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2º día

Hoy me encuentro cansada, pero me he liberado de parte del miedo que anoche y esta madrugada tenía. Sangraba uno de los puntos, y no he podido dormir demasiado. Le veo sólo una parte positiva a lo de estar malita, y es que las personas están más pendientes de ti, y te preguntan ¿cómo te encuentras? Más de lo normal, pero eso, de vez en cuando, está bien, te alivia. He tenido que madrugar, y he vuelto al hospital, pero me han curado el punto y bueno, me espera una semana de dolores y tirones, pero es lo que toca. No soy muy fuerte, lo sé, y no es que sea tremendamente malo que desde siempre haya sido una persona sensible; creo que de eso también se aprende, no sé muy bien el qué, pero se aprende. Estoy un poco más tranquila, sabiendo que la herida está bien, aunque creo que mi madre está fumando demasiado, y esta noche se ha tirado horas viéndome dormir, con cuidado de que no moviera ninguna parte de mi cuerpo. Creo que el cariño es imprescindible en casos como éstos, en los que lloras y ves que en ese momento no quieres ser tú, pero entonces llega alguien, te seca las lágrimas, y oyes que eres lo más bonito; y entonces deseas dormir muchas horas seguidas; pero vuelve la sangre a hacer de las suyas, y a despertarme de los sueños más bonitos.

Hoy me encuentro cansada, pero más aliviada. Hoy me tomo el capricho de sonreír por fuera, porque es el cumpleaños de una de las mejores personas que conozco: Pablo. Te deseo el mejor cumpleaños. Recibe el más enorme de los besos y el más tierno de los abrazos. Ahora vas a venir a cuidarme,  y eso, como muchas otras cosas, no tienen precio.

Feliz cumpleaños!!!!

Sonreír por dentro

Me duele mucho la cabeza. Creo que este dolor viene causado por tanto pensar, por llorar y por los antibióticos. Creo que es mi cabeza la que tendría que hacer esa tregua que hacen mis pies. Creo que debería actuar más sin pensar, y no pensar para después actuar. Pero hoy me vuelve a doler tremendamente la cabeza y creo que debo dejar de pensar.

Y sonreír por dentro, porque por fuera ahora no puedo.

Nuevo miedo, y primeros puntos

Hoy he sentido una clase de miedo por 1ª vez: las operaciones. Se trataba sólo de que me extirparan dos pequeños apéndices benignos; pero mentiría si no dijera que he sentido miedo. Mucho. Y frío, también. Las piernas comienzan a temblarte de la manera más tonta, y siguen así hasta que logras dominarlas, y cruzarlas o hacer cualquier cosa para que puedan devolverte la paz que tenías antes de entrar en el hospital. Después, el inmenso dolor de las agujas, que se introducen dentro de ti para calmarte el dolor más fuerte que podrías sentir si te operaran sin anestesia; pero creo que las anestesias son insuficientes, o al menos, para mí, hasta con anestesia he sentido molestias; se deberá, quizá, a que desde siempre he sido cabezota  y no he querido desviarme mucho de este mundo, el real, donde todo duele. Y es que me quedo antes con el dolor, que con el miedo.

Al miedo no puedo soportarle. Me es imposible. Y no puedo hacer nada. Tampoco me propongo ningún plan, sé que no conseguiría nada. Somos incompatibles. Jamás le supero.

Y te ves envuelta entre paredes blancas, y también entre lágrimas que te salen por dolor, por nervios...y luego las risas, que le preceden al llanto y es ahí cuando la doctora se asombra del llanto mezclado con la risa, pero la risa pronto fenece; y vuelve a nacer el llanto, y de repente te sientes pequeña, casi bebé. Y piensas no ya en ti o en el dolor que sientes en ese momento, sino en como estaran las personas que te esperan fuera.

Gracias mamá, por preocuparte, por sentir tuyo mi dolor, por tus paseos y vueltas en el pasillo y porque mi dolor te traspasa, te llega al alma y a los ojos. Hoy lo he notado. Sin palabras, otra muestra de amor incondicional. Gracias Pablo, por estar a mi lado y preocuparte tanto por mí. Porque simplemente eres tú. Eres así. Y puedo llegar al final del camino y de tu mano porque sé que nunca me pierdo. Y Celia, que se preocupa de la manera más sincera, y me hace llegar sus palabras. Me has transmitido paz. Muchísima.

