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Discúlpenme

Discúlpenme:

Discúlpenme que no sepa tirar momentos o instantes a la basura, discúlpenme que no aprenda a perdonar algunas cosas, y que no aprenda a olvidar los silencios cuando alguien no quiere dar explicaciones o pedir perdón. Discúlpenme que a veces sienta que la vida no merece la pena. Discúlpenme que pierda el tiempo, y que me siente en una silla a mirar las agujas del reloj que no llevo puesto. Discúlpenme que a veces me mire al espejo y no me reconozca. Discúlpenme que a veces me sienta tan triste, y no salga a pasear. Discúlpenme que a veces todo lo vea difícil, y negro azabache. Discúlpenme que a veces aborrezca las palabras demasiado empalagosas que al final no quieren decir tanto. Discúlpenme que añore momentos en los que no me preguntaba tantas cosas. Discúlpenme que a veces recuerde  tanto, y otras, olvide un poco. Discúlpenme que quiera manejar un poco los hilos del teatro que dirige mi destino. Discúlpenme que no sepa devolver con la misma moneda. Discúlpenme que me baste con escribir para sentirme cada vez más libre. Discúlpenme que necesite siempre tanta paz. Discúlpenme que sueñe tonterías tantas noches seguidas y que tenga miedo todavía de las pesadillas. Discúlpenme que mis ojos no sean iguales, o que mi boca no bese igual. Discúlpenme que no haya podido gestionar de mejor manera el tiempo que me ha reservado la vida. Discúlpenme que perdiera la visión durante un tiempo y me equivocara de flecha, y de camino, y de calle. Discúlpenme que me perdiera y me costara tanto regresar. Discúlpenme que no sepa hacer buenos bocetos. Discúlpenme que no quiera desprenderme de muchas cosas que forman parte de mi y me sirven para reconocerme en cualquier momento y en cualquier lugar. Discúlpenme que sonría al ver cualquier foto en blanco y negro. Discúlpenme que las personas tengan fácil eso de ganarme si se presentan con un pequeño peluche ante mí. Discúlpenme que a veces no sea todo lo realista que debería ser. Discúlpenme que me niegue a mirar hacia arriba, a saltar el charco o a dar una patada a esa piedra. Discúlpenme que eche por la borda parte del valor que conservo. Discúlpenme que sea frágil.

 

Frágil, ilusa y pequeña.

 

Tanto.

 

Tanto.

Roja piruleta

Roja piruleta

Te encargas de romper las cosas que más valor tienen y tampoco te importa. Te encargas de robarme las lágrimas que jamás antes derramé. Te encargas de cultivar en mí el odio que nadie ha tenido por ti. Te encargas de deshacerte de la dulzura que las piruletas rojas siempre tienen. Ellas la tienen, sí, esa dulzura envidiable que quisiéramos tener todos en nuestra vida, minuto tras minuto, saboreando a cada segundo un gramo de azúcar.

Pero es que la vida no es tan dulce. Siempre guarda momentos amargos, y entonces, no hay piruleta que valga. Y a veces cuando hay, tampoco sirve de tanto porque son esas piruletas que ya vienen rotas, y no es lo mismo. Nunca es lo mismo, encontrarte con algo roto que con algo que no lo está.

Y la vida también es así. Se asemeja a ese tipo de piruleta que generalmente no nos suele gustar.

 

Cuando viene alguien ante ti y te ve tan hundida, o, por el contrario, algo triste, sabe sin preguntar y casi sin imaginarse, que tu vida no está en el mejor peldaño de la escalera, y que tú estás rota. Rota como esa piruleta.

Y a estas alturas de mi vida, no me niego a disfrutar de la dulzura de una piruleta. No me asustan. No quiero pensar que mi vida puede dejar de ser dulce, o que en mis próximos años no lo será, o no saborearé momentos felices. Quiero morder, masticar, lamer mi vida. Disfrutar de ella. Darle lo que se merece, para recibir lo que me merezco. Vivir cada segundo de aire, de gusto, de tacto...

 

Quiero esa piruleta de mi vida. La quiero porque sé que en algún sitio podré comprar la piruleta más roja, la más roja de todas. La más dulce. Y entonces será mía, e incluso me dará miedo romper el envoltorio y saborearla. Pero si algún día la encuentro, la compro y me la quedo, prometo saborearla muy lentamente, para que se me haga largo, y asi, también se alarguen los minutos felices que recordaré el resto de mi vida.

 

Quiero esa piruleta de mi vida, en algún momento de mi vida. Y creo que no vale la pena rendirme.

 

Porque todo siempre puede ser más dulce. Más. Más.

Mucho más.

