bueno también saber encontrar la dirección y escapar antes de tiempo. Lo más triste es tener mucho tiempo, gastarlo e invertirlo sin darte cuenta que escogiste la dirección equivocada, o que te adentraste en el sueño equivocado, o que escuchaste palabras ornamentadas que iluminaron una parte de ti que ya había sido iluminada antes. Pero como he dicho, nos volvemos ciegos. Y yo fui esa persona que siguió la flecha errónea, y por ello estuve a punto de caer al mar, y de que las olas soltaran su rabia contra mí y de que mis pies perdieran el 10% de equilibrio que les quedaba. Ahora no me gustan muchas cosas que antes me gustaban. Ahora sueño cosas que antes ni pensaba. Ahora vivo lo que quiero vivir, y me gusta escuchar que soy fuerte.Escucharlo me ayuda a serlo cada vez más intensamente. 

Y soy Laura, pero soy otra.

Bon Nadal

Después de subir al blog bastantes textos que tenía escritos en el otro ordenador, me despido por un pequeño tiempo. Los exámenes, las clases, el trabajo y el escaso tiempo libre agotan en gran medida, pero no quería irme sin antes desearos una Feliz Navidad. No todos queremos vivirla no todos la admiramos o en cambio todos la necesitamos por unas u otras razones, pero aunque nos neguemos o no, está ahí. La navidad, y la vamos a vivir de todas formas, así que, aprovecho para desearos unas agradables fiestas a todos los que empleais parte de vuestro tiempo en entrar en este rinconcito y leer mis palabras.

Sigo pensando que hay gente que se conmueve al leer; (de hecho, yo soy una persona de ese tipo); pero también pienso que hay gente que se conmueve con tan sólo saber que hay otras personas al otro lado, enfrente de otra pantalla lejana y diferente, con deseo de leer algo de alguien en especial.

 También os deseo unas vacaciones invernales muy especiales y si cabe, también, conmovedoras. Disfrutad todo el tiempo posible de la familia, de los amigos, del frío y de los días de sol, de la alegría que se suele respirar, y de los regalos en cajas pequeñas, que a veces, resultan ser los más grandes.

Un besito fuerte a todos

 

 BON NADAL! Sonriente

Noah y Allie (II)

Eran ellos Noah, y Allie. Ambos se complementaban se amaban, se necesitaban y deseaban. Noah le amaba con locura, estaba dispuesto a darlo todo por ella. Desconocía que ella iría a una universidad de Nueva York, desconocía que ella no residiría a 200 km de él. Noah debía permanecer en Seabrooke, y sabía que estuviera donde estuviera, pensaría siempre en ella. Allie, por su parte, necesitaba saber de él. Pero no le llegaban las cartas que él le mandaba. Y era un amor real, Allie dudó de ello, pero al volver a verle, después de 7 años, después de que ella hubiera sido enfermera voluntaria y hubiera conocido a su prometido; sabía que Noah siempre había estado ahí, en su cabeza, en su memoria. Era un recuerdo imborrable. Era el recuerdo más bello que había en su mente. Sabía que nadie como él volvería a pasar por su vida, y temía que él se marchara de su camino. Desconocía que él todavía le amaba, y quería ignorar el amor que había renacido por él al verle. Es un amor envidiable, un amor completamente envidiable. Un amor capaz de todo. Un amor que lo ocupa todo. Un Noah que ama por encima de todas las cosas, que es capaz de todo por crear en ella una sonrisa. Capaz de construir una enorme casa blanca de ventanas azules, y hacer una habitación con ventanas que den al río para que ella pinte. Y ella, por su parte, con o sin intuición vuelve al pueblo y vuelve a verle. Dan un paseo en barca, comienza a llover y de nuevo el amor emerge. No por parte de Noah, él no hab ía dejado de pensarle, ni amarle en ningún momento. Habían sido años eternos de espera, y no confiaba en que ella volviera, no confiaba en volver a ser feliz. Pero ella decide quedarse para siempre, decide estar con él por encima de todo esta vez, por encima de la decisión de sus padres, por encima de la promesa con su prometido, por encima de cualquier cosa que le impidiera realizar su sueño y su mayor deseo: el de permanecer siempre con su primer amor. Y ambos comienzan a disfrutar de la felicidad, la felicidad de su compañía, del placer... Comienzan a ser felices, y no dejan de serlo, ni siquiera Noah cuando cada día, cada mañana y tarde lee y relee la historia que ella había dejado escrita semanas antes de caer en la enfermedad. Ella no recuerda su nombre, no recuerda que Noah fue su gran, verdadero y único amor. No recuerda los nombres de los hijos que tuvieron, no recuerda los rostros de sus pequeños nietos. No recuerda lo bella que fue la vida que ambos compartieron. Ella se muestra inquieta e incómoda a cada momento, él no pierde la esperanza, no pierde la paciencia, no pierde su amor, no se extingue la locura de ese amor. Él se queda a su lado siempre que ella le deja, y a veces, sólo algunos días, tras leer pequeñas frases que Allie escribió para los dos; piensa y se da cuenta que esa persona que está delante suya es Noah, y que ha decidido trasladarse a la residencia para estar más cerca de ella, para cuidar de ella todo lo posible. Allie llora, y se muestra esta vez triste, sólo puede acordarse de él durante cinco minutos. Cinco minutos llenos de baile, de besos, de caricias y de palabras llenas de dulzura, una dulzura incomparable con cualquier otro tipo de palabras que pueda expresar otra persona. Porque son ellos, ellos los únicos que se aman de este modo. Se aman incondicionalmente, infinitamente. Y es realmente precioso contemplar algo así. Amo esta película. Amo esta historia, y amo los personajes. Es el mejor amor, el mejor tipo de amor. El amor que todos deberíamos sentir en algún momento de nuestras vidas.