Hoy he vuelto a sentir miedo. Otro tipo de miedo, pero era miedo. Siempre está ahí. Y no sé como alejarme de él.

Hoy me quedo en casa, esperando calor, y mimos. Hoy vuelvo a ser pequeña (casi bebé)

Y asustada, vuelvo a la vida, a ésta que te da y devuelve patadas de la manera más intensa. Ésta en la que las anestesias no funcionan de nada.

Y mi cuerpo, a partir de hoy, comienza a llevar 6 puntos.

Sientes por dentro que todos se van

Invitación al amor

Esto es un cuento, nada más. Acabo de escribirlo y es un cuento en donde sólo hay cabida para la voz de una persona que construye una invitación al amor. Pero no dudo que sería agradable recibir precisamente eso: UNA INVITACIÓN AL AMOR. Me quedaré con este cuento cerca, por si decido no ponerle un final aquí. De momento, te muestro su invitación al amor en palabras. Con estas palabras.

 “Te invito a que pases aquí dentro, que te quedes entre las paredes de mi piel y el calor que desprende la sangre que corre por mis venas. Y entre la seguridad que proporcionan mis arterias. Y entre el aire que corre dentro mío; pero te ofrezco una invitación; la invitación al amor. Te ofrezco quedarte en mi corazón, si prometes y me juras por escrito que jamás lo destruirás, ni rasgarás ni dañarás. Si juras que siempre estarás mimándolo, y que si en algún momento de tu vida, si en algún día de invierno otoño primavera o verano decides marcharte y abandonarlo (y abandonarme), lo hagas sin hacer ruido, ni daño. Que camines en silencio y borres tus últimas huellas para yo no poder recordarlas después. Y no digas adiós. Comprenderé tus razones aunque no llegue a escucharlas. Comprenderé tu decisión aunque siempre llore tu partida. Entenderé de la mejor manera que pueda, el hecho de que dejes de vivir felizmente por mi invitación al amor, al amor que mi corazón es capaz de darte. Y prometo hacerte todo lo feliz que sepa. Prometo crear en ti todas las sonrisas que hasta día de hoy aún no he visto en ti. Prometo regalarte palabras, y prometo decírtelas de tal modo que durante muchos minutos seguidos se quedarán en tu cabeza, en tu mente. Y entonces querrás acostarte entre mis brazos, y recibir más calor. Y la ternura emanará de mis manos, y mis dedos alisarán tu pelo, de tal manera, que perderá algo de brillo, pero mis ojos empezarán a restar luz al sol para hacer brillar tus cabellos. Y yo seré tu luz. Seré todo lo que tu quieras que sea, siempre y cuando tú me quieras a mí. Y quieras que sea yo, únicamente yo, la persona que te proporcione amor, luz, y calor. Puedo darte eso, y mucho más, pero sé que no me veo capaz si no aceptas esta invitación al amor. Jamás te pediré nada, me basta con que ahora me prometas que no romperás mi corazón de la manera más fría. Prométeme que serás humano. Que serás la mejor persona hasta el momento de marcharte. Entonces podrás enterrar mi nombre, y deshacerte de los latidos que anteriormente habrás escuchado, y al igual que mis palabras, se habrán quedado en tu mente a convivir con tus pensamientos, y con tu decisión de abandonar mi corazón. Pero sólo te pido que prometas ser humano y que vivas cada día. Que vivas. Conmigo. Y que me des parte de tu vida, yo lo haré también. Y que intentes hacerme feliz. 

