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Via de escape

Todos necesitamos en algún momento de nuestra vida, una vía de escape. Bueno, mejor dicho, necesitamos una vía de escape en multitud de momentos de nuestra vida. Necesitamos desconcentrarnos y desconectar pero no sólo eso...necesitamos salir a la calle con algún rumbo diferente al mismo camino que recorremos todos los días. Días en los que no tenemos ganas de ir a la facultad, y queremos que llegue alguien y nos lleve a cualquier otro sitio, sin hacer preguntas, sin preguntarse también a sí mismo por qué.

Y otras veces necesitamos centrarnos en la rutina que nos envuelve todos los días, y no tener tiempo para pensar, y esa, a veces, es la vía de escape que empleamos, pensando que es la mejor, la más útil. Pero a veces nos equivocamos. A veces elegimos mal, pero ha de pasar bastante tiempo para darnos cuenta que la vía de escape que necesitábamos era otra bien distinta. Pero también nos pasamos mucho tiempo esperando a esa persona que nos llegue con la mejor vía de escape (¿un viaje? ¿una palabra? ¿una cena? ...) cualquier cosa podría salvarnos pero ni nosotros sabemos qué es... y podemos pasar muchos días muchas semanas sin saberlo, y odiando o amando a la rutina.

En otras ocasiones, cualquier vía de escape nos sirve, porque empezamos a sentir otras cosas, y eso nos parece suficiente y dependiendo del momento a veces es bueno conformarse. Es bueno ser comprensivo, y no dar la espalda a todo lo que nos toca vivir. Sí hay gente que es tan feliz, que ni siquiera gasta tres minutos pensando en que cierto día necesitará una vía de escape, y alejarse de su propia vida, para intentar vivir otra. Pero también hay otra gente que se muere por recibir una caja enorme envuelta en un lazo rojo, que contenga decenas de vías de escape, diferentes todas ellas, y pueda así, en los días difíciles, amargos o simplemente feos; coger una y vivir. Sin más dudas, sin tener que tropezar, sin preguntarse a sí mismo o a sí misma por qué la vida a veces se muestra reacia a dibujar sonrisas en los rostros.

A veces pienso que no es la vida la que debe demostrarnos lo que vale, somos nosotros los que tenemos que atribuirle su valor todos los días. Pero el problema radica en la mañana, que en muchas de ellas nos levantamos sin ganas de cambiar las cosas. Otras veces no es necesario cambiarlas; porque llega la persona idónea y nos da ese regalo, y la abrimos con cuidado para no rasgar el lazo rojo. Y sonreímos. Sonreímos ampliamente porque ahí están: decenas y decenas de vías de escape con nuestro nombre inscrito. Y entonces durante diez horas sonreímos, ya sin miedo, porque hemos recibido lo que necesitábamos, porque ha llegado la persona en concreto.

Y no queremos, a partir de ahora, emplear una vía de escape sin la persona que nos obsequió la gran caja de lazo rojo.

Nos sentimos afortunados, y dejamos de confiar en la suerte para confiar en las (pocas) personas que prefieren tu felicidad a la de ellos mismos. Pero también se ha de tener suerte para encontrar a alguien así.

A veces las encontramos, otras veces creemos que existen, otras...las idealizamos...y por último, si nuestra vida o nuestro destino nos lo debe; esa persona aparece.

Y ya dejamos de soñar con ella, porque ya está delante nuestro.

En mi vida hay una persona de estas características, y creo que ahora soy yo quien debe demostrar que me importa mucho su felicidad, sus sonrisas. Ahora me toca a mí.

Nunca debí

Creo que nunca debí cerrar los ojos a lo evidente. Creo que nunca debí hacer las maletas, ni idearme un vuelo ni creerme especial. Creo que nunca debí empezar a escribir cuentos, ni soñar con calabazas que después se convertirían en preciosas carrozas. Creo que no nací para viajar en carrozas. Creo que nací para gastar mi tiempo en soñar dormida, no ya despierta. Soñar despierta no soluciona nada, al contrario, te aporta ilusiones que acaban echas añicos cuando todo o casi todo pierde el sentido, que tú, un día, le diste sin saber muy bien por qué. Creo que nunca debí centrarme en obsequiarle un sentido a cada cosa. Ni siquiera mi vida ha de llevar un cartel colgado donde en él estén inscritos un par de sentidos.

Bastante tenemos con nuestros propios sentidos, como para crear nosotros otros bien diferentes. Creo que nunca he abierto tanto los ojos como ahora. Creo que nunca cerré tanto la boca como ahora. Creo que nunca permanecí tanto en silencio y tan quieta, y sin esperar; como ahora. Porque ya no espero, porque ya no sueño como antes, y no quiero hacerlo. Es bueno volver al tipo de sueños que tenías tú, desde siempre y sentir ese anhelo profundo al ver que ya vuelven tus sueños a visitarte, y entonces, sonríes, tampoco sabes muy bien por qué, porque han vuelto esos sueños que eran tuyos, o porque vuelven a formar parte de ti aunque ya no te sorprende ni te daña que no puedan cumplirse.

Al fin y al cabo, son sueños, no son promesas ni palabras ni actos. Son cosas que hacemos por las noches cuando abrimos las alas, y pisamos las ciudades que queremos pisar y tenemos lo que queremos tener y disfrutamos de esa compañía que queríamos tener también. Pero no todo radica en los sueños, sí, son preciosos y para mí, sin duda alguna, necesarios; pero sé que si me reduzco al escalón de los sueños, no podré vivir mi realidad, y no puedo obviarla ni dejarla aparcada. Mi vida no es un vehículo. Mi vida ha de seguir adelante. Por eso mi vida es un peatón, yo soy un peatón, y quiero serlo durante mucho tiempo. Y disfrutar de ese tiempo y ser alegre. Como antes. Y regalar las sonrisas que dejé de tener. Y despedir a las lágrimas que en ocasiones se les antojan ser las sustitutas de todas las sonrisas que un día derroché.

Creo que la vida debería medirse por la cantidad de sonrisas que esbozamos, y por la cantidad de motivos que nos hacen ser felices.

Pero creo, también, que las lágrimas a veces nos convierten en personas más fuertes, y otras veces, nos hacen aprender en mayor o menor medida.

Y aunque cueste aceptarlo, o aunque sencillamente no nos de la gana admitirlo porque nosotros no ponemos dicho pensamiento en práctica: hemos de pasar los malos momentos para que después nazcan los buenos. Y sí Sol, esta es la frase que debería escribirme en letras mayúsculas tamaño 44 en una de las paredes de mi habitación, y leerla al despertar y antes de acostarme; pues es uno de los pasos que podría llevarme hacia delante, sin miedo sin pánico al abismo.