El dolor de perderte

A continuación voy a copiar aquí uno de los textos que escribió Rosa Montero en uno de los números de El País Semanal, lo cogí hace bastante tiempo y lo recorté para dejarlo en uno de mis corchos. Ayer lo volví a leer, y necesitaba ponerlo aquí. Es necesario leerlo. Disfrutadlo...

El azar, siempre tan caprichoso, ha hecho que haya leído seguidos dos estupendos libros de tema muy semejante. Los dos tratan de la muerte y de la pérdida; los dos cuentan el difícil duelo ante la desaparición de un ser querido. Uno es El año del pensamiento mágico, de Joan Didion (Global Rythm Press), un fascinante y sobrio relato (su estilo es tan austero y tan frío que quema) de los meses posteriores a la muerte de su marido, con quien había vivido cerca de cuarenta años. El otro es Un hombre de palabra (Alfaguara), un libro conmovedor, inteligente y tumultuoso con el que la escritora catalana Imma Monsó recuerda al hombre con quien compartió la vida durante dieciséis años y habla del traumático vacío de su ausencia. Son dos textos limpios, dos textos sinceros que ayudan a entender mejor los entresijos de la pena. La vida no trae instrucciones de uso y cuesta muchísimo aprender cada uno de los saberes fundamentales de la existencia. Y no hay más que dos vías para hacerlo: o bien empeñando nuestra carne en ello, es decir, con la propia experiencia, un proceso lento y con cicatrices, o bien observando la experiencia ajena. Por eso siempre me han gustado las biografías y los libros de memorias, porque son como mapas de navegación del mar de la vida, con sus estrechos, sus bajíos y sus escollos, con sus horizontes hermosos y sus calmas chichas. Joan e Imma nos hablan en sus libros de la más negra tormenta. De esa clase de tempestad que te lleva al borde del naufragio.Para mí, ya digo, son dos obras necesarias y honestas. Y, sin embargo, hay una vieja discusión sobre el arte y el uso que los artistas hacen de sus penas y sus duelos personales. Por ejemplo, oí infinidad de críticas cuando, en 1994, Isabel Allende publicó Paula, un libro de memorias que era como una carta dirigida a su hija Paula, muerta en 1992 de porfiria, una enfermedad especialmente terrible. Y también el gran músico Eric Clapton fue apaleado de manera inclemente cuando grabó en 1992 su bellísima canción Tears in Heaven, dedicada a la memoria de su hijo, un niño de cuatro años que había muerto meses antes al caerse desde la ventana de un rascacielos neoyorquino. Por citar tan sólo dos ejemplos entre otros muchos del arte originado por la presión candente de la propia pena.Tanto el libro de Allende (que, por cierto, no he leído) como la canción de Clapton fueron grandes éxitos comerciales, y eso es lo que les resulta más inquietante a algunas personas, que tienen la sensación de que hacer algo así convierte al artista en una especie de buitre carroñero, capaz de sacar provecho económico o de otro tipo (ay, la vanidad) hasta de las penas más cercanas. Y es verdad que en este mundo estridente y superficial en el que vivimos hay más de un ave de rapiña de este tipo, capaz de sacarse el hígado (o sacárselo a su madre) y cortarlo en finas rebanadas en un programa en directo en la tele, por ejemplo, con tal de llevarse un pellizco de euros y de sucia fama.Pero también creo que los artistas, dicho sea en minúsculas y sin mitificar, se dedican a lo que se dedican porque no saben vivir de otro modo. Ése es su gran recurso existencial, y sin las muletas, sin el sostén de su obra, serían individuos incompletos e incapaces de sobrevivir ni un solo día. De manera que, cuando el dolor aprieta y amenaza con desbaratarles, acuden al único modo que conocen de poder aguantar y manejar ese sufrimiento: convertirlo en una canción, en un texto, en una película. Ya lo dice Imma Monsó en su libro, refiriéndose a los literatos: “Para nosotros, [escribir es] el más sólido de los medios para conjurar el vacío”.

Y del vacío hablan Imma y Joan. De un vacío repentino que es como una mutilación. Dicen los expertos que los duelos tienen cinco etapas: negación, ira, negociación, depresión y aceptación. En estos dos libros hay referencias a todas estas emociones, pero también hay mucho más, infinitas sutilezas del vivir. Por ejemplo, hay el retrato de dos relaciones sentimentales ricas, plenas, cómplices, duraderas. Leyendo Un hombre de palabra y El año del pensamiento mágico uno siente envidia de esas dos parejas. Y del largo tiempo que se disfrutaron. ¿Qué es mejor, querer tanto a alguien y perderlo, o no haber tenido una relación así y por consiguiente no sufrir? Cada cual que escoja. Yo, personalmente, prefiero la vida, aunque escueza y duela

Cuando sea el momento...