Y decirte que esto siento, que he creado esta invitación, es de papel amarillo, con letras grandes y azules. De un color marino.  Y sé que te gustará, quizá sorprendido te quedes, pero te gustará, porque entonces, (espero) me mirarás y me sonreirás, y me darás tú tu propio calor con tu abrazo más fuerte.  Y entonces no necesitaré escuchar un sí, tus gestos y tus brazos me bastarán para interpretar tu silencio. Y entonces mi vida se convertirá en otra vida distinta a la de ahora. Ahora está creada la invitación, es una invitación al amor. A mi amor. A que te quedes con él todo el tiempo que quieras. Pues no dudo que no se va a marchar. Sólo tú puedes hacerlo desaparecer. “

 

Incrédula (por las cosas que pasan)

Cansada del surrealismo. De lo increíble. Y hasta cansada de lo creíble, que escuece. Cansada de las mentiras, y de las verdades. Cansada del miedo que se esconde detrás de mis pestañas y nadie ve. Cansada de las lágrimas que se meten para adentro y nadie alcanza a contemplar en mí. Cansada de las cosas que pasan "porque tienen que pasar". Cansada de muchas de las cosas que se quedan pegadas a ti. Cansada de sentirme bronce, de sentirme piedra; cansada de sentirme así, como si no fuera capaz de poder llegar a ser oro, o diamante. Cansada de ver cómo alguien es calcita, y tú yeso. Cansada de que un simple roce te produzca un gran moratón. Y que ese moratón sea el principio y el final de todo. Ambas cosas a la vez. Y que esa persona no lo comprenda. Y que el moratón produzca un gran contraste en mi piel. Y mi piel no ha dejado de ser blanca. Es casi de un blanco puro. Suerte que poseo lunares de  muchos tamaños y  colores, y ellos son quienes aportan vida a mi piel. Cansada de verme obligada a convertirme en una mujer incrédula.

 

Cansada del cansancio. Y más que nunca.

Tierna y dulce historia de amor

Días raros

Días raros

Porque aún me acuerdo de cuando mi vida era otra, o cuando mis días eran otros. Porque ahora soy consciente de lo tontas que podemos ser a veces las personas al confiar, al creer que las cosas bonitas nos llegan y se van a quedar, y más tontas cuando creemos que de verdad eran cosas bonitas. Y confundimos multitud de veces la felicidad...sólo porque un día nos miramos al espejo y vemos una sonrisa más brillante... Será porque nos hemos lavado los dientes con más esmero

Días raros, muy raros.Y anclada. Me anclo a las palabras que escribo todos los días en papeles que releo y a la vez quiero quemar. Y me anclo a las canciones que me vacían, y otras que me llenan y me empujan a levantarme de la silla para poder volver a caminar como antes caminaba.Y pensar que mi vida puede volver a ser lo que era.Con cielos más azules que antes. Con soles aún más grandes. Con nubes de algodón más puro. Con chocolates más dulces y palabras más sinceras.Y amor que no dañe. Amor que no te arranque partes que te son imprescindibles para poder vivir, y dormir.

Y poder conciliar el sueño de una puta vez.

Tal vegada

Ataques els meus sentiments, em lleves les paraules, em fas patir amb les llàgrimes silenciades. Cridant després contra teu, no amb tu. Ja no et vull. O no vull estimar-te. No vull raons. Ni tampoc vull sons. Vull el meu somriure, ni tan sols una llàgrima teua. No vull capítols, ni històries, ni records. No vull noms. No vull pensar. Vull un altre lloc desconegut per mi. Vull un viatge, o un pla, o una realitat molt diferent. A aquesta. Darrers moments que tal vegada podré esborrar. Tal vegada...

Tal vegada em buidaré d´odi. I em quedaré sense paraules per tu. Sempre. M´has provocat un silenci etern, tu, només tu. T´has carregat no un món, sinò un conjunt de mons que depenien d´un fill que tenies tu a les mans. Tal vegada t´has quedat amb un món encara no trencat.

Oblida cada paraula dita a través de la meua boca amb la meua veu. Oblida tots els colors que s´apropien de mi. Estableix negre davant meu. Potser ja sóc aire. Potser ja he desaparegut, i tu, tu no ho sabras mai.