Chicles de colores

Escucho atentamente sus palabras creadas entre sonrisas y muecas que evidencian claramente felicidad. Una felicidad pura, envidiable, sana, tan sana, que parece hasta eterna. Escucho atentamente sus momentos, escucho parte de su vida, y en mí aparecen también sonrisas, de emoción, de ternura. Sonrisas que me hablan, sonrisas que me dicen “qué bonito es lo que estoy viviendo, y qué bonito es lo que me hace vivir”. Ella sabe que tiene mucha suerte. Ella sabe que le ha ocurrido lo más precioso que puede ocurrir en la vida: que te regalen amor, que vuelquen en tu vida toda la pasión, toda la dulzura, toda la ternura... Y todo comienza en una galería, comienza una mañana en una galería donde ella comienza a admirar fotografías cuyo dueño, poco a poco, pasa de ser un desconocido a una persona muy, muy agradable. No sabría decir qué es lo más entrañable de todo esto, pero sin duda, yo me quedo con la gran bolsa de chicles de bolas de colores. Él le regala palabras todas las mañanas y todas las noches. Y también por las tardes, jamás, jamás se olvida de ella; y ella lo sabe. Y a ella le encanta vivir, y vive sonriendo porque siempre sabe qué está pensando en cada momento, y es que a cada momento está pensando en ella, en el azul de sus ojos, en su pelo claro, en sus brazos infinitos... A ella le hace feliz su voz. Su voz, la que le deja en ocasiones preciosos mensajes de voz en el contestador. Ella sigue viviendo y sigue contándome que él es diferente. Pero esta vez la palabra diferente es buena señal. Y él lo daría todo por un beso más, lo daría todo. Él volvería a perder un billete de tren, lo volvería a sustituir por un billete de autobús, volvería a desatender sus obligaciones para disfrutar de más tiempo, de más minutos y más horas a su lado. Volvería a hacerlo todo otra vez, a comprar bolas de colores, a colocarle los mechones de pelo, a acariciarle. Y ella lo sabe, y sólo por eso, sabe también que puede sonreír al introducirse en la cama y arroparse con las sábanas que un día tocaron los dos cuerpos, sus cuerpos. Sus propios cuerpos. Sus emociones. Sus piernas. Sus cuellos. Sus vidas.

Ahora que sigue siendo otoño

Me quedo sin palabras de tanto pensarlas. Y me quedo con ganas de soñar más noches. Y de despertarme más tarde, y de ver días más soleados. Sólo queda un mes de otoño y parece que era ayer cuando empezábamos a hablar de él, a emplear las palabras “hojas, soledad, cielos, marrones...”,  y ahora...¿ahora qué? Quizá toque pensar en los adjetivos que podríamos emplear para colgárselos al invierno. Y así éste quedaría arropado, aunque se deshiciera él de toda su frialdad para colocárnosla a nosotros en la piel, en los dedos, en los músculos, en los huesos, en la cabeza y en las raíces. Quizá el frío detenga el tiempo, o quizá consiga lo contrario y los días sigan pasando más rápido que ahora. Pero ahora las cosas siguen su curso normal. El segundo no deja de ser segundo y el reloj sigue en su mismo sitio, en la cajita azul cerrada. Sigo sin utilizarlos, los relojes. Y sigo preguntando la hora. Pero tampoco con demasiadas ansias. Solamente cuando me encuentro cansada, y quiero llegar a casa. Pero debe ser que no me estoy enterando demasiado del otoño. Salgo de casa por la mañana cuando todavía el sol está dispuesto a saludarme y a darme los buenos días. Cuando llego a casa, la cena está en la mesa, y la luna también está en su sitio, en el cielo azul marino de todas las noches. No me da tiempo a vivir la tarde, ni a pensar que tal vez antes de la visita de la luna me visiten también las estrellas. Y no las puedo atender, porque el tiempo a veces se vuelve loco y mi cabeza no atiende a señales, ni razones.

Quiero descansar y no siempre puedo. Quiero hacer mil cosas y a veces no termino ni la que ocupa el primer punto de la lista. Quiero tanto y a veces no se puede querer. A veces es imprescindible dejarlo todo para empezar a quererte a ti misma, y quererte con cada trocito que te compone y te forma. Pero el tiempo mañana quizá siga siendo el mismo de siempre, y quizá la vida se detenga porque estamos en otoño, y quizá el invierno este año venga menos rabioso, y nos regale días de sol y sonrisas. Y entonces me sentiré aliviada, y daré largos paseos con rayos amarillos sobre mi cabeza, y podré pensar que hasta en invierno hay días felices que recordar. Y podré añorar el otoño, y deshacerme del frío con una taza caliente de cualquier cosa que caliente, si cabe, el alma. Y podré regalar una palabra llena de amor  a la persona que mejor me cuide. Y podré abrir mis brazos lo más anchamente posible al niño que desprenda 100 kilos de ilusión el 24 de diciembre. Y pensaré que hace muchos años, era yo esa niña que desprendía 100 kilos de ilusiones, o más...y entonces el invierno no era invierno, puesto que era simplemente magia. Y el frío era un amigo más. El frío me traía un calendario compuesto por 24 chocolatinas, un arbolito desnudo, cajitas pequeñas enlazadas y un belén por montar. Me traían regalos y me traían días dulces. Y entonces confiaba en todo, y la vida estaba ahí, sonriéndome desde lejos porque todavía no tenía largas piernas, para darme patadas, ni para amenazarme. Y todo se veía con otros ojos, más pequeños, más oscuros, quizá, pero más bonitos.

Todo era distinto, y ahora no se puede dar marcha atrás, ni convertirse en un niño cargado de ilusión y esperanza, y ganas de vivir la vida que ellos mismos desbordan sin darse cuenta. Yo tampoco fui consciente, ahora, con los ojos más abiertos, sí pienso que desbordé vida. Es lo que se hace cuando se es niño, y cuando crees que no hay época más especial que las navidades, ni mes más alegre que diciembre. Aunque parezca paradójico, lo era. Al menos para mí. Me llenaba de felicidad salir a pasear a las seis de la tarde al centro y poder ver decenas de papanoeles en cada esquina. Y ver luces encendidas, amarillas, rojas, verdes y azules parpadeantes. Veía vida en la calle, y por eso volvía con una sonrisa eterna a casa.

Recuerdo con nostalgia todo aquello. Y también soy consciente ahora que no puedo vivir de la misma manera las navidades, sobre todo, por la persona que no puede estar aquí conmigo, con sus dedos constructores de cosquillas.

Pero es lo que tiene la navidad para los que dejamos de ser niños: nostalgia, melancolía, y un par de kilos de tristeza. Pero quizá todo pueda compensarse con las risas de los amigos, las tartas del horno de las mamás, y la ilusión de los pequeños.

Sí, quizá, todo eso, unido, pueda compensar la tristeza que se siente cuando el invierno deja de ser el mismo y deja de significar lo que significaba.

Y no sé muy bien por qué he pasado a hablar del invierno y las navidades, cuando realmente quería hablar del otoño. A lo mejor se debe a que el otoño se está acabando, y la puerta esté entreabierta, casi cerrada. Y mis ojos hoy tengan un poco de brillo y me sienta con más fuerza.