Sólo quiero mi vida

 

Creo que debo despedirme de la tristeza de la nostalgia, de la melancolía de la rabia de la pena de la angustia de la agonía de la amargura de la soledad del vacío de los huecos de la oscuridad de las noches, de las lagrimas del ahogo del agua fría de las nubes oscuras y de todos los sentimientos que guardo dentro. No pueden convivir entre ellos. No puedo seguir con esta lucha. No puedo vivir con el olvido pero tampoco con el recuerdo no puedo vivir con resignación y tampoco con rencor. No puedo vivir con más llanto ni con risas eternas. Por esto y mucho más creo que debo despedirme de todo lo que me inunda. Porque todo lo que me inunda es todo lo que me va matando, y creo que tengo que vivir, hoy, y ahora, más que nunca. Creo que tengo que ponerme en pie como nunca lo hice, y abrir los ojos, abrir la mente abrir los brazos, abrir las alas. Y ser consciente y realista, y ser alegre como antes, y ser soñadora pero en su justa medida. Y tener esperanzas pero algo escondidas, y también alguna ilusión en algún rincón recóndito. Y despertar, y tener inmensas ganas de respirar y de ver el sol y de querer notar el frío que llega siempre a las ocho de la tarde. Y despedirme, si cabe, en último lugar, del miedo, de éste que me ha ido acompañando día y noche, sin pausa, sin respiros. Creo que el miedo me ha ido haciendo más pequeña y más débil. Se ha llevado ya demasiadas cosas importantes para mí, que yo guardaba con mimo. Y el miedo también tiene parte de razón al presentarse, y al plantarse delante mía, porque a veces me adelanta cosas que una no quiere admitir, pero acaban ocurriendo; y otras veces, sucede justo lo contrario, me adelanto yo, pensando que los ffinales nunca podrán ser felices. Y entonces el miedo me hace no vivir, y me hace esconderme, junto a esas ilusiones, pero ya rotas, claro. Y entonces me mudo yo a ese rincón recóndito, y nadie puede distinguir lo que siento, nadie puede observarlo, y yo me muero de tristeza, y el miedo no acaba de aislarme, porque sigo notándolo todo. Es solamente un rincón, no otro mundo ni otro ambiente. Y el miedo me pisa los talones, me tienta a hacer carreras y lo único que intento es que no me gane la carrera de mi vida, que no me eche más pulsos y que no quiera hacerme daño. Que yo aprenda de una vez sin él, que me hayan servido de algo los palos las patadas, las piedras, las puertas, los cerrojos, los pestillos no echados y las ventanas, y también las palabras. Pero creo que un día dejé de ser ilusa para no hacerme demasiado daño, y se me olvidó en ese justo momento deshacerme de todo el miedo que habitaba en mí. Si lo hubiera logrado, ahora no estaría rota. Pero no soy inmune a los golpes de la vida, ni a las palabras de las personas que te importan y que un día entraron a formar parte de ti. Lo difícil es descubrir que a veces te equivocas y que ya no hay solución alguna para recomponerte y para pensar que no es tarde para sonreír, ni siquiera para sentirte bien, ni siquiera para querer ver el sol, o respirar pensando que la vida todavía merece la pena. Y yo quiero eso precisamente, ver el sol, respirar y vivir. No quiero nada más. No quiero rincones, ni ilusiones, ni sueños pero tampoco pesadillas, golpes y miedo. Sólo quiero la calma que en constante momento añoro. Sólo quiero mi vida.