-Me quedaré si eso es lo que quieres, si es lo que necesitas. Te traeré una caja de pañuelos con aroma a vainilla, te regalaré tus dos películas favoritas y te prestaré mi hombro, para llorar o emocionarte, si quieres. Me quedaré aquí, a tu lado, para que no te sientas sola y así frenes tus ansias de escaparte y huir de esta ciudad.Me quedaré para que sepas que me importas, y que puedo estar cada vez que tú lo desees. Me quedaré porque necesitas ver la luz, y ver las estrellas cada noche, y no taparte los ojos ante todo lo que todavía te queda por ver. Y me quedaré para contagiarte las ganas de vivir que guardo en mí, y así, regalarte segundos de vida, y puedas disfrutarlos y aprovecharlos paseando de mi mano. Si quieres. Me quedaré para cuidarte, y verte crecer, porque estás pálida y ya no eres la misma, la misma que antes. Has perdido todo tu color porque no te has querido ni mimado, y siempre te dije que lo hicieras. Nunca dejó de ser imprescindible que te despertaras cada mañana y te pintaras de naranja esos pómulos marcados, y volverte alegre, y preciosa. No has querido serlo, no has querido ser feliz ni tampoco te ha importado deshacerte de esa belleza que a pesar de tus palabras y tus afirmaciones, no te ha abandonado todavía. Pero deberias hacerlo: deberías ir a ese espejo de marco verde pistacho que todavía está colgado en una de las paredes de tu habitación rectangular y pararte a mirarte con esos ojos claros. Y decirte que hoy estás bonita. Que eres bonita. Que cualquier camiseta realza tus pechos y tu boca parece hablar y soltar palabras y palabras llenas de felicidad. Y sentirte afortunada porque no estás ni estarás jamás sola. Debes verlo, pero quizá no quieras. Y a estas alturas me veo en la necesidad de obligarte a verlo y quitarte ese antifaz que nunca te ha beneficiado. Deberías ver lo preciosa que estás cada vez que vengo a verte, y los besos insonoros pero dulces que das cuando estás repleta de tristeza. A veces toda tu tristeza se convierte en cariño, y tampoco eres capaz de verlo. Como muchas otras cosas... Quiero verte feliz, no porque hoy sea hoy, o porque se esté acercando la primavera y debas salir a oler las amapolas... Quiero verte feliz porque no puedo concebirte con el rostro serio. No tengo ya pinturas para colorearte una sonrisa roja en tu boca, se me acabaron, y he venido hasta aquí para pedirte, por favor, que intentes sonreír, que hagas ese esfuerzo por mí. Y por ti, por ti también. Primero por ti. Y que salgas y me cuentes al oído todo aquello que te has perdido, y entonces, dar el primer paso (el más difícil), pero darlo, y sentirte imbatible. Da ese paso.

 -Yo podría darlo si tú te quedaras porque de verdad quisieras. Es precioso todo esto que me has contado, y dicho, sin duda, (no quiero dudar), desde el fondo de tu corazón. Pero te esperé muchos meses antes de que yo enfermara y me llenara de esta tristeza inapreciable ante tus ojos hace tiempo. Ahora eres tú quien lo ves todo, y ves todo esto que me inunda. Sientes pena, o lástima o ganas de cambiarme y de oirme reír; pero de momento no puedo. No puedo.Y debes creerme y dejarme sola si tienes demasiadas cosas que hacer, o planes inacabados o promesas que cumplir con otras personas que no sean yo. Y vuelve cuando quieras volver porque realmente quieras quedarte. Entonces, si es asi, te miraré a los ojos y me daré cuenta que es verdad, que yo te necesito pero que tú también me necesitas, y estaremos los dos, aquí, agarrados de la mano, pidiéndote que me cuentes un chiste que me haga reír durante, al menos, un minuto y medio. No pido nada más. Vuelve cuando creas que es el momento...

Cuando soñé que era princesa

Me pintaron los labios de fresa. Me rociaron fragancias de frutas sobre mi cuello y me suavizaron de azul turquesa mis párpados. Tiñeron de negro mis medianas pestañas y recogieron mi pelo con dos flores blancas.No habían espejos, no ahí, en donde yo estaba. Oía una música lejana, una música melódica que tranquilizaba a mis piernas y a mis manos. Había dejado de temblar, no de miedo, sino de nervios, de incertidumbre. Ya mi vida era previsible, pero aparentemente preciosa.Me dejaron unos minutos a solas hasta que llegó mi madre a decirme “Debe ser el día más feliz de tu vida”.