No sé muy bien por qué, pero creo que llevo una semana viviendo sin coraza. Reconozco que se vive mejor con ella, es de la única manera en la que no me torno transparente, y nadie puede profundizar tanto en mí hasta dolerme. Pero llevo muchos días sin coraza, sin herraduras, sin nada que me tape ni ate. Ando con el corazón medio cerrado, como esa puerta, pero también atento, reclamando, y dando. Creo que es mejor despejar la mente, y dejar que la cabeza a veces se vaya por sí sola a otras nubes lejanas. Ella sola decidirá volver, y cuando lo haga, lo hará cuando todo esté en calma.

Como yo, que estoy en calma. Me gusta sentirme así. Lo necesitaba.

Quizá mañana todo dé un giro, y deba cambiar estas por otras palabras. Y deba comerme estas frases con una lágrima en cada ojo, pero, por ahora, me gusta hablar del invierno sin tener que frenar mis suspiros, porque, al fin y al cabo, son míos, mis suspiros, y me sirven para coger más aire, y para soltar partículas de pena que a veces quedan tímidamente arrinconadas en cualquier parte de las paredes que conforman nuestra garganta.

Y veo más claridad. Veo un paisaje claro, llano, y alegre. Y si quiero, pongo un sol a mi dibujo, y de repente, un día feliz. Decido que no va a llover, decido que las gotas no van a estropear mi dibujo, y mucho menos, mi día de hoy. Lo he dibujado a mi antojo. Me rodean sonrisas a pares, y me rodean flechas que me prometen caminos divinos. Pero no sé si quiero algo de magia mezclada con toda esta realidad. Sería construirme otro tipo de coraza al aferrarme a la magia, pero, por otra parte, es bueno volver a pensar que se puede ser “completamente” feliz en navidades.

Sólo falta un mes, y el tiempo sigue demostrándome que los recuerdos perduran aunque a veces queramos olvidar.

Y lo bonito se queda, gritándonos cada noche lo felices que fuimos.

Y las navidades siguen repitiéndose con más o menos bombillas de colores, pero con los mismos fuegos artificiales, con las mismas canciones de fondo, con el mismo llanto del bebé que se asusta al escuchar las doce campanadas.

Y podemos ser felices, pero no siempre podemos darnos cuenta.

Y por eso en mi dibujo aparezco con los ojos bien abiertos, para darme cuenta porque quiero y debo darme cuenta. Porque no puedo permitirme sentarme y esperar a que llegue cualquier persona ante mí y me diga: “Oye, que estás siendo feliz y no te estás dando cuenta. ¡Levántate y anda, disfruta!”.

Quiero darme cuenta yo. Yo sola. Y dibujar otro dibujo en otra hoja de papel.

Y guardar en cualquier cuaderno el primer dibujo que será el boceto del dibujo de las siguientes navidades.

Y me acordaré de estas palabras y tal vez sin leerlas vuelva a escribir lo mismo, porque lo mismo siento cuando se acercan estas fechas.

Y a veces me siento renovada, y otras veces, me siento vacía. Pero hay vacíos que deben permanecer así, vacíos del todo.

Días llenos de cosas por hacer.

Una navidad que está a la vuelta de la esquina.

Pocos días para querer ser quienes éramos.

Mi voz

Se quiebra mi voz. Se adormecen mis sentidos. Se balancea mi cuerpo. Se tambalean mis piernas. Se cierran mis ojos. Y tiemblan mis labios. Entro en mis sueños y salgo de mi vida. Me invento un camino, cualquiera, que al final no me lleve a ti. Me guío yo sola, y lo hago mal; nunca me ha gustado caminar sola, nunca me ha gustado perderme. Temo hacerlo ahora. Temo perder la orientación, temo quedarme solamente con mis sueños. No son suficiente, nunca lo fueron. Mi voz sigue quebrada, aunque tampoco la echo de menos, nunca me gustó. Siempre esperé más de ella. Mis sentidos ya no me responden, ya no puedo apreciar aromas, ni escuchar sonidos, ni sentir la textura de una piedra, ni contemplar esa raya que establece el horizonte y separa dos mundos, o tres, o cuatro...quien sabe. Los sentidos ya no me sirven, y mi cuerpo tampoco me responde, ha sentido celos de los primeros, y ahora me he quedado sola. Supongo que con mi mente, supongo que con los pensamientos que todavía me quedan porque llevan demasiado aquí, demasiado tiempo conmigo. Están a gusto, y no quieren marcharse. Pero algún día lo harán, porque no siempre nos llevamos bien. Yo sufro por ellos. Por otra parte, por otra parte están mis piernas...ellas, ellas han sido las que han esperado de mí demasiado, tal vez han esperado que las llevara a algún sitio importante, que las llevara a algún sitio; pero nunca tuve la fuerza necesaria, sí la inquietud, sí el interés y la curiosidad...pero creo que siempre que me salí de mi propio camino, comencé a hacer las cosas mal, o a lo mejor me salí del camino porque empecé a pensar mucho en mí misma y perseguí mi felicidad. Mis párpados ahora soportan todo el peso, mis ojos han querido cerrarse, hasta mañana, o pasado mañana, o quien sabe... Tampoco tienen prisa. Tampoco yo tengo prisa. Dejaré que permanezcan cerrados por más tiempo. Y así seguiré soñando, mi única manera de vida. Y así saldré de mi vida, ésta en la que sufro porque todo me afecta, en la que todo llega a esta piel que alguien esta noche ha clasificado de bebé... Creo que debería haber actuado como tal, y llorar no en soledad, llorar aunque sea delante de una sola persona y esperar a que vengan a mi encuentro y me ofrezcan la ternura que necesito recibir. Y que vengan a mi encuentro, a mi auxilio, y así pueda abrir los ojos, y que caigan las lágrimas que tengan que caer, y que me estrechen entre dos cálidos brazos, y que no me suelten hasta que vuelva a quedarme dormida. Y que me alisen más la piel, y que me regalen susurros en forma de nanas. Y que me canten suave, y lento. Que me arropen con lana fina. Que me cuiden toda la noche, que no me suelten. Que me hagan sentir bien. Que despierten a mis sentidos, que vuelva a ser yo. Que vuelva a la vida, que vuelva a abrir los ojos con las piernas en movimiento y los labios a punto de abrirse y la voz desgarrada.