Mi tiempo

Déjame que te diga que necesito tiempo, mucho tiempo, pero no para pensar, ni para centrarme, ni para aclarar las ideas. Ese tiempo lo voy a emplear para vivir, para creer que puedo volar para intentar ser feliz, para hacer cosas, para planear viajes que no llegaré a realizar, para revelar fotografías que un cierto día hice y que ahora quiero tener conmigo físicamente, para escuchar música bajita y para romper el silencio. Quiero emplear ese tiempo que quizás tú no puedes darme y yo me robo a mí misma para gastarlo, de la manera que sea, pero no para ordenar frases, ni ideas, ni despejar pensamientos que se agolpan en mi mente provocando en cierta medida un pequeño caos en mi cabeza. No quiero eso, no quiero ser consciente de que mi mundo ha de cambiar, porque sé que todavía tengo que hacer muchas cosas para tomarme el resto en serio. No quiero tropezarme ni equivocarme ni hacerme daño, ni tampoco recibirlo por tu parte, y sé que ahora podría sucederme si me quedo contigo o si tu mano se agarra a la mía para llevarme a cualquier sitio. Resulta que cualquier sitio no vale. No funciona el llevarme a cualquier sitio si tu voz no me dice lo que yo necesito oir, o si tus manos no escriben lo que yo quiero leer cuando llegue a casa. Pero no hay nada que ahora yo pueda escuchar y me haga sentir viva, ni siquiera llego a casa y tengo algo que leer ni releer dentro de mi cama. Me quedo con mi almohada, y con lo que ahora te estoy escribiendo. Me quedo con eso y con la lista de todas las cosas que me he propuesto hacer antes de estar contigo. Porque estar contigo jamás fue un juego, ni algo que llegara para irse como si me hubiera tocado a mí por casualidad. Supongo que entre tú y yo el azar y la suerte no existe. Supongo que no quiero que haya ese tipo de relación donde uno dice te quiero y al otro le parece algo normal si hay amor de por medio. Sé que ahora mismo no me estarás entendiendo porque si te soy sincera, tampoco me entiendo a mí misma en muchas ocasiones pero ahora por esta vez, estoy sacando todo lo que hay en mí, estoy sacando toda la sinceridad de mis palabras, estoy plasmando la verdad, que va acompañada de mis más puros deseos. Y no quiero adornar nada, no quiero decorar nada. No quiero oir palabras de tu boca a partir de ahora si hasta entonces nunca han nacido en ti. No quiero encontrarme con papeles que tengan frases que ahora quieres escribir porque sabes que necesito que existan. No quiero que tu amor, actitud o pensamiento cambie. Solamente que necesitaba que eso diera un pequeño giro para hacerme algo más feliz, pues sé que más tarde o más temprano puedo llegar a conformarme con este grado de felicidad que tú puedes proporcionarme. Sé también que esa limitación ese conformismo puede romperse sin embargo, de momento yo te quiero, y sigo extrañando muchas de las cosas que me has dado y yo he valorado. Pero ahora quiero ese tiempo que no dedicaste para mí, y así utilizarlo para cosas que no nos unan, porque quizá ese lazo que anudamos no es tan fuerte como pensábamos. Quiza este roto y tu no lo sabes, y yo lo ignore. Quizá los pedazos de lazo que se hayan caído al suelo pueden servirme de velo, pero creo que no es buena idea. No. Quiero escucharte, o hablarte, no sé muy bien lo que quiero ene ste instante y sé que siempre suelo saber lo que quiero pero últimamente todo es un completo desorden; y es curioso porque hace tiempo ese desorden me gustaba, pero ya no sé tantas cosas... De ahora en adelante estaré aquí, gastando el tiempo, porque hasta hoy he perdido mucho, y sé que es un error hacerlo. Llámame un día, y si tú quieres, empezamos a gastarlo juntos

Estropeándolo todo

Quería escribirte estas palabras para hacerte saber que se quedó grabada en mi cabeza tu risa. Y se quedaron grabados tus labios en mi mente, y tu voz en mi cabeza, y tu tacto en mi piel y tus manos en las mías y tus ojos en el reflejo de los míos y tu suavidad en mi espalda y tu cuello enredado con el mío. Quería escribirte para decirte que mi mente me pide paz, paz que jamás pudiste darme, paz que jamás me regalaste ni proporcionaste. Quería escribirte estas palabras porque me faltó decirte que tú terminaste siendo más cobarde que yo. Que tu boca sufrió un gran desenfreno al ir prometiendo en cada palabra. Al ir afirmando. Creo que las suposiciones en la vida no sirven de nada. Y lo más triste, es que después de un largo tiempo, me he dado cuenta que las palabras tampoco sirven, porque las palabras se tornan mentiras cuando alguien las usa y las manipula de tal forma que parecen verdades. Las verdades más grandes. Las verdades más verdaderas. Y al final nada te salva, ni las verdades, ni las mentiras... Todo te deshace. Y quieres recomponerte, sin pensar, actuando simplemente porque sabes que todavía te queda parte de vida que disfrutar.