Entonces, pensé que era demasiada responsabilidad, y a la vez, la causa por la que después se crearían demasiados pensamientos en mi cabeza.No sé si quería salir de allí, o quedarme para siempre. No sé si quería quedarme atada al hombre que me prometía todo, o buscar a alguien que solamente me alimentara de pasión. De todas formas, tenía poco tiempo para pensar, y decidir. En realidad todo estaba decidido. Cabía la posibilidad de que si me casaba, llegara a ser la mujer más feliz de todas. Con vistas a la montaña más hermosa de la Tierra y acompañada del hombre más gentil que hasta entonces, había tenido la oportunidad de conocer.Quizá yo no quería ese tipo de vida. Quizá todo era un cuento. Quizá mi vestido era demasiado blanco o mis pómulos estaban nacarados perfectamente.Quizá yo no quería una vida perfecta, o que al menos lo pareciera. Por ello me desperté. Había sido todo un sueño.

Era simplemente una mujer de veinticuatro años, con la mirada algo perdida, repleta de aromas y guirnaldas. Era una princesa, o al menos, me faltaba poco para llegar a serlo. Sin querer serlo, o...quien sabe.  Pero me desperté, y ...solamente era un sueño.

Me aprieto las rodillas

Me aprieto las rodillas. Hoy las tengo lastimadas, al igual que el corazón. Pero éste sigue su propio rumbo, recorriendo los caminitos que él mismo se está dibujando. No le hablo mucho porque siempre está callado. No le hablo, pero empiezo a confiar en él. Ahora. De nuevo. No creo que me falle nunca más. Y si lo hace, igual le vuelvo a perdonar.  

Nunca me dijeron que perdonar cansaba. Nunca me lo dijeron pero creo que ya me he acostumbrado. Siempre creí tener un corazón inteligente (ya me he demostrado a mí misma que mi cabeza no tiene esas características), de lo contrario, a lo mejor no estaría escribiendo esto, y estaría llorando de tanto reír, o desbordando partículas enormes de amor, por mis pechos, por mis ojos, por mis muñecas y mis manos.

 Me aprieto las rodillas porque duelen demasiado, y me acurruco y pienso que quiero dormirme. Siento la oscuridad del techo sobre mi pelo, y observo las pequeñas y estrechas franjas de luz que se cuelan tras estas persianas, a causa de la luz de ese lucero que acostumbra a poblar el cielo sin saludar, sin presentarse. Es como si no quisiera destacar, de entre las demás estrellas. Y siento envidia, sólo a veces, de querer brillar la sexta parte de lo que ese lucero brilla cada noche. Lo veo tras mi ventana, y me quedo en silencio. Y depende del día, pienso: “Hoy he brillado, sí, creo que si”, y entonces dejo así de mirarlo y me envuelvo entre las sábanas de mi cama que suelen oler a mora. Otras noches...menos afortunadas...me digo: “Quisiera estar ahí, o en otro lugar, quien sabe ya, pero quisiera brillar así, y sin destacar y sin hacer ruido al andar”. Pero solamente pienso eso en días desafortunados. Me aprieto las rodillas, y me quedo dormida.

Te dije

Te dije

Te dije que te quedaras y te fuiste. Te dije que había soñado contigo y no te importó. Te quedaste dormido cuando grité tu nombre, y dejaste de meter en ese buzón amarillo todas las cartas que me debías.

Mi madre me ha regalado un gorro, no sé muy bien si para aislarme del frío o del miedo o de la tristeza, o esperar solamente, quieta, y tapada a la esperanza, a la alegría. A todo, en realidad, menos a lo feo.

 Te dije tantas cosas... y ahora sólo estoy yo.

Y no sonrio no porque no me apetezca, sino porque no tengo mucho tiempo, y ya debo irme. 

Dime...

Dime que si me voy, vas a estar ahí para darme tu penúltimo adiós. Dime, que si me voy, todas las mañanas me pasaré y pasearé por tu mente, hasta que recuerdes la forma en que me río cuando estoy contigo, y la forma en la que te miro de reojo cuando estás a mi lado. La forma en la que me agarro a ti porque quiero ser de nuevo una niña y estar sobre los brazos o la espalda de alguien.Dime que si me voy, tendrás muchas ganas de volver a verme, y me dirás que el tiempo nos ha sentado muy bien a los dos.Dime que si me voy, me extrañarás y querrás que no me vaya, pero me dirás que sí.Dime que si me voy, me vas a escribir una nota con muchos soles o muchos labios o muchas palabras bonitas.