Mirar hacia abajo

Supongo que mirar para abajo es lo que mejor se me da. Mirar para abajo, pero sabiendo, percibiendo, notando, rozando, acariciando la realidad en toda su expansión. Y la comprendo, a veces no la comparto, y a veces la odio y la desquicio. A veces quisiera apartarla de mí, y a veces quisiera despedirla para siempre y crearme otra, otra propia, y bien diferente a la misma, para poder vivir otro tipo de cosas, para poder hacer y deshacer más o menos rápidamente posible. Supongo que mirar para abajo es el camino más idóneo, quizá también sea el más fácil, el más corto... pero creo que es el más amargo, el que más tristeza aporta. El que más al fondo te lleva, y el que te daña más profundamente. Entonces cuando me noto abajo, cuando noto que mis pies han traspasado el suelo y mi cabeza está muy muy lejos del techo...entonces es cuando creo que me traspaso a otro mundo otro más feo y más triste, otro donde no hay salida alguna, otro donde los problemas persisten donde mis problemas dudas e inseguridades siguen existiendo. No consigo desprenderme de nada de eso, es imposible. Me siguen, y persiguen y jamás se extinguen, creo que son eternos, creo a veces que se quedarán aquí aún cuando yo me vaya. Creo que son tantos miedos, tantas dudas las que habitan en mí que somos como uno, como uno solo. En mi cuerpo viven, todas esas preguntas, y todas esas respuestas, y todas las palabras que en mis oídos se han ido colando. Luego están mis ojos...donde se han ido calando también las imágenes más hermosas y las más desastrosas de todas. Las que me han llevado a tocar lo más alto, y las que me han sumido en la tristeza más grande de todas. Creo que no me gustaría estar en los extremos no me gustaría ser la persona más feliz de este mundo, porque después todo cambia y extrañaría demasiado esa situación donde todo es precioso y parece que nada puede ir a mejor, tampoco me gustaría estar en ese extremo donde la nostalgia y melancolía lo abarca todo y no encuentras salida alguna y no hay manera de flotar, porque ya te encuentras sumergida en ese mar inquieto, en esa mar laberíntico. Creo que quiero un estado intermedio, un estado donde vives cosas bonitas y extrañas otras que has vivido sin sentir nada malo, sin tener ganas de llorar, de manera que seguir viviendo todavía vale la pena. Ahora pocas cosas valen la pena, ahora, en este momento pocas merecen ser contadas. Mis ojos se cierran muy de vez en cuando para esconder en cualquier parte de mis ojos las lágrimas que deben y no dejo que salgan, no quiero ahogarme, no puedo permitírmelo, mis brazos están cansados, no podría nadar y salvarme. No podría recorrer otro camino, otro igual de largo, no podría crearme más ilusiones, ni más pensamientos inútiles, ni más vidas que esta, porque es esta la que tengo, de la que no puedo desprenderme ni disfrazar. Hoy quiero mirar abajo, es lo único que ahora quiero mirar, el suelo...el suelo que piso para sentirme segura aunque pocas veces lo consigo, entonces y a veces llega alguien para darme su seguridad, y darme fuerza al apretarme con su mano, y hacer que mi vida sea otra. Pero hoy estamos únicamente el suelo y yo, y mis ojos dirigiéndose hacia abajo, y mi vida, viva, pero quieta. Sí, supongo que mirar abajo sigue siendo una de las cosas que mejor se me da.

Alzarnos

Me he pasado media vida intentando encontrar frases que justificaran los cambios. Los cambios que te llevan a esas situaciones que te gustaría poder evitar, con los ojos cerrados, con los sueños abiertos, con las puertas de par en par. Pero la vida no es esto. La vida no es vivir. La vida se basa en sobrevivir. En buscar las palabras adecuadas para alegrar el día de esa persona que te quiere sin decírtelo, para no asustarte. En buscar el sueño que se te perdió hace ya algún tiempo. En buscar el norte, y visitar el sur. En mirar al cielo y hacer tuya una estrella. La que quieras, pero tuya. Y pensar que lleva tu nombre, y que mira con la luz que desprenden tus ojos. Y la vida se basa en respirar profundamente, deshaciéndote al mismo tiempo en cada respiro de los temores que inundan y no dejan caminar hacia delante. Y sobrevivir es esa cuesta hacia arriba que todos queremos no recorrer, por miedo a tropezar, a no subir a lo más alto, por no llegar a ser lo que queremos ser, por no alcanzar lo que deseamos y por no tener en las manos esa felicidad de la que todos hablan mil maravillas. Y sí, sobrevivir también es eso, recoger frutos, sonreír, pasar un buen momento en compañía de personas que te hacen reír, y cantar esa canción que te sabes de memoria porque la cantabas de pequeña, o recordar una imagen porque al imaginarla piensas que puedes volver a sentir. Y tirar de ti misma, pellizcarte, y dañarte un poco para hacerte saber que sigues viva, y que ese es tu camino, que la cuesta está ahí, pero es que siempre va a estar ahí, esperándote, retándote, lanzándote sílabas en el aire, diciéndote lo cobarde que puedes llegar a ser. Entonces te toca a ti actuar, pasar al plano de la acción y con o sin coraza dar un paso, un paso largo, y seguro. Y seguir soñando y pensando y viviendo, y amando si quieres amar, e idealizando si quieres idealizar. Nuestras decisiones, todas ellas poseen ciertas consecuencias, irremediablemente no podemos obviarlas porque también estan ahí como esa cuesta, presentes, y se presenta delante nuestra y nosotros debemos actuar de nuevo, plantarles cara o seguir caminando con la fuerza que cierto día tuvimos. Y vaciarnos de dolor y también de alegría si cabe, para regalársela a los que la necesitan y hacer felices. Compartir los buenos momentos y ser el hombro el escudo o el brazo que alguien requiere cuando los malos momentos también llegan. Porque todo llega. Y tampoco es que la vida se base en cientos de cuestas hacia arriba, también posee cuestas hacia abajo, y ésas, quizá sean peores que las primeras. Cuando te encuentras en el suelo y notas el frío en todo tu cuerpo, todo te parece feo, y no logras verle el sentido a nada, ni siquiera encuentras la razón por la que hiciste esa fotografía y quisiste tenerla en ese cuadro. Y no sabes si cambiar parte de tu vida, pensando que quizá por eso el resto cambie, o por el contrario no hacer nada, y abandonarte y decidir que los demás decidan por ti. Y pensar que los demás te ayuden algún día, y que ese día vuelvas a vivir, o mejor dicho, a sobrevivir. Porque nos limitamos a cualquier cosa, y cuando pasa un tiempo, ya es demasiado tarde para recuperar lo perdido lo ignorado. Y podemos ser personas listas, podemos deshacernos de esa ignorancia que a veces nosotros mismos decidimos tener. Y el miedo nos inunda de nuevo, y dejamos que el reloj no pare, que la pila siga gastándose, que nuestros ojos dejen de brillar, y que nuestra sonrisa se quede detrás de nuestros labios, y nuestra voz detrás de nuestros oídos. Y no podemos escucharla, no podemos escucharnos, por eso no vivimos. Porque ni siquiera sabemos ni queremos decir en alto que somos capaces de hacerlo. Pero aunque no sea fácil, sí somos personas que tienen el poder de intentarlo, y de mejorar las cosas, y de pintar todo algo más bonito, aunque la belleza completa sea inalcanzable y algunas personas te vayan quitando sentidos, bellezas y sonrisas llenas de vida. Pero podemos ser valientes, y crearnos una sonrisa eterna que nadie pueda robarnos, y podemos entrenarnos y ser fuertes, y no sentir dolor cuando recibamos otra patada. Y quizá echar el pestillo, y no sentir más dolor donde más duele, que es el corazón. El corazón es como la vida, tenemos que cuidarlo muy pacientemente, porque es aún más débil que nosotros.