Creo que no siempre las palabras nos salvan. Creo que es mejor dejarlas salir sin que pasen por nuestras manos, y queden manejadas. Creo que las manos acaban ahogando, estropeándolo todo

Burbuja

No quiero encontrarme más dentro de esa burbuja a la que muchos socorren para aislarse para evadirse, para alejarse del miedo, de todo lo que llega y no se quiere afrontar. No quiero verme más dentro de esa burbuja porque me he dado cuenta que puede asfixiar, que puede matarte. He intentado que mi propia burbuja posea un pequeño agujerito para respirar, de esta manera me siento mejor mucho mejor. De esta manera respiro y a la vez soy consciente de todo lo que sucede. No puedo aislarme completamente del miedo que tantas veces casi continuamente me inunda. No puedo alejarme de todo lo que llega y seguirá viniendo no puedo ponerme una venda en los ojos, sería demasiado complicado.

Y aunque nadie me lo diga, puedo brillar.

Debí decirte hace mucho tiempo que el dolor es algo de lo que podemos deshacernos si nos lo proponemos. Los seres humanos tenemos el gran poder de conseguir cosas con la ayuda de la propia tenacidad, de la voluntad y del deseo. Debí decirte que jamás te deseé, debí decirte que me convertí en un ser humano cobarde cuando creí que yo comenzaba a vivir por tu cuello y tus ojos y tus labios y tu piel y tu risa y tu sonrisa. Debí haberte dicho que jamás en mí habitó la voluntad, que me convertí, me transformé, y el sol tapó a las nubes, y yo me tapé a mí mismo. Supe controlar el tiempo, supe controlar mis contradicciones supe controlar mi vida. Supe hacerlo todo, supe vivir pero no supe decirte la verdad. No supe decirte que no fui tenaz. Y sé que no puedo arreglar las cosas con palabras. Tampoco sé si quiero arreglarlo. Sé que has dejado de ser y estar para mí. Sé que jamás me importó tu presencia, ni tu existencia, ni las cosas que intentabas hacer y hacías por verme feliz. Sé que llegaste a pensar en un cuento que probablemente parecía ser real, sé que llegaste a pensar que tú estabas viviendo ese cuento que tú misma habías escrito. Sé que querías llegar a ser princesa, sé que querías escuchar que eras perfecta, sé que pensaste que yo quería endulzar tu vida una tierna mañana. Sé que esperaste, sé que diluvió, sé que te maté de dolor al mentirte y al herirte como te herí. Sé que no vas a leer estas palabras porque sé que yo también he dejado de ser y estar para ti. Sé que los lazos están disueltos, sé que todo se ha perdido, absolutamente todo. Sé que te vacié de fuerzas esperanzas ilusión, ganas, sueños, lágrimas... Sé que has sufrido, y temo que yo me convierta en la persona que más daño pueda haberte hecho en tu vida. Sé que es así. Sé que ahora es el único momento en el que no me estoy equivocando. Sé que me equivoqué al hablarte y al decirte que pensaba que toda tú eras especial. Siento no haber sido humano, y siento haber creado en ti heridas tan profundas. Siento que esto no te llegue, siento mi cobardía. O a lo mejor no sienta nada, a lo mejor no quiera sentirlo. Creo que jamás debiste pensar en la esperanza conmigo. Creo que debiste alzarte y ponerte de puntillas. Creo que debiste prolongar tu silencio y escaparte. Creo que te retuve para hacerte daño, creo que podría haber acabado con todo mucho antes. Creo que he estropeado tu vida y no lo lamento, porque contigo no lamento nada. No lamento tu dolor porque no hay nada en mí que me diga que lo siente. Siento amor por mi vida, porque la abandoné en difíciles momentos. Terminaste siendo un puente. Un sitio por el que yo pasara, y no sufriera ninguna caída, ni bache ni estrechez. Creo que supe comportarme delante del telón. Creo que debes obviar cada momento, y ser quien quieras ser. Vive lo que quieras vivir. Pero creo que jamás podrás tú tener un puente, tú eres diferente. Tú sientes de verdad. Tú amas de verdad. Y de tanto amar y tanto vivir y confiar, te volviste estúpida.  No pierdas el sentido ni la razón, eso nunca. Tampoco te acojas a la locura. Vive a partir de ahora tus días, tus noches, tus momentos, tu tiempo. Y brilla, si puedes.