Tregua

Decidió que no volvería a pisar el parque al que acudió para rociar su amor sobre las losetas en un día de sol. Y decidió olvidar el brillo de aquel sol y sus mejillas rosadas. Así era su piel, demasiado blanca y demasiado fina como para no verse afectada por aquel calor. Y quiso recordar que ya no era un recuerdo; aunque ella eso no podía cambiarlo. Y se sentía muy impotente de no poder gritar en voz alta, de no poder deshacer el nudo de su garganta y de soñar vacíos. Se sentía llena de rabia, y su cabeza empezó a llevarse mal con ella. Ella queriendo olvidar, y la cabeza queriendo recordar, dañándole hasta morir. Ella se sostenía de la mejor manera, le temblaban siempre los pies, sus brazos quedaban pegados al cuerpo, y sus pies comenzaron una tregua que ella aceptó. No tenía ganas de caminar, ni siquiera de mirar de reojo para ver qué es lo que le espera. No sabe lo que le toca, de ahora en adelante, sabe que le basta con todo lo que ha vivido (y tocado vivir). Sabe perfectamente que el futuro debe ser mejor que el pasado; al menos ella quiere pensar eso, y aunque esto también le haga daño, no será un dolor mas profundo que el que ha estado sufriendo. Ella no quiere pasado, y el presente lo ignora. Recuerda cómo en una de las clases de la facultad escuchó que “El presente no existe, porque los segundos pasan y nada es presente. Sólo queda el pasado, y sólo queda el futuro, aquello que está todavía por ocurrir”. Entonces se encontraba con dos palabras fijas, una a su izquierda, mostrándole sus recuerdos, sus palabras, sus vivencias. A la derecha, la palabra futuro, mostrando incertidumbre, ignorancia, planes. No dudó, sí lloró, al querer deshacerse de recuerdos, de lo que hasta ahora había estado viviendo, conformándose o no, siendo feliz o infeliz, pero todos aquellos eran suyos, sus recuerdos. Lloró y apretó la palabra futuro, y entonces quiso avanzar, para empezar a descubrir que había detrás de esa palabra. Pero a pesar de elegir, sus pies permanecieron convencidos con la tregua. Ella tampoco discutió con ellos, ni siquiera se enfadó. No merecía la pena. Ella, en realidad, había elegido por elegir, porque no tenía otra opción. Al fin y al cabo, quedarse quieta y esperando el momento de su vida, a quedarse quieta y esperar que el futuro le llegara; era lo mismo.

 Su vida seguía siendo la misma, con el mismo dolor acumulado y guardado. No sabía cómo podía deshacerse de él. Tal vez era tanto y tan profundo, que le podía. Ella sabía que dejó de ser fuerte hacía muchos años, por eso la coraza ya no le bastaba.  Sí, una coraza de demasiada mala calidad. Y entonces comenzó a odiarse por un momento. Por amar, por pensar, por soñar, por tantas cosas unidas que le habían ido cambiando la vida todos sus días. Y todos sus días eran diferentes. Tampoco eso le agradaba. 

Hacía falta esto, dolor, para que sus días volvieran ser iguales. Para que eligiera el futuro sin querer elegirlo. Para intentar olvidar el pasado sin que éste le odiara a ella también. Y seguía sin vivir, seguía con sus brazos pegados al cuerpo, con sus labios sellados, con sus pies en tregua.

Vida en un cuadro virgen

Le dolía la cabeza. Sólo la cabeza, pero quería morirse. Y sabía que no llegaría a morirse sólo por aquel dolor de cabeza. Y sabía también que todos sus días eran iguales y quería acabar con esto pero no podía. Tampoco encontraba la manera de hacerlo. Aquel día sufrió un gran dolor de cabeza. Con el tiempo, le llegó un fuerte dolor en sus piernas, y a los meses siguientes, le pesaban mucho los brazos. Eran dolores distintos, pero todos lograban tornarla pequeña. Y débil. Y perdía fuerzas a cada segundo que pasaba. Se iba consumiendo más y más. Su piel se volvió más blanca. Su pelo perdió brillo y volumen. Su frente ganó arrugas y sus labios se volvieron mucho más pequeños. Su rostro y cuerpo iban perdiendo expresión y forma. No se volvió fea, ni extraña...simplemente fue dejando de existir. Ella lo sabía. En ningún momento dejó de ser consciente. No se arrepentía de haber dejado de quererse a sí misma y haber dejado de mimar su pelo y piel. Desde aquel día en que la cabeza le dolía, permaneció quieta, intacta, de pie y también tumbada sobre la cama donde antes se respiraba tanta vida. Lo peor de todo es que ella ya no quería vida, ni oxígeno, ni luz, ni ciudades, ni animales ni cristales... No queria contemplar, visitar ni cuidar nada... Tampoco sus manos, que años atrás tanto amor habían expresado. Dejó su última gota de vida en su último cuadro. Se pintó a sí misma por primera vez. Y se pintó tal y como Él le había contemplado cuando aún le amaba. Curvas, matices, colores, formas, sombras, luces. Toda ella ERA vida. Y mientras volcaba su imagen en el lienzo y éste iba empapándose de esa vida que ella tuvo; ella iba acercándose al deseo máximo de desaparecer. El deseo máximo de dejar en aquel rincón su recuerdo, con su nombre a medio dibujar. Como a medio dibujar quedó su sonrisa cuando sus manos perdieron toda la fuerza y su corazón decidió dejar de latir. E impregnada se quedó su vieja felicidad en el cuadro virgen que había comprado para dejar instalada en aquella pared su vida. Y la belleza que le había definido.