Y sobrevivir también puede ser lo más bonito, si antes de salir de casa nos concienciamos de que los sueños sí pueden cumplirse, y pensar en el sol de invierno que calienta las mejillas, y las tardes llenas de luz por las bombillas de colores de la calle mayor, y la lluvia que cae en la madrugada mientras tú estás inmerso, tal vez, en el sueño más dulce. Y contemplar la belleza de la vida pura, y alzarnos.

Podría

Podría haber sido tantas cosas... podría haber sido Lucía, Ángela, Victoria... pero finalmente, terminé siendo Laura.

Podría haber sido una niña de ojos oscuros y pelo liso; pero terminé siendo una niña con los ojos claros y el pelo dominado por los rizos.

Podría haber sido una soñadora de grandes ilusiones; pero me conformé con tener las ilusiones exactas para vivir cada día con una sonrisa.

Podría haber estado creyendo en muchísimas cosas durante muchos años, pero me convertí en una niña que de repente contempló la realidad, con mucho miedo, pero con respeto.

Podría haber sido una persona mucho más valiente, y en cambio jamás lo llegué a ser (ni lo seré).

Podría haber sido una persona más decidida, y menos miedosa; pero la vida me obligó a serlo. A temer de la manera más profunda, de ahí emana esta característica de que sea tan sumamente sensible; cosa que en ocasiones cambiaría completamente.

Podría haber sido una persona que gastara sus días en vivir, en viajar, en hacer cada cosa que sueña pero me dediqué a escribir y a observar la felicidad en los rostros de la gente. En otros ojos.

Podría haberme ideado otro camino diferente a éste, pero seguí el mío, creyendo que me encontraría con el conjunto de flechas que siempre te indican un sitio, y te acercan a él. Pero me equivoqué. No había caminos, no había ni siquiera flechas, no había kilómetros que recorrer, no había nada. Me sumí en el vacío que yo misma me crée. Y perdida, sin flechas, ni caminos, y perdida. Muy perdida.

Podría haber sido una gran aventurera, y podría haberme comprado una brújula.

Podría haber hecho mil cosas en mi vida, hasta el día de hoy.

Pero soy yo, y creo que el dolor puede servir de algo cuando se aprende de él.

Terminé siendo yo, alejándome del coraje que a veces no puedo utilizar.

Idealismo

Hundirse, quedarse vacío, lamentarse...verbos que ya no compatibilizan conmigo. No. Ha pasado bastante tiempo, tiempo que he invertido en crear sonrisas de una validez de 1 minuto cada una. Y a cada minuto soy más consciente de todo. De todo lo que me rodea, ha rodeado y rodeará. Sé, estoy segura que puedo diseñarme nuevas sonrisas, que superen los sesenta segundos. Estoy segura que encontrar la verdadera felicidad es un proceso largo y costoso, pero posible. Estoy segura que el tiempo ayuda a veces a encontrarla, y te ofrece a veces la mitad de las pistas, te alinea el camino, y todo se ve con más claridad.

Creo que la niebla es lo que ha ido empañando mis días y mis noches, y mis palabras gastadas e inútiles, y mis pensamientos erróneos. Y nunca me ha gustado la niebla. Hace muchos años que la cogí miedo, en una de las carreteras hacia Valencia. Me acuerdo que tenía 12 años, y tenía unas ganas inmensas de llegar a mi destino. Recuerdo las curvas del camino.

Recuerdo ahora que hay muchas cosas a las que tengo miedo, pero también se lo tenía al paso lento del tiempo, y ahora ya no. Ahora no me importa cómo pase, porque no me afecta tanto como hace un tiempo. Sé que me encuentro bien, como debo estar en estos momentos. Sé que he recuperado parte de la fuerza que perdí. Sé que mis ojos alcanzan a ver lo que deben ver, y sé que mi mente ya no produce crucigramas. Todo está más claro. Ya no hay niebla.

Ahora he sabido resolver el crucigrama. Y el tiempo ya no me amenaza. Tampoco lo hace mi vida. Está esperando a regalarme el momento más bello de todos. Está a la vuelta de la esquina, pero he decidido que todavía no llegue. Que el tiempo siga pasando, y entonces la vida seguirá actuando. Y gasto el tiempo en decidir y en vivir, de la mejor manera que puedo, de la mejor manera que sé y he aprendido en estas últimas semanas.

Hago uso de las palabras no de la misma manera, ahora soy alguien menos frágil pero más realista todavía, y cabe decir que siempre he sido realista.

No voy a mentir y decir que detesto las personas idealistas, hace muchos años yo también lo fui. Y se vive muy bien, pero esa burbuja acaba rompiéndose, o a veces la destrozamos nosotros mismos con la rabia que nos produce cualquier hecho real, constante. Creo que ese tipo de burbuja está bien para los 15 años, cuando piensas que todo es para toda la vida, que el amor es siempre verdadero y permanente, y piensas que tu vida te va a crear un camino de lindas flores y rosas rojas.

Pero la vida no ofrece rosas rojas, ni siquiera lindas flores.

Las has de buscar tu mismo en cualquier campo, y regalarte una y rociarla con lágrimas propias de felicidad. No es bueno depender de esa idealización que reproducimos a través de las cosas y las personas. No es bueno hipotetizar, o soñar con algo que creemos que se cumplirá “algún día de estos”

También pienso que a medida que pasan los años, quien decide seguir siendo idealista, no es tan horrible, cada uno decide, cada uno opta por una manera de vivir diferente a la de los demás.

Es posible que ser demasiado realista tampoco sea lo mejor, no. De hecho a veces pienso que a todos nos convendría en gran medida realizar una mezcla de idealismo y realismo y aplicárnosla. Pero la vida tampoco funciona así. A veces tenemos que elegir entre A y B. Y sé que el idealismo a mí, me hace daño, por eso decidí soltarme de su mano hace pocos años.

Ahora, de mano de la realidad, doy los pasos más firmes. Pero eso no quiere decir que perdamos la fragilidad. No, es un proceso (al igual que la búsqueda de la felicidad); muy largo, y para recoger frutos, se requiere vivir durante un tiempo siendo lo más realista posible.

Aún así, tenemos momentos de gran debilidad, sí (no nos abandona, casi nunca) y caemos en gramos de idealismo. Y nos volvemos quinceañeros, pensando que algo sí puede durar toda la vida, o al menos parte extensa de nuestra propia vida. Pero entonces volvemos a darnos cuenta que el idealismo solamente pinta de azul oscuro los momentos que creamos para vivirlos con una sonrisa.

Es la realidad, quien a veces pinta todo de crudo. Pero otras muchas veces, contrarias a ésta, pinta de colores llamativos, alegres, brillantes. Y por esos, por esos momentos merece la pena vivir con ojos realistas, con mente realista, con manos realistas.

Podemos retroceder, y cambiar el modo de vivir que hemos escogido.

Cada uno decide, cada uno puede autoevaluarse, y pensar qué es lo que mejor se le da.