Por hoy

No quiero sentir absolutamente nada. Y sé que es mejor sentir que no sentir nada. Es mejor sentir dolor, frustración y resignación que no sentir nada. Pero ahora, en este preciso momento, quisiera no sentir nada, nada ante ninguna palabra, fotografía, recuerdo, imagen...Creo que no sentir nada sería mi mayor coraza. El mayor disfraz que podría encontrar y comprarme y ponerme sin miedo a que se rasgara. Lo cuidaría con mimo, para que nadie me volviera a hacer daño, y para que  nadie me calara. Para que nadie me hundiera ni hurgara en mis heridas. En mi piel, en mis lunares... Creo que necesito otra coraza diferente a ese disfraz para mi vida. Mi propia vida.

Quiero no sentir nada cuando encienda la radio, la televisión, el ordenador, o cuando salga a la calle o entre en una tienda. Quiero no sentir, quiero no llorar, quiero despertar, quiero levantarme, quiero andar, quiero respirar, quiero tararear, quiero soñar, quiero mirar hacia arriba y quiero abrazar. Me conformo con eso. Pero no es tan fácil. Las lágrimas no avisan. La vida no te da ventaja. El tiempo no se detiene. Los gritos no poseen silencio. Los libros siempre terminan. Los sentimientos suelen ser profundos y por ello no quiero sentir. No quiero profundidad, no quiero profundidades en mí.

Ni puedo ni debo tenerlas. No tengo otra salvación que abrir los ojos, y armarme de fuerzas, cualquier tipo de fuerzas pero fuerzas que me sirvan para poder seguir viviendo, para poder esquivar cualquier obstáculo. Para poder seguir, simplemente. Yo solamente quiero coger aire. Solamente quiero una melodía sin letra, un sol radiante que se filtre en esta habitación, una sábana lisa sobre mi cama y un silencio agradable.

No quiero nada más. Porque no quiero sentir. No quiero sentir ahora nada que pueda hacerme feliz o infeliz. A veces descubres que no te sale rentable ser feliz, sobre todo cuando a bote pronto desaparecen tus sonrisas y aparece en ti un tímido gesto que te vuelve alguien triste, alguien que desprende pena, y fragilidad.

Yo siempre fui frágil, y hubo una época en la que no me vi así. Hoy vuelvo a ser frágil.

Vuelvo a sentir, y quiero dejar de hacerlo, aunque sólo sea por hoy, aunque sólo sea ahora.

Ni soy yo ni soy ella

Me quemas y me hieres. No te molestas en sanar mis heridas o parar mi sangre o secar mis lágrimas o pedirme que te cuente mi último sueño. Me quemas y te vas con furia, con rabia. Me dejas tu odio para que yo odie. Y me dejas dolor para que yo sufra por ti. Creo que tú no sabes sufrir, creo que nunca sufres. Creo que tus oídos están acostumbrados al sonido de las risas que proceden de tu boca; y por ello nunca sufres, tampoco quieres hacerlo. Creo que te deshaces del dolor, como yo me deshago de los momentos felices. No los quiero en la memoria cuando después de un largo tiempo me doy cuenta que no merecían la pena. Y no quiero tu dolor, ni los restos de tus sonrisas. Quiero mi paz, mi estabilidad, mi tranquilidad, mis pómulos claros pero rosas, y no pálidos. Quiero mis ojos claros, pero no transparentes. Quiero mi boca sellada, pero no temblando. Quiero mis brazos rectos, pero no quietos. Quiero mi vida entera, y no rota en pedazos. Quiero mi corazón le debo muchísimas... Le debo una vida tranquila, llena del amor que pueda encargarme de recibir por él. Llena de un amor sincero, llena del amor sano, de un amor cierto.

Y quiero mi piel intacta, blanca, pero intacta. Una piel sin heridas, sin quemaduras, sin señales, sin marcas. Te encargas de borrar mi señal, mi marca... yo no puedo borrar tu quemadura. Yo en cambio, nunca te quemé.