Dime que si me voy, mirarás mis ojos dos veces al día en algún sitio, y me reconocerás, y pensarás que ojalá estuviera ahí.Dime que si me voy, cuando vuelva, estarás ahí con la más amplia de tus sonrisas preparado para darme un cálido abrazo. Como nunca.Dime que si me voy, me dirás que me necesitas, y que desearás que los días pasen rápido, muy rápido. Y...si no me voy, dime que hago bien, que todas mis decisiones son válidas. Que me quieres como soy y que estarás ahí. Y... si me voy y no me dices nada, o te quedas en silencio y me vuelco yo también en el silencio, dime que ninguno de los dos tendremos miedo porque todo estará superado, y ese lazo será más fuerte que nunca. Y que sí habrán abrazos, de cualquier tipo, pero abrazos. Y sigo asqueada por el puto miedo que me inunda siempre que hay algo nuevo en mi vida.No sé... ya es hora de quitármelo, y no puedo.  Dime que me quitarás los pequeños pájaros que quedan en mi cabeza y mis miedos o mi timidez o cualquier cosa que me impida seguir mis sueños o aprovechar las oportunidades. Dime que tengo toda una vida por delante pero que tengo que empezar a vivirla ya. Que el tiempo no espera para nadie.

Dime que no me regalarás un reloj, pero que sí me dirás que hora es, y que tengo poco tiempo para pensar qué quiero hacer conmigo.....

Después de 9 días

Puedo amarte hasta explotar, hasta quedarme sin aliento. Sin respiración, pero no sin sueños. Porque me hacen falta, igual que tú. Me miras y me buscas, y yo también lo hago constantemente pero acostumbramos a esquivar y esconder todas esas miradas que nos gusta lanzarnos.Puedo amarte hasta muy lejos. Pero no si no es contigo. Puedo amarte hasta esperar a que cruces ese charco frío y revoltoso. Estaré aquí, en la otra orilla, lanzándote muchos besitos, en cada uno va una pizca de mi amor exaltado, pero comprimido.Puedo amarte hasta prestarte mis caricias y también mi piel, si es que la necesitas para hacerte fuerte, y mojarte, y salir empapado, pero no sólo de agua, sino de ganas, pasión y amor. Puedo amarte si tú me amas, también, de verdad. Y estás dispuesto a deshacerte de besos llenos de todo eso que a mí me hace ser feliz.Puedo amarte hasta dejarte sin voz, o sin lágrimas, o sin heridas. Como tú prefieras. Creo que puedo hacerlo. Amarte y sanarte, y a la vez, pedirte que tú también lo hagas por mí. Sanarme, y después, amarme, hasta que te canses.Puedo amarte sin agobios, sin obligaciones ni debilidades. No quiero que seas mi dependencia ni yo quiero ser tu debilidad. Sólo quiero ser yo.Y que cada día busques mi sonrisa entre la gente. Y que nadie te valga excepto yo, porque yo sí puedo amarte hasta tan lejos.Puedo amarte hasta perderme, y no encontrarme en nueve días.Después de nueve días nos reencontramos y no me regalas una flor, pero sí un paseo lleno de caricias en la palma de mi mano. Después de nueve días te volveré a escribir y tú me leerás. Después de nueve días, estoy segura, seguiré diciéndote que puedo amarte hasta explotar.Sin explotar.Pero te amaré, como siempre, como suelo amar. Después de nueve días...

Feliz

Hace una hora he recibido una llamada, esta vez, he recibido una de las mejores llamadas de mi vida. Y quiero compartirla con vosotros. Resulta que gracias a las notas del año pasado de mi primer curso en la universidad (aunque sinceramente debo decir que no son extraordinarias) y por no suspender ninguna en junio voy a recibir 600 euros. Me he quedado con la boca abierta, sin embargo, me han dicho que pueden gestionarme esos 600 euros para quedarme todo el mes de Julio en Cambridge a estudiar inglés. Es una buenísima universidad, según me han dicho, de las mejores... pero que pasa...Pasa que soy algo dependiente, y no me quiero imaginar un mes entero de verano alejada de mis amigos.Es una decisión dura, que tengo que tomar allá por el mes de mayo.Tengo tantos nervios y a la vez tanta emoción contenida en mi cuerpo que necesitaba contároslo a vosotros, a las personas que no se cansan de leerme y que siempre me ofrecen parte de su tiempo.Siento tanta alegria ahora mismo! Bueno, si leeis esto, decirme qué pensais, qué hariais vosotros en vuestro lugar....supongo que así puedo ir pensando con más tranquilidad.Sin embargo, también tengo que ir en vistas del viaje de fin de carrera del año que viene, y eso significa cruzar el charco, y significa un gran gasto de dinero, y si decido renunciar a esos 600 euros, por mucho que trabaje de aquí hasta ese viaje, igual no puedo realizarlo. Y si decido renunciar a Cambridge, quizá esté renunciando a una única oportunidad en toda mi vida... que, además no me gusta el inglés!!!!! Dios...No sé que hacer.  Decidme algo, por favor! Un besito graaaaaaaaaaaaaaande y azucarado a cada uno, porque, sinceramente, hoy soy feliz!