Pero no, hace tiempo que le di carpetazo al idealismo,  y tampoco quiero a alguien que me dedique sus días si es idealista. No quiero que me idealicen, no quiero que idealicen mi forma de pensar o el color de mis ojos.

 

Y mientras escribo, pasa el tiempo, (a su antojo) ahora, ni deprisa ni despacio. Y mientras escribo la felicidad está jugando al escondite, resguardándose y buscando calor ahora que estamos en invierno.

Y yo le deseo el mejor invierno, mientras escribo.

Y que no se muera de frío.

Y que no tarde en volver

Porque quizá en primavera le apetezca visitarme, y entonces yo la recibiré con los brazos abiertos.

 

Dos

Si decides regalarme una rosa, te daré un beso. Si decides acomodarme la almohada a las curvas de mi espalda, te regalaré una caricia. Si me guiñas el ojo izquierdo, te lanzaré un gesto de amor. Si me escribes dos palabras, te daré todo mi amor. Si me llamas dentro de dos horas, te necesitaré toda mi vida. Si preguntas cómo estoy cada 4 horas, te escribiré la carta más bella del mundo. Si me dices que estarás siempre, te guardaré en el rincón más grande de mi memoria. Si me ofreces todas tus ganas, te regalaré mi lunar más hermoso. Si haces dos chocolate a la taza, me resguardaré contigo bajo una manta. Si me cantas una canción, inventaré una nueva palabra para ti. Si diseñas un viaje perfecto, intentaré que tus días sean perfectos. Si nunca te alejas, me quedaré siempre bajo tu ventana. Si te quedas te elegiré por siempre. Si recuerdas mi nombre dentro de 50 años cuando seamos viejos, te repasaré los mejores momentos de nuestra vida. Si me ves bella todas las noches te gritaré lo mucho que te deseo. Si te sobra cariño no me alejaré nunca de tu boca. Si te vuelves dependiente de mi mirada, te regalaré una fotografía donde aparezca mi par de pupilas. Si sueñas conmigo cada semana, te relataré el cuento que inventé para ambos. Si dejas de temer al futuro, perderé el miedo a los sueños lejanos. Si repites mi nombre cada vez que me necesites, te diré que me volví enferma de tu amor. Si pierdes la voz, te regalaré mis sonidos que reproduzcan palabras de amor. Si deseas ver un atardecer, te transportaré a la playa más serena. Si deseas viajar lejos, buscaré el tren más veloz. Si eres feliz conmigo todos tus días, te diré que el mejor tipo de vida es el que podré vivir si es a tu lado. Si calientas mis inviernos y refrescas mis veranos, te regalaré la hoja marrón más bella del otoño y la amapola más roja de la primavera. Si necesitas mis labios, te posaré un beso en los tuyos para que lo guardes con mimo. Y si lees esto sin cansarte un solo segundo, apareceré en tu puerta, sonará el timbre y me agarraré a ti con fuerza para anudarme a tus brazos y no me marcharé nunca.

 

 

Nunca Nunca Nunca

Ya no te quiero

En navidad...

Se supone que la navidad nos cambia, y que nos vuelve especiales, y que también hace que las cosas que hagamos por los demás sean especiales. Convertimos un día en algo mágico y creamos un regalo para la persona que mejor nos cuida y que más se implica en que nuestro bienestar se mantenga, y si cabe, crezca, y aumente paulatinamente. Creo que en Navidad deberíamos pensar más en los demás que en nosotros mismos, y dejar nuestra estabilidad por un momento, al margen, pensando en todo lo bueno y todo lo malo que hemos provocado. Pensando que quizá, con unas cuantas palabras, podemos recuperar lo que habíamos perdido o dado por perdido; o pedir perdón o esperar a que también llegue otra persona que piense como nosotros, y deje su estabilidad para decirte "lo siento". Podemos estar todas las navidades haciendo buenas obras, o por el contrario, quedarnos sentados esperando algo que no siempre acaba llegando. Podemos ser pacientes o intranquilos. Podemos vivir las navidades de mil maneras diferentes, podemos seguir soñando o aparcar los sueños, también, a un cierto margen y hacer quelos demás sueñen. Podemos pensar que la navidad puede alargarse el resto del año, y vivir de esta manera en primavera y en verano y en otoño. Podemos ser felices, pero no siempre somos conscientes de esa oportunidad, de esa posibilidad que poseemos. Creo que el problema radica en que para ser felices, la mayoría de las veces, depende de las personas que nos rodean y de las que todavía no conocemos. Creo que en las manos de los demás están nuestras sonrisas, el nacimiento de nuestras carcajadas y nuestro bienestar permanente. Dependemos de los demás, de sus palabras, gestos, confesiones y amor, para poder ser mejores personas, y sentirnos BIEN. Pero eso es muy difícil, quizá en navidades no, porque las luces nos rodean, las noches parecen ser más bonitas y las canciones de fondo alegran las tardes eternas. Los amigos nos abrazan y alguna mano cálida nos calienta la nuestra, mientras sentimos el aire frío en la calle principal. Creo que a veces queremos quedarnos quietos y anclados en la navidad, hay navidades que nos dicen mucho, pero también hay navidades que no nos dicen nada, y eso es lo peor que puede ocurrirte, que no quieras vivir una navidad. Es lo peor y lo más triste. Pero también depende de la ilusión que contemples en los ojos de los que están alrededor tuyo. Yo me niego a no sonreír, me niego a no adorar la navidad...pero de eso, a que sea realmente feliz, hay un paso de varios metros que no alcanzo a dar.

 

Porque mis pies no son capaces de dar ese salto, y esos metros se tornan interminables.

Caminos

Dicen que el dolor nos hace humanos, y más fuertes, y más sólidos, y que nos vuelve seres preparados para enfrentarnos mejor a los palos que da la vida. Y probablemente sea así, pero en ocasiones no guardamos las fuerzas suficientes para luchar por algo o contra algo...sería tan hermoso que las palabras cobraran vida, que lo que soñamos se escapara de nuestro inconsciente y nos empujara con rabia para hacerlo realidad. Pero solemos escoger el camino más fácil, que a veces, ante nuestros ojos, es el único... Si decidimos recorrerlo, (el más fácil), llegaremos al final, con menos sufrimiento, pero también con menos ilusiones y con los sueños más pequeños y menos emocionantes. Las vivencias, las nuestras, habrán perdido especialidad. Y si en cambio, optamos por atrevernos a recorrer ese camino más duro y cotoso, llegaremos al final con cierto orgullo por haber perseguido uno de nuestros sueños. Y habremos esquivado y saltado y sufrido heridas...pero las piedras de mayor tamaño no nos habrán superado, y tendremos en nosotros algo de "héroes"... Habremos visto de cerca, muy de cerca, la felicidad, y eso, es algo increíble.