Creo que me debías palabras, otra clase de palabras. De todas formas, me quedo con estas heridas que me encargaré de sanar. Quizá no pueda curarme del todo, quizá me quede con gramos y gramos de tristeza dentro mío que se harán notar cuando más débil me encuentre. Quizá no pueda volver a confiar en el tipo de palabras que un día escuché por ti aunque procedan en mi futuro de otra boca. Y no hay derecho que por tus palabras, tus actos y mis miedos no pueda volver a confiar. Creo que debería haber ensayado, sí, ensayado duramente para poder defenderme y deshacerme del daño que me has hecho de una sola patada, o de un solo portazo. Creo que seguiré siendo la misma persona, pero ahora después de tanto tiempo, existe una diferencia.

Dejé de existir. Dejé de nombrarme. Dejé atrás muchos momentos, demasiadas cosas. Dejé de respirar para poder volver a vivir de otro tipo de aire. Dejé de amanecer como amanecía. Dejé de soñar lo que soñaba. Dejé de creer en lo que creía. Dejé atrás la perspectiva que tomaban mis ojos. Ahora lo miro todo de distinta forma. Ahora no soy yo, ni soy ella.

El frío

El frío cala demasiado hondo. Estoy sufriendo el frío de una manera extraña, porque hay días que quiero que haga un poco de frío para sentirme viva, pero hay otros días, otras tardes otras noches en las que el frío me vuelve más pequeña, y me encojo y aparento ser aún más pequeña. Y entonces quiero llegar pronto a casa, y mis pies empiezan a andar más deprisa, para abrir la puerta y poder cobijarme con mi manta. Y entonces imagino el frío desde fuera. Creo que el frío no debería durar tantos meses. Creo que los huesos lo sufren demasiado, y creo que la mente cambia, porque con el frío llega la navidad, y a veces nos volvemos más vulnerables. Y todos los años me ocurre lo mismo: me sobra vulnerabilidad. Sufro cambios de estado, y hay días que lo veo todo de color rosa fresa, fuerte fuerte, y otras veces todo es gris, como esas nubes que están a punto de llorar en las tardes otoñales. Hay días que quiero tener mil cosas por hacer, para no pensar en el frío ni en la navidad ni en las cosas malas que nos pasan ni en las personas que no están con nosotros porque no pueden estar o porque ya se fueron.

Pero aunque son simplemente días, son siempre nuestros días. Forman parte de nuestra vida, y por ello deben ser especiales al menos, durante un segundo.

A causa de viejas sonrisas

Tengo nuevas arrugas a causa de viejas sonrisas. Tengo miedo, pero no tengo sueño. Tengo ganas de sentirme bien, nueva, radiante...con o sin sonrisa; pero quiero reconocer mis dientes, y también quiero verme sin miedo. El miedo me debilita. El miedo me va quitando parte de la entereza que un día creí tener. El miedo me obliga, me presenta un presente más frío. Con calles largas y pasos largos. Con prisa, con lágrimas a punto de estallar. A punto de concentrarse en el mentón de mi rostro y formar caravana para caer directamente al abismo, rozando el último milímetro de mi barbilla. Despidiéndose del mundo y del miedo. Las lágrimas se marchan pero yo me quedo. Y quiero sentirme segura, con o sin lágrimas. Quiero mi vida tal y como es por el día, con sol, con pequeñas nubes y con calles llenas de gente. Quiero compañía, tengo un gran resentimiento hacia la soledad, y mucho más hacia la noche en soledad. El miedo me debilita, pero sobre todo, me hace ver lo frágiles que podemos llegar a ser, por ejemplo, al volver a casa a partir de la una de la noche sin otra persona cerca. Y a lo mejor quince o veinte minutos parecen ser dos horas, y entonces pareces tener ojos en la nuca, y pareces tener prisa por llegar  a la puerta y acertar con la llave al primer instante. Pero no es bueno vivir con miedo. Vivimos demasiado poco tiempo como pasar media vida temiendo y el temor solamente nos hace retroceder, y volver a ser los que éramos, los niños que tenían miedo de algunas cosas, y de otras no porque la curiosidad lo podía todo y nada asustaba. Pero se dice y se escucha que cada persona es un mundo...yo debo ser un mundo demasiado pequeño y casi fracturado. En las grietas de ese mundo que es mío, se cuela demasiado miedo a cosas estúpidas; pero el mundo siempre puede sufrir una modificación. Y podemos ser distintos, y podemos tener más arrugas con sonrisas, esta vez, nuevas. Y nuevas expresiones, y nuevas palabras, y nuevos momentos, nuevas etapas, nuevas alegrías, nuevas sensaciones, en esta ocasión, verdaderas. Firmes. Reales. Fijas.