Agua salada

Agua salada

Siempre entendí que estábamos compuestos de agua. Agua salada. No dulce. No pueden emanar jamás de nuestros ojos lágrimas dulces, porque aunque lloremos de emoción, siempre saben a sal. Siempre son saladas. Y sin embargo, podemos llegar a ser las personas más dulces, dependiendo de la personalidad que nosotros tengamos, depende de las palabras que hayamos empleado y pronunciado a lo largo de nuestra vida, y todo lo que hayamos hecho hasta el día de hoy. Y habernos preocupado por cualquier cosa, aunque mínima o estúpida pudiera parecer. Y haber escrito cartas que a pesar de acabar luego en la papelera nos parecían importantes. Y haber gastado tiempo aunque después nos demos cuenta que de verdad lo hemos perdido, (en hacer todas esas cosas que queríamos hacer por alguien). Y que llegue ese alguien a destrozar parte de tu vida y a no valorar los sueños que tú no pusiste en tu cabeza por arte de magia. Y que ese alguien te muestre sin palabras y sin sonidos que estás hecha y compuesta de agua salada. Y que tus lágrimas comiencen a hablarte, a decirte lo estúpida que has sido. Y a intentar darte el empujón que te hace falta, para salir de la cama, para salir a la calle, para subirte al autobús o para escribir en el cuaderno que siempre se te olvida llevarte a clase porque tu cabeza anda perdida en otro mundo que no es éste. Y te das cuenta, también, gracias a ese alguien y a esas lágrimas saladas, que no te gusta este mundo, ni siquiera ese mundo extraño donde se encuentra perdida tu cabeza. No te gusta ningún mundo, ni siquiera el que creíste que era para ti y en el que creíste ser la persona más feliz de la faz de esta tierra. Y entonces empiezas a odiar a la tierra, al mundo, al aire aunque vivas gracias a él y al agua. Porque tú te tiraste años queriendo que fuera agua dulce y nunca pasó a serlo. Siempre se mantuvo siendo agua salada. Y ya no sabes si acabas enamorándote de la sal que te puebla, o si acabas saboreando las lágrimas que se van resbalando sin darte un previo aviso de que están ahí, para decirte mil cosas sin pronunciar una sílaba de cualquier palabra que te podría producir cualquier tipo de daño, el peor...pero resulta también que has experimentado mil dolores, y mil tipos de daños, directos, indirectos... mil tipos; y entonces llega ese momento en tu vida en que todos te parecen malos, todos se convierten en los peores. Y saboreas esa lágrima que ha nacido estando tan callada... Y quiere pasar desapercibida, pero vuelves a contemplarla en tu rostro, vuelves a saborearla, y vuelve a ti. A estar dentro de ti. Y no dejas de ser agua.

 

Salada, claro. Siempre salada.

Y contrarrestas todo esto con alguna sonrisa, también perdida, que dejas colgada en algún lugar de alguna calle que has pisado. Pero dejas de acordarte de esa sonrisa, y quieres olvidarte de tus lágrimas. Y sigue estropeándose tu mundo, sigue jodiéndose todo, y sigues buscando todas esas cosas que eran tuyas, y que de verdad eran dulces.