Bebé

Bebé

Hoy vuelvo a ser bebé.

Disfrazada.

Con la misma alegría,  aunque con diferente sonrisa.

Pasad un buen fin de semana, yo, éste, lo necesito, e intentaré disfrutarlo al máximo.

 

 

 

 Besitos!!!

Romperme la cremallera

Podrías acercarte romperme la cremallera, romperme los botones de las camisas que no me gustan, ( y no las uso porque me alío más a las camisetas). Sí, quizá me pase de demasiado informal. Pero soy así, y creo que tú me quieres así. No creo que cambie y si lo hago, será dentro de muchos años... Me apetece estar aquí, deseándote, mordiéndome las uñas para que vengas y me grites que no lo haga. Que me desgastes el nombre. Que me destiñas el pantalón y que regales a mi cuello una de tus respiraciones. Y por qué no, un escalofrío demás, para sentirme viva.  Quiero esbozar grandes sonrisas, de éstas que hasta dan envidia y relucen y no paran de brillar. Y me gusta que te quedes mirándome la boca fijamente, como si no existiera otra, como si fuera, la mía; perfecta, como si no hubiera igual o mayor perfección en otros labios diferentes a los míos.Me gusta escribirte, o añorarte, o pensar que vas a llamarme dentro de catorce minutos para saber cómo me encuentro y qué tal me ha ido el día. 

Pero podrías cambiar mis ácidas sábanas por tu ropa y regalarme un par de besos, o tres, o cuatro... hasta cansarte, hasta cansarme, hasta quedarnos dormidos, hasta soñar una media de 4 sueños por noche, y que en la mitad aparezca yo, diciéndote que podrías acercarte. Acercarte hasta tocarnos nuestros ombligos. Y podrías estar aquí, y romperme la cremallera.

La única mujer

Éste es uno de los poemas que hace tiempo leí y coloqué en mi corcho. Creo que es precioso. Os lo dejo, para que, al menos, lo disfruteis la mitad que yo. Un beso.

La única mujer que puede ser
es la que sabe que el sol para su vida empieza ahora
la que no derrama lágrimas sino dardos para
sembrar la alambrada de su territorio


La que no comete ruegos
La que opina y levanta su cabeza y agita su cuerpo
Y es tierna sin verguenza y dura sin odios

La que desaprende el alfabeto de la sumisión
y camina erguida
La que no le teme a la soledad porque siempre ha estado sola
La que deja pasar los alaridos grotescos de la violencia
y la ejecuta con gracia
La que se libera en el amor pleno
La que ama

La única mujer que puede ser la única
Es la que dolorida y limpia decide por sí misma
salir de su prehistoria.

Ignorancia

-Me voy a marchar para no hacerte daño. Me voy a marchar para decidir qué quiero hacer con mi vida, qué camino debo escoger. Cuál es el que me merece la pena recorrer. Qué tipo de cosas necesito y quiero vivir. Me marcho para no quedarme contigo ni hacerte sufrir. Sé que si me quedara lo haría, hacerte daño. Y no me lo permitiría nunca. Jamás me permitiría recordar la manera en que lloras, y si lo haces, por mí, tampoco querría verlo. No. Me niego a ser el personaje malo de tu película.

 

-Márchate, sí. Es lo mejor que puedes hacer. Pero ya no puedes cambiar nada. Tú elegiste ese papel, el personaje malo mucho antes de que la película comenzara. Y también fuiste el personaje malo y odioso de mi teatro. Simplemente cambiaste de disfraz antes de que la obra empezara. Y disfrazado seguiste durante los minutos previos a la opertura, delante y detrás del telón, hasta el fin de la obra. Y sólo querías ser el mejor y el más grande, el buen personaje, el mejor. Pero siento decirte que acabaste siendo el peor. Creíste llevarte todo, todo y lo mejor. Pero te equivocaste, como de costumbre.

Pero márchate ya, porque se te hace tarde. Siento que creas tener la conciencia bien tranquila, siento decirte que hasta compraste un disfraz a medida para tu mente. Y pena me da.

Pero vete, estás empañando de mierda el escenario. Y eso sí que no vale la pena.

Ella hubiera querido...