Y mirar con orgullo y gracia a esas arrugas que se afinan alrededor del rabillo de nuestros ojos, y ver a través de un par de arrugas que hemos sido muy felices; pero que, todavía tenemos la oportunidad más grande la más importante: la de seguir siéndolo.

Miedo y silencio

Me da miedo. Mucho miedo. El silencio. Y lo que deja de ser silencio y cuando las palabras resuenan y el eco de los gritos se extienden y se adueñan de las paredes que constituyen esta casa. Me da miedo cada segundo que pasa, y cada cosa que no pasa, cada cosa que imagino o que está todavía por ocurrir. Me da miedo imaginar, y pensar, y soñar, y quedarme dormida. Me da miedo estar esperando. Me da miedo llegar, escapar y marcharme Me da miedo el futuro cercano y lejano. Me da miedo cada cosa que siento y sufro, me da miedo volver a pasar por esto y vivirlo con el mismo miedo. No logro controlar las gotas de agua que se asoman continuamente por mis ojos cuando siento este miedo... me da miedo no controlar el temor que se adueña entonces de mí y entonces dejo de ser yo, vuelvo a ser más pequeña que nunca y entonces siento todo y siento nada. Y mis brazos dejan de existir y mis fuerzas que casi nunca salieron emergen de mí para intentar cambiar o evitar, pero mi fuerza pronto vuelve a esconderse, y vuelve a su propio escondite, entonces sale mi miedo, éste que no deja casi actuar, y entonces la impotencia la rabia y la tristeza unidas me hacen odiar el mundo, el mundo y todo lo que éste conlleva. Entonces todo deja de merecer la pena y entonces, por un instante, me doy cuenta que mi vida tiene un sentido y que no quiero que se pierda. Entonces esa fuerza intermitente aparece y me grita al oído que me tranquilice, y que mi corazón deje de latir como late. Que mi miedo se extinga...pero no, eso es lo último que pasa. El miedo jamás se va porque siempre está ahí, alerta. Permanente. Oculto por momentos pero permanente porque sabe que siempre le haré compañía, o al menos en momentos como éste. Y creo, a estas alturas de mi vida, que no soy miedosa por naturaleza, sino que poco a poco me han hecho ser miedosa, y ahora ya es demasiado tarde para volver atrás. Para ser una niña, para soñar con lo que nunca imaginé que existía, para pensar con cosas que ahora sí sé como funcionan, para preguntarme cosas que ya he resuelto... Ahora es demasiado tarde, y demasiado pronto para rendirme y para derrumbarme. Pero la noche cae y mis lágrimas también lo hacen. Y me dicen en silencio que temo cada segundo y cada minuto. Cada movimiento, cada ruido en las losetas. El tiempo entonces se torna mi propio enemigo porque dejo de quererle, porque por él tengo este miedo también. Porque quiero que se detenga, y quiero estar lejos. Y quiero que esto se nuble, y que nada se recuerda, o quizá sí, para que no se vuelva a repetir más pero sí, siempre se repite, es esa típica historia que nunca has contado creyendo que se acaba y que el final es finito, totalmente finito. Pero no, el final es como una larga carretera que siempre recorres esperando llegar a esa línea recta y lejana, pero nunca llegas, porque es el horizonte, y al horizonte nunca se llega. Siempre se sueña con hacerlo, pero nunca se llega, y tampoco puedes cambiarlo. Como muchas otras cosas. Como muchas otras cosas y palabras que infunden miedo. Como muchas otras cosas que ya se han convertido en recuerdos de mi propia vida.

Decir adiós

Podría hablar de lo útil que es conocer a alguien, a una persona que se encarga o no de destrozar tu vida. Podría hablar de lo que puede servir conocer a alguien, de creer que conocemos a personas únicas. Más tarde descubres que sí eran únicas, pero únicas en hacerte daño, en robarte la facilidad con la que sobrevivías. Creo que nos equivocamos una gran multitud de veces sobre todo en la juventud. Creemos que todo va a salir bien o que siempre vamos a encontrar a las personas que queremos encontrar en el mismo sitio en que dejamos de verlas. Pero también he oido alguna vez que cuando se es joven, es como si todo doliera más.

Y quizá sea así.

Sólo sé que deberíamos ser conscientes de cada acto que desarrollamos, de que cada palabra que decimos y cada gesto que expresamos. Podemos dar tanto amor en tan poco tiempo, y producir tanto odio en pocos segundos...sentir tanta rabia en unos pocos minutos o llenarnos de un lamento enorme.