MúSiCa

Ya no me asusta

Ya no me asusta

No, creo que ya no me asusta esta palabra. La he oído algunas veces en mi vida, y dicho en otras tantas...He intercalado esta palabra en algunas frases, y nunca me gustó pronunciarla ni tampoco me agradaba que se colara entre mis finos oidos. Creo que nunca me acostumbraré (no tanto como me gustaría), a escucharla sin que ninguna parte de mi cuerpo tiemble durante unos segundos o minutos. Creo que influye siempre el espacio donde se dice, y siempre la he dicho en lugares como estaciones, paradas de autobuses o mi antigua casa. Creo que lo más difícil no es decir esa palabra y volver a mirar atrás, lo difícil es seguir tu vida a partir de esa palabra dicha y ese recuerdo, que siempre, siempre siempre...se convierte en un recuerdo triste, que te hace tiritar, no de miedo, sino de inseguridad y de nuevo, de tristeza. La maldita tristeza que te va dejando huecos, otra vez, malditos huecos, que te vuelven pequeña, otra vez pequeña... Y siempre es la misma rueda que gira y gira. Y a veces eres tú quien no puede seguir con esa rotación y esos movimientos que te descolocan, y paras por un momento, para mirarlo todo con los ojos bien abiertos, y entonces el tiempo pasa y se te acumulan días por vivir, y ya no logras alcanzar esa rueda. Y entonces vuelves a sentirte perdida, y de nuevo pequeña... Pero vuelvo al principio: creo que ya no me asusta decir adiós. Creo que he aprendido en poco tiempo (o en mucho, quien sabe...) creo que lo digo ya no pensando en lo que he vivido, sino en lo que me queda por vivir. Creo que me asustan mucho más otras cosas, y eso no es tan bueno como parece, pero sí lo suficiente como para no volver a temblar como antes al decir "adiós". Y decir adiós no a una persona, sino a recuerdos, y momentos que has vivido y que, por el momento, quieres dejarlos escapar y esconderse lejos de ti, porque sabes que es imposible convivir con ellos. Y digo adiós a muchas cosas. Y creo que el tiempo hace que no me asuste. Y los días siguen pasando, y el adiós se ha vuelto intacto, aunque mi cabeza siga torturándome, por las noches, sobre todo por las noches. Pero he pronunciado esa palabra, y jamás volveré atrás.

Un día de sol

Hace exactamente una semana, exactamente 7 días, me encontraba a 300 km de aquí. Y estaba respirando otro aire, estaba viendo otras gentes, y estaba pisando otro suelo. Contemplaba escaparates de las pastelerías más preciosas que he visto en toda mi vida. Y contemplaba decenas de figuras romanas. Y todo era perfecto. Porque entonces , hace solamente una semana, gastaba el tiempo para mí, hacía lo que quería hacer, y no me perseguía el teléfono, ni estaba pendiente de nada, únicamente de sonreír y de ver cosas nuevas. Como este cielo, que por ser el día que era, y el sitio que era, ya era diferente. Tuve mucha suerte al estar allí y tener tres días seguidos de luz, de mucho sol, de muchos rayos que a media tarde se agradecían en gran medida. Ahora son tres días los que llevo sin sol, y mi pelo no brilla y mis ojos tampoco se aclaran. Los rayos han desaparecido, pero me queda este cielo y este rayo de sol. Puedo mirarlo siempre que quiera, y puedo acordarme de lo feliz que puedes ser durante 24 horas, aunque después de todo, todo de ese giro de 180º exactos, y no puedas pasar a comprender nada.

 

Y la cuestión no es que te hayas convertido en una persona ignorante, la cuestión, o mejor dicho, lo peor de todo, es que te han cambiado parte de la vida que tú querías para ti; y entonces, con eso, y sin el sol, los días dejan de merecer la pena.