Ella quería que su vida hubiera sido diferente. Hubiera querido retroceder, cambiar las cosas de sitio, olvidar un poco más y recordar un poco menos. Quedarse con las fotografias de su vida y no echar a perder lo más valioso que hasta entonces, había mantenido cerca suyo. Ella solamente quería que las cosas fueran diferentes, que su vida tomara otro rumbo. Ella quería saber qué podía o no podía vivir. Quería escuchar lo que necesitaba escuchar, y necesitaba aquello que jamás pronunciaba.

Ella hubiera querido que sus miedos se hubieran marchado mucho antes. Hubiera querido ser más inteligente, más precavida, más fría, más sólida, más dura. Ella hubiera querido regalar en grandes cajas azules toda su ternura a aquellas personas que le demostraran un verdadero amor, casi interminable, casi eterno, casi suyo. Propio. Vivo.

Ella hubiera preferido vivir otro tipo de cosas y soñar otras tantas, diferentes, también. Ella hubiera querido recibir un abrazo en lugar de una promesa. Hubiera querido recibir una verdad a una carta. Hubiera querido recibir momentos vacíos, instantes nuevos, y con ellos poder reemplazar días vividos. Ella hubiera querido ignorar muchas cosas, hubiera querido cambiar de mente, de memoria. Hubiera querido rociar su sufrimiento a orillas del río que jamás vio. Hubiera querido andar descalza durante mucho tiempo. Hubiera querido gritar lo que en su día quiso gritar, y poder cambiar las cosas. Y que sus días y sus noches hubieran sido diferentes.

Pero no lo fueron, ni sus días ni sus noches cambiaron. Quiso deshacerse de momentos, de recuerdos, de palabras que le asustaban. Hubiera querido deshacerse de muchas de las cosas que ya no le servían.

Hubiera querido tantas cosas...

Ni sé, ni supe

No sé. No sé si fue de repente o de manera paulatina que dejó de gustarme tu cuello, tu barbilla, tus orejas, tus rodillas... Dejó de gustarme tu manera de replicar, de salirte con la tuya, de ser el dueño de todo. De tenerlo todo. De ser ambicioso y matemático. Ahora es cuando entiendo que las mentiras no sólo hacen daño, sino que te infunden en una rabia indescriptible.Por ello no puedo encontrar las palabras que necesito. Probablemente no lo leas nunca, pero creo que tenías que saber que lo has perdido todo. Y lo más estúpido era lo más importante.Y yo no supe abrir los ojos y fue una cría. Una cría con una piruleta en la mano derecha y un globo de lunares en la izquierda. Sin querer, fui caminando demasiado deprisa, sin darme cuenta que en cuestión de poco tiempo, me habían robado la piruleta y me habían pinchado el globo. Podria haber sido más inteligente, haberle dedicado parte de mi vida a la primavera y a la playa, y a las arenas claras y las olas serenas. Pero no supe mirar hacia arriba. No supe.

Meses

Enero. Suena la alarma pero me quedo dormida hasta febrero. Febrero. Afuera llueve y sigo envuelta entre sábanas de colores vivos (más vivos que yo). Marzo. Sale el sol durante 34 minutos y miro a través de la ventana. Abril. Las nubes juegan un rato más largo a esconderse y mis pies quieren dar un paso hacia delante. Mayo. Salen las flores más hermosas para ser admiradas y salen mis piernas a caminar por las avenidas. Junio. El sol me saluda varias veces y yo sonrío. Julio. Esta vez no he llorado. Atrás quedó el frío, atrás quedaron las sábanas y (casi) el dolor. Agosto. Me hago más mayor. Pido un deseo (si tengo) y recuerdo y olvido más. Septiembre. Las lunas me parecen algo más bonitas. Octubre. Me vuelvo a quedar en casa viendo el cielo desde dentro. Noviembre. Sigo sin acostumbrarme al invierno. Diciembre. Dejo caer alguna sonrisa, y me quedo con el olor de las castañas en la calle principal.

Fundirnos

Aprietas mi sexo contra el mío. Y me regalas palabras al oído. Es la primera vez que te veo tan entero y transparente. Derrochas más vida de la que tú y yo tenemos y me devuelves en un momento todos los sueños que un día quise tener. Rozas mi piel hasta desgastarla. Me robas lametones de pasión oculta y me delatas que no puedes perderme. Ahora me acurruco entre tus brazos, atrapada entre tus piernas que esta vez no quieren soltarme. Me protejo cerca de tu cuello para seguir respirando. Te pido un beso y me das uno demás. Me abrazas sin decirme nada y el tiempo pasa sin hacer ruido (ahora).