Podemos tener la suerte de ir caminando y dejar entrar en nuestra vida a alguien que nos mejore el día con una palabra o con una tierna sonrisa. Podemos confiar en esa palabra y creer en esa sonrisa: llegar a querer a esa persona que aparentaba ser la mejor del mundo. Podemos pensar que hemos conocido a una persona atenta, buena, generosa, y atribuirle un gran saco de adjetivos positivos. Colgar etiquetas sin dejar que pase el suficiente tiempo como para darnos cuenta que nos hemos vuelto ciegos y hemos perdido esa visión que teníamos antes. Mucho antes.

Podemos plantearnos dos cosas: perdonar, o no hacerlo nunca, en el resto de nuestra vida. Podemos sopesar las ventajas que trae cada decisión, y analizar muy concienciadamente las consecuencias. Después de hacerlo, ves que la diferencia entre una y otra decisión puede ser abismal. Dependiendo también de los sentimientos que han nacido en ti, actúas, y vives.

Hay cosas que no deben repetirse en la vida, y otras que no deben ni se pueden perdonarse. Podemos ser más o menos humanos, pero no por el hecho de perdonar o no algo o a alguien. Creo que deberíamos ponerlo todo en una balanza, y mirar la expresión de nuestros ojos. Y decidimos.

No puedo decir que no perdonar sea difícil, pero me resulta mucho más fácil que mirar hacia atrás y sonreír y pensar que quiero volver a vivir otra multitud de momentos que ya he vivido. Quizá quiera hacerlo, en cierta medida, con alguna persona que sea capaz de hacerme vivir, y no estropear mi vida.

Es muy fácil mirarse a uno mismo y abandonarlo todo para dedicarse todo el tiempo a uno mismo, o renunciar y elegir el camino fácil, pero estoy segura que ese camino sólo te conduce a menos emociones, a menos sentimientos, a más lagunas. Y en esas lagunas la gente puede también ahogarse.

Por eso yo prefiero vivir. Prefiero rodearme de las personas que me hacen vivir y reír. Son personas a las que nunca he de perdonar, porque sólo me hacen bien, y eso es algo que agradeceré siempre. También tenemos la mala suerte de encontrarnos con gente que no nos deja hablar, ni expresar, y nos deja con un gran desorden un mundo del revés, y rodeados de mares. Y se llevan la solidez, la tierra, los mejores cielos, los mejores días, y el mejor sol. Y entonces te das cuenta que en ti está toda la compasión que no llegaron a tener por ti.

Quiero deshacerme de cualquier laguna, quiero deshacerme de muchas cosas, pero ese proceso es algo largo. De todas formas, merece mucho la pena caer en los errores para no volver a equivocarte. Merece la pena abrir los ojos (y que no te los abran de una manera espantosa) para observar la verdadera realidad. Te das cuenta que tiraste a la basura todos tus días, dedicándolos a asuntos sin importancia ninguna.

Pero siempre hay etapas en la vida en que perdemos el tiempo que después no nos sobrará. Y nos damos cuenta de lo mucho que hicimos por intentar generar felicidad en los demás, en gente que después te daría diez patadas sin previo aviso.

 

Lo bueno de recibir esas asquerosas y dolorosas patadas es que te transportan al verdadero mundo, al que te corresponde, al que abandonaste para buscar la felicidad eterna. Es el viaje que todos queremos hacer, a cualquier precio.

Pero es a raíz de esas patadas cuando somos conscientes de todo lo que no supimos contemplar. Para ello es fácil tener voluntad de seguir adelante, fuerza, confianza en uno mismo, y mimarse mucho. También sería conveniente deshacerte de los fantasmas que a veces se quedan entorno a ti de mil formas distintas. Entonces, poco a poco, vas quedándote sola, vas descifrando acertijos, y todo parece más fácil.

Y no, no pienso que decir adiós sea fácil. De hecho yo entro en ese saco de personas que prefieren emplear un “hasta luego”.

 

Y no, no voy a decir que no sea necesario decir, a veces, en la vida un “Adiós” para siempre. A veces ese adiós te salva, te hace emerger, salir a la superficie, y salvar tu vida, salvarte. Mirarte de nuevo a la cara, sanar los labios que se te cortaron con las corrientes de agua fría, sanar tus manos que quedaron paralizadas.

A veces el mejor camino es el que empieza con ese ADIÓS PARA SIEMPRE, con mil planes nuevos, con diez sueños que hablan del futuro, y con una sonrisa pintada de rosa.

Entonces el día nace, y quieres hacerlo tuyo esta vez. Y no equivocarte. Y vivir.