Te lo prometo

Hoy he vuelto a pensar en ti, ha sonado la canción a las once de la mañana. Me estaba cambiando, poniendo el vestido rojo de vuelo sobre los vaqueros. Creo que hoy ha sido uno de los pocos días en los que no he llorado al escuchar esa canción. Siempre me recordará a ti, y siempre me recordará solamente a ti. Es algo que no puedo evitar. Sé que si no hubiera pasado lo que pasó, también me recordaría a ti, pero no lloraría, evidentemente. Sólo han pasado cuatro años, pero son suficientes para seguir pensando en que podría seguir viéndote, admirando tu sonrisa, admirando el color oscuro de tus ojos. Ahora no puedo, y eso me sigue matando por dentro, pero puedo respirar. Al principio no podía, las ojeras dominaban mi rostro, haciendo de mí una persona tremendamente triste, por eso no es difícil que la tristeza se anide en mis hombros y mis días cambien de color en cuestión de tres segundos y medio, por eso creo que te sigo echando en falta, sé que si te tuviera presente, todo cambiaría, al menos lo suficiente como para seguir confiando algo más en la vida. Sé que de ninguna manera hubiera podido ser feliz a tu lado. No confío en los milagros, tampoco en las rachas de buena suerte, tampoco en mí, almenos en esa época. Ha habido otras en las que me he querido más, ahora estoy haciendo todo por intentarlo. He estado a punto de llorar al escuchar el estribillo, (otra de las muchas cosas que no puedo evitar), pero he sido fuerte. Es como si apretando fuerte fuerte los ojos lo consiguiera, y todo fuera más fácil. No me siento totalmente segura, sobre todo porque momentos como éstos en épocas como estás, la vulnerabilidad no tiene compasión. Se agarra, se anuda fuertemente a mi cuello y me amenaza con no soltarse si yo no hago nada por pintarme los días de color azul. Creo que me acaba dejando señales, y no se borran hasta que llega la primavera. Creo que temo la cantidad de vulnerabilidad que me supera. Creo que temo seguir echándote de menos, o que pasen veinte años y siga recordándote con una sonrisa bajorrelieve, y con los ojos brillando de pena. Temo eso, y temo que vuelva a vivir algo así, algo muy similar. Sé que no podría soportarlo, no por falta de seguridad o carencia de energía, sino porque hay cosas en la vida que no deben repetirse; al menos para no convertirte en alguien demasiado frágil. Y quiero deshacerme de la fragilidad. Pero eso no es ningún secreto. El secreto verdadero es el que guardo dentro mío y que lleva tu nombre. Y mi imagen clavada en un rinconcito de mi memoria que se activa rápidamente cuando esa voz empieza a sonar y se cuela en mi casa. Y no hago nada por escucharla voluntariamente. Creo que pasaré muchos años pensando en ti, y voy a mantener tu recuerdo vivo y bello. Te lo prometo.

Te lo prometo.

Eligiendo días

Nos engañamos multitud de veces, diciéndonos lo bien que estamos, lo mal que estamos... y así con mil estados más de ánimo. Pero nos engañamos, y en todas esas veces en que lo hacemos, necesitamos que alguien nos saque del ahogo. Sin embargo, durante cuatro minutos y medio, nos encontramos "a gusto", y ciertamente aliviados en la bañera que nos aisla por momentos del frío, pero sabemos perfectamente porque somos conscientes...que podemos terminar ahogándonos, y necesitamos una mano amiga, una palabra llena de verdades...cualquier cosa que nos haga doblar las rodillas , dar un salto y salir. Con una sonrisa bien grande. Pero no siempre es posible. Pero a veces también es necesario, quizá, en un 14% de las veces, engañarte e incluso escribir en un papel de color azul, que estás genial. Sólo así te puedes ver a veces conque odias la soledad. Has aprendido a vivir con esos momentos de calma absoluta. Sólo te queda conseguir la paz que perdiste en ese minuto de tu vida en que decidiste arriesgarlo todo, aunque sabías también que podías perderlo todo.

Pero tememos que nuestra vida se llene de esos días en los que solamente tenemos ganas de quedarnos en la bañera.
Pero nuestra vida está lle la fuerza necesaria para dar un paso adelante, y sentirte segura de todo lo que haces cuando lo haces como lo haces... Creo que otras veces, en todas esas ocasiones en que sabemos que de nada nos sirve, nos seguimos engañando, aunque sólo sea para notar algo cuando salgamos a la calle o nos tropecemos, o alguien nos de con su codo en nuestro hombro, o aunque tengamos que empezar a caminar más deprisa porque tenemos prisa y el tiempo no da más de sí. Hay días en que tienes mil cosas que hacer y no saber por cuál empezar, porque verdaderamente no quieres hacer ninguna, y quieres quedarte sentada, intentando estar bien DE VERDAD, y vaciarte de mentiras o autoengaños. Hay días, también, en los que no tienes cosas que hacer, y nacen por sí solas. Nace también un día soleado que te invita a dar un paseo de veintidos minutos con o sin compañía, no es necesario, no te encuentras en ese preciso momento en el na de días. Y simplemente hemos de aprender a elegir los días más difíciles y más insostenibles, para tornarlos más seguros...

Tristeza e imperfección

Tristeza e imperfección

Escuchar esta canción "Only time" me entristece, y no la escucho porque no tenga miedo a hundirme y ahogarme en la tristeza que siempre y todos los días nos rodea. Solamente la escucho para recordar que la vida también es esto. Sonidos que te envuelven y te rompen en mil pedazos, después, la paras y te recompones. Te acuerdas de esa expresión que tuviste, y que, inevitablemente, era triste, y ya no puedes cambiarlo porque así era tu rostro, así hablaba, así se expresaba... Es algo irremediable. Pero no por ello imperfecto...

Anoche vi "Noviembre dulce", la vi por primera vez hace 5 años, y anoche la volví a ver con la misma ilusión. Es triste, pero dulce. Mucho. Es difícil encontrarse con alguien así, con alguien que te regale 12 regalos perfectos cuando no es Navidad, y quiera vivir persiguiendo una sola cosa: hacerte feliz. Sé que esto solo forma parte de las películas, por eso mismo las veo, porque es de la única manera a través de la cual puedo sentir que aunque solo sea en ellas, lo puedo ver, y sentir muy de lejos, mientras mis ojos se quedan clavados en la pantalla que transmite un amor inmortal. No voy a desvelar el final, pero es una buena película. Mañana pondré un trocito de ella, y hoy os dejo esta canción que se escucha dos veces.