Aprietas mis ganas con tus ganas y me haces más pequeña. Sólo un poco. Quieres que exista, que exista más que nunca. Agrandeces mi nombre, mis pupilas, mi felicidad. Mis ganas de salir a pasear aunque haga frío y mi nariz se quede helada, y mis manos, y mis pies...

Me dices que es tarde, pero que mañana estarás aquí, a la misma hora, regalándome otras nuevas palabras de amor no inventadas. Regalándome momentos, instantes, recuerdos, imágenes...

Regalándome segundos de vida inmersos en un bote vacío de mermelada de fresa, que te recuerda a mí (ahora).

 Te regalo un beso dulce para que me eches de menos cuando te des la vuelta y atravieses la calle y yo vuelva la esquina. Y seguiré pensando que no puedo tener mayor suerte cuando estás delante y cuando llego a casa y me piensas. Sé que me piensas. O al menos quiero creer que sí.Me llena de paz saber que estás, que todos los días estoy en tu vida. Y que aparecemos, nos fundimos, y somos nosotros.

Por fin.

Ya no puedo escucharte

Ya no puedo escucharte. Te has ido sin ni siquiera despedirte. Recuerdo tu azul, tu blanco, tu morado...recuerdo todos tus colores. Te vestías todas las mañanas, con los ojos bien abiertos. Y siempre me enfadaba contigo, porque hacias de despertador. Y te escuchaba desde lejos y a veces te miraba de reojo, al igual que tu. Te voy a echar de menos. Hoy he recibido el mensaje de voz mas triste de todos en toda mi vida, y se que los tres te vamos a echar de menos. Has estado cuatro añitos con nosotros y te hiciste con tu huequito aquí. Han pasado cuatro años, y jamás pensé que sería asi, de repente y a contratiempo. Bueno, en realidad no habia ningun momento que fuera mejor que otro para que te marcharas. No voy a poder verte y eso me aflige. Parece mentira...

Pero hoy me encuentro triste. Y ya no voy a poder, tampoco, regañar con mamá porque no había en el estante las barritas de miel que yo quería darte. Y ya no voy a poder decir lo bonito que eras, y lo travieso.

 Y te vamos a echar de menos...

 

Ya no puedo escucharte

Dejo de sonreir

Dejo de sonreir

Dejo de sonreir por una causa, o por cien motivos, o simplemente porque hoy no hay más que nubes y no ha entrado el rayo de sol por mi ventana que suele entrar todas las mañanas y me acaricia la cara y me ilumina la boca. Dejo de sonreir y cierro mi boca al son de “quiero un día cálido y un par de abrazos eternos”. Te quiero a ti pero no te lo digo porque es tarde, y no quiero despertarte. Dejo de sonreir porque quizá no tenga ganas, o los músculos que rodean a mis tímidas sonrisas están descansando, y hayan cogido sus merecidas vacaciones. Y lo digo porque cuando sonrío, y sonrío de verdad, suelo hacerlo durante días, durante muchas mañanas seguidas. Cuando hace sol y el rayo ilumina mi boca y me atrevo a decirte que te quiero.  Dejo de sonreir porque a veces todo es demasiado difícil. Hasta para mí. Que he visto muchas cosas en mi vida que no me han gustado, y he sacado fuerza de cualquier sitio que previamente ni conocía para poder enfrentarme. Y sé que ahora, después de unos años, he forjado una sonrisa más acorde a mí. Mi boca ya no dice las palabras que antes decía, porque ahora piensa antes mi cabeza, y mi voz es paciente, y espera, y tiembla al decir lo que quiere decir, y teme, pero teme con un verdadero miedo. Y dejo de sonreír porque a veces no digo nada porque no puedo decirlo. Porque mi voz pierde su voz. Porque mi boca permanece quietecita. Y me da pena. Pero es así. Hay días que parece que está castigada, y se queda así. Como detrás de esa estantería en la que seguro hay algún libro caído pero nunca nos acordamos de retirarla y cogerlo. Pero la vida está llena de días así, de estados de este tipo, de mañanas sin sonrisas y sin sol.  Y hay otros días en los que no sonrío porque me enfado. Y me enfado con el mundo y el mundo decide darme la espalda. Entonces yo también se la doy. Pero me acaba ganando. Su espalda siempre es más grande que la mía, y lo ocupa (casi) todo y no me deja ver lo que hay detrás. Me quedo con mi pequeñito mundo hasta que doy la vuelta y le miro a los ojos. Y primero, le miro enfadada, con rabia retenida. Pero esto es sólo a veces... y por eso me da tiempo a vivir. Y a estar seria, y a lanzar miradas. Y a decir “te quiero” cuando lo siento.