"Bona nit"

"Bona nit", eixes eren les paraules que ella començava a trobar a faltar cada nit, en el racó de la seua habitació compartit junt als numerosos quadres en blanc i negre i els records asomant per tot arreu. Mai havia tingut i gaudit la oportunitat d´escoltar "bona nit" d´una persona que li estimara tant com ella havia sigut capaç d´estimar. Temps perdut. Això sentia sobre el llit, més fred a mesura que avançava la tardor. Cada matí a l´obrir els ulls i no trobar-se amb un sol alicient. Ja no en tenia cap. S´havien esgotat; o tal vegada mai va tindre´ls. I a la millor havia estat vivint pels demés, sempre pels demés? Aquesta idea (i possible realitat) li buidava el cos i ala vegada li doanva molta, moltíssima por. Perquè aquesta sempre estava al seu voltant, en el silencio i en el soroll. "Bona nit", dues paraules que si haguessin estat alguna vegada carregades d´amor, i de desitg, i hagueren sortit d´alguna boca sincera, i hagueren entrat en el seu cap, el d´ella, les coses hagueren sigut diferentes. Ella haguera arribat a ésser feliç, i no sols la nit de les paraules carregades d´amor, sinò la resta de les nits ella haguera sigut feliç també, pel record d´eixes paraules, per la presència d´una altra boca i una altra veu; pel trencament de la seua soledat, pel recor de la felicitat viscuda.

Cuestión de preguntarse

-Me pregunto (llevo haciéndolo durante mucho tiempo) cómo pude llegar a salir de tu vida.

-Y yo me pregunto cómo te dejé entrar en ella.

Regalar recuerdos

Podría regalarte recuerdos. Regalarte todos y cada uno de esos momentos que pude llegar a vivir  y que desde el principio quise guardar con mimo en mi caja de secretos. Pero esa caja se encuentra abierta, y la llave se ha extraviado. No puedo volver a cerrarla, y creo que es una señal. Creo que el único deseo que ahora me queda es dejar irlos. Que se marchen a donde quieran, y que si vuelven, lo hagan cuando yo esté curada, y sana. Y me encuentre con media sonrisa presente en mi cara, y que mi boca desprenda sonidos alegres y mis ojos deslumbren durante un pequeño tiempo, y mi pelo se vuelva brillante y quiera bailar con el viento, como antes. Y quiera silbar y hacer cantar a las hojas. Y que la vida se me vuelva bonita, y que yo me vuelva bonita también. Que no me asuste nunca más, que no se me acumulen los latidos, que no se me cierre la garganta. Que el espejo grande me recuerde la imagen que yo tenía hace unos años y que mis pies no se sientan cansados ni mis piernas pesadas. Que mis manos vuelvan a tener vida y mis palabras signifiquen algo. Que las frases sean completas y no únicamente simples. Que la historia de mi vida pueda ser contada, y que tu nombre desaparezca para que yo pueda volver a caminar en equilibrio, con la cadera firme y la piel tersa. Que el tiempo pase para cambiar mis momentos, y ofrecerme días llenos de sol y de pequeñas nubes blancas. Muy pequeñas. Y que el cielo tenga diferentes tonos de azul para yo enamorarme de cada uno de ellos. De cada uno de esos tonos que pueden embellecer mis mañanas. Y que no haga frío en las calles de la ciudad para que mis tardes sigan siendo tardes agradables, y que el sol no tenga prisa, y que tu recuerdo se extravíe como esa llave entre las piedrecitas del parque que los niños utilizan para jugar y cansarse.

Y que vuelva ese recuerdo cuando yo sea una mujer más fuerte. Cuando mi debilidad haya decidido poblar otro cuerpo y otra vida, y haya decidido despedirse de mí definitivamente. Y que mi pena se haya escondido en los jardines, y las rosas sean las cómplices de ese escondite. Y que no vuelva esa pena a encontrarse conmigo. Y encontrarme más tranquila en este asiento, y pensar, pero por poco tiempo, qué me queda por hacer y qué es lo que puedo hacer ahora con tus recuerdos, que a la vez también son míos. Y pensar, por ejemplo, que los quiero tener y guardar en otra caja aparte, o sentir, por ejemplo, que es mejor regalártelos, y que te los quedes tú, y que así tú decidas qué hacer con ellos. Y darme una respuesta, o no dármela, porque sea lo que sea, definirá el significado de tu propia voluntad, algo en lo que no puedo incidir. Algo que yo no puedo modificar, algo que ya no quiero cambiar. Algo que se halla ya fuera de mi vida. Pero estos recuerdos todavía se encuentran desorganizados entre mis cosas. Y quizá tú sepas deshacerte de ellos porque así lo deseas, o tal vez quieras molestarte en ordenarlos y guardarlos tú en tu caja metálica, que a diferencia de la mía, es fría. Fría como tus últimas palabras.