Creo que siempre hay tristeza en todo lo que hacemos vivimos y sentimos. Cuando amamos nos sentimos tristes por si ese amor terminará, o su ilusión se morirá. Cuando planeamos algo nos sentimos triste porque pensamos que algo podría salir mal. Y cuando hacemos cualquier cosa, ahí está la tristeza, hablando bajito, pero está ahí. Pero la vida no es perfecta. Ni tenemos que pensar que debe ser perfecta. Mi boca no es perfecta, ni mis ojos porque expresan tristeza. Ni mi nariz ni nada de lo que pueda hacer. El mundo la vida y nosotros somos imperfectos. Y la tristeza tambien es imperfecta, a raíz de ella todo lo hacemos de diferente modo. Nos sentimos más débiles, más frágiles, más vulnerables, y nos volvemos pequeños, desconfiados. Dejamos de querernos y mimarnos y pensamos que la vida no es tanto. Pero sí lo es. Sentarte  y obviar el tiempo, disfrutando de un diálogo que te hace llorar, ya merece la pena. Y también es bonito observar el amor de lejos, no siempre es necesario sentirlo. Y me siento bien, conmigo misma y con el mundo, hoy no quiero reprocharle nada, ni siquiera le doy la espalda, porque ahora vivo para mí, para dibujar a carboncillo esa sonrisa que perdí y que se quedó detrás del papel de esta fotografía.

Only time

En calma

Anoche fui a ver a Ismael Serrano con la mejor persona que puede haber en este mundo. Ismael volvió preciosa la noche con sus palabras, y con sus canciones. Antes de cantarlas, nos invita a su mundo. Y nos abre los corazones sin necesidad de poseer ningún tipo de llave. Sabe como entrar en cada uno de nosotros. Y nos descoloca la mente y le da un juguete a todo lo que nos compone, para que todo lo que nos forma se libere, y empiece a jugar y nosotros dejemos de ser casi nosotros. Sí, es extraño de explicar, pero pareces vivir, durante dos horas y media, en otro mundo. Donde oyes hablar de amor, desamores, justicias e injusticias, deseos, sueños, confianza, y muchas cosas más...y parece que todo está lejano, pero en realidad, tú sabes que muchas cosas que esa boca de poeta suelta; hablan de ti, de parte de tu vida o de lo que tu también deseas y vives ahora mismo.

Me lleno de emoción que en dos segundos mi voz sonara para gritarle "Recuerdo!", deseando que la incluyera en su repertorio. Por suerte, esa canción ya estaba incluida...y empezó a hablar de ella:  "a veces hay heridas, heridas abiertas, y se quedan abiertas...y pasa el tiempo y crees que a lo lejos está la persona que querías ver, y que hace mucho que no ves....más tarde, eres consciente que es un espejismo, nada más..." (la canción suena, su voz suena, la noche se vuelve todavía más bella...) mi boca se mueve, y canto bajito.Sonrío, porque adoro esta canción. Es una historia preciosa.

Fue una bonita noche, es increible el poder que a veces tienen las voces, y las palabras, y la poesía. Y la capacidad de crear historias tan bellas. La capacidad de hablar de la vida, como si fuera algo concreto, y se pudiera hablar con ella y cogerle de la mano. Él, Serrano, lo hace, y lo hace perfectamente. Ayer fui testigo de ello. Y me alegro de que ayer fuera una de las mejores noches de este año. La música se cuela por mis oídos...la suya, su música y su voz y todo está en calma. No hay nada afuera, y me noto más tranquila. Y eso, para mi, es suficiente.

Días y días...

Días buenos. Días malos. Días azules. Rosas. Oscuros. Claros. Y claroscuros. Días soleados. Días nublados. Días tempranos. Días cercanos. Días lejanos. Días tristes. Felices. Amargos o dulces. Días hermosos. Días de jardines grandes y nubes blancas. Días de lágrimas o de sonrisas rojas. Días de pocas o muchas palabras. Días cortos y días largos. Días de risas o de llantos. Días sonoros. Días huecos. Días de sentimientos. Días extraños. Días cosotosos. Días para olvidar. Días para ser recordados. Días amables. Días de cafés y de buenas horas. Días de zancadillas y malas frases. Días de ideas ausentes y mente plana. Días de planes y de sueños charlatanes.

 Dias y días... pero sé que todos son mis días...

Mareo

Podemos deshacernos de dolor, de tristeza, de ganas, de voluntades, de fuerza, de amor, de todo, podemos deshacernos de todo pero con la ayuda de una única cosa: el tiempo. Y el tiempo a veces juega contigo, dándote ventaja, o, por el contrario, te advierte de una cosa, y es que no va a estar esperándote. Y sientes miedo y te pones las mejores zapatillas, para echar a correr. Pero después de quince minutos corriendo, tus pies se paran, y ahora es tu mente la que te cuelga un cartel en blanco con las letras grandes que dicen "No molestes en correr tanto, no te canses, no vas a llegar nunca". Quieres ahora vengarte, del tiempo o del cartel que está instalado en tu cabeza. Quieres olvidarte también del día en el que vives, y quieres ignorar cada minuto que se te hace cuesta arriba. Pero no siempre puedes. La impotencia vuelve a adueñarse de ti, y eso que tú siempre pensaste que eras dueña de todo. Pero también es el tiempo el que te enseña que de lo único que eres dueña es de tus sueños. Puedes contárselos o no a alguien, puedes guardarlos en tu mente para recordarlos dentro de una semana, un mes, o dos años. Puedes rememorarlos o sonreír o robarte tú misma la sonrisa. Puedes quedarte o no con tus sueños, dependiendo de si te hacen falta para seguir viviendo o no. Puedes esconderlos si no quieres verlos durante un tiempo o contárselo detalle a detalle a la mejor persona que haya en tu vida, así, ella se quedará con ese sueño y lo imaginará y quizá lo sueñe, y quizá se asemeje al tuyo. Entonces te habrás quedado sin la pura esencia del sueño que tuviste, y que, por mil y una razones, ya no quieres en tu vida.

Algo se mueve en ti. Se produce un mareo de sensaciones, se atropellan los sentimientos que ya no sabes tú si son sentimientos o trozos rotos de algo que te empujaba. El tiempo te marea también. Por eso existen los días grises, negros, nublados. Y quieres tumbarte y sentirte mejor, calmada, relajada, y con la cabeza despejada. Ya no hay mareos, pero tampoco hay sueños. Y a veces, es mejor vivir así. Después, con el tiempo, los sueños que no quieres tener, vuelven, pero entonces ya no eres aprendiz, y sabes cómo y cuándo deshacerte de ellos. Los que te gustan y te dibujan por sí solos una sonrisa en tu boca; te los guardas cerca tuyo, los aprietas con la mano, les dices tu nombre y caminas más feliz. Tus pasos parecen ser felices.

La vida te ofrece una mejor melodía para escucharla todas las tardes. Y el tiempo sigue su curso. Sus agujas siguen marcando horas diferentes que también pueden llegar a recordarte el sueño que tuviste un día de primavera. Pero ahora estamos en otoño, estamos a miércoles, son las dos y veinte de la tarde, y ahora no quiero quedarme con sueños, quiero quedarme con la sonrisa que ayer solté sin darme cuenta, quiero quedarme con las muñecas desnudas, sin relojes que me cronometren. Me quedo conmigo. Y me quedo con el contrato en el que he firmado que sólo yo puedo hacerme daño. Nadie más. Al menos por ahora.

Sé que puedo caer, pero me conformo conque mis piernas no tiemblen ni mi cabeza vuelva a escribr un cartel e incrustarlo en mi cerebro. Me conformo con eso, y con la vida que todavía me queda.