Heridas abiertas

Creo que éstas, mis heridas, no pueden abrirse más. Han llegado al punto “culmen”, y no puedo cambiarlo porque ya es demasiado tarde. Podría haber sido inteligente, sí, podría haber sido una chica inteligente o no haber perdido esos poderes que antes tenía para adivinar las cosas, (algunas). Esto era importante. Debí haber sabido adivinar que esto ocurriría y que mi vida se volvería algo más fea. Debí haber caminado con cautela, y sin prisa. Debí haber abandonado todo y centrarme en otro tipo de deseos. Haber matado ilusiones más rápido. Haber creado otro camino ajeno a todo y todos. Haber andado mirando al suelo, y no al cielo. Haberme centrado en la dureza de las aceras de esta ciudad, y no en la débil lluvia de cualquier mes. Debí haberme preocupado por vivir otro tipo de cosas, aunque no me aportaran tanta felicidad. Debí seguir buscando para encontrar la paz que requería mi vida, y que me rogaba a gritos. Debí haber escuchado esos gritos  cada día, y no pensar que yo podría sobrevivir a la locura. Debí hacer tantas cosas... si las hubiera hecho, con tiempo y con calma, ahora no me encontraría dolida, con estas heridas tan abiertas, tan extremadamente abiertas. Puedo ver mis músculos desacentuados, mis huesos reclamando calcio, y mi sangre, corriendo a borbotones. Puedo verlo todo, menos la luz que un día iluminó alguno de mis días. En aquellos días creí ser feliz. Creo que ya no puedo serlo, al menos, de momento, ni tampoco hacer feliz, y eso me atenaza. Me he visto obligada a deshacerme de palabras como éstas para encontrar un cierto alivio, pero no hay nada que pueda curar estas heridas. El tiempo no me sirve, nunca me ha servido, tampoco lo va a hacer ahora. El tiempo sólo logra recordarme lo tremendamente estúpida que he podido llegar a ser intentando buscar ese estado de felicidad permanente que unos envidian y otros tantos disfrutan. Pero también sé que seguiré siendo estúpida el resto de mi vida, creyendo que se puede ser feliz en cualquier momento, o de repente, o por momentos tan fugaces que incluso parecen llegar a ser eternos. Pero siento tanto dolor, y tanto daño acumulado en mis brazos y mis piernas... Y mis heridas no paran de llorar sangre. Sangre roja, casi negra. Tantas heridas abiertas que no me dejan sentir el gramo de vida que me quedaba antes de que el teléfono sonara. Ya no queda vida, sólo sangre, y después de ella, mis gestos etruscos. Mi mente quieta y mis recuerdos desorientados. Mis alas, (las que me inventé) rotas, hechas pedazos. Mis lágrimas, rojas también. Mis ojos, cerrados. Del dolor. Y mi boca, abierta. También a causa del dolor. Sólo puedo sentir eso por ahora. Porque excepto eso, no queda nada a mi alrededor. Y mi entorno se vuelve rojo también, y a nadie le llega esta señal, ni estas palabras, y nadie puede llegar para salvarme. Sólo puedo escaparme de una manera: soñando. Pero no logro dormir, y mucho menos soñar despierta. Perdí esa capacidad que yo tenía antes de estar en otros lugares con los ojos abiertos y los pies intactos. Entonces no sufría. Y entonces era una persona prácticamente alegre. Ahora mis heridas no paran de sangrar. Quiero que mueran, mis heridas. Quiero que lo hagan, y así yo, poder acurrucarme entre dos brazos que sepan devolverme el calor que yo un día di. Y convertirme en receptora de paz, de amor, de cura. Y recibir también medio gramo de vida para poder recuperar la que yo tenía. Para poder volver a vivir.