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Tapas

Tapas

"Si sólo hemos follado, te han sobrado caricias"

 

 

De la película "TAPAS" : (La vida es como los pimientos de padrón, a veces pica, y a veces no)

Completamente perdida

Completamente perdida

Me dejas sin nada para deshacerte de todo. Me derrochas desde arriba la belleza que define tu vida e ignoras que me destruyes. En poco tiempo. Te bastan cinco minutos para destruir todo lo que me compone. Y mis latidos comienzan a precipitarse y mi corazón se convierte en el ganador de la carrera. Tú desapareces. Me borras. Me aniquilas como si yo no tuviera sentidos con los que notar o sufrir. Te he notado demasiado. Ojalá pudiera cambiar las cosas. Ojalá mi dentadura no tiritara y tuviera la voz valiente. Y los brazos descansados. Y mi vida algo más reluciente que la tuya. Ojalá nunca me hubieras llamado. Podrías haberte tragado tus palabras y dejarme estar. Haberme olvidado, pero no dejarme sola en el laberinto que has creado para mí en cuestión de segundos. Y mis ojos vuelven a perderse también. No ya contigo. Quizá sea un alivio.

 

Que pase el tiempo.

Odio

Se vació de lágrimas saladas que arrancaban la capa de los mejores poros de su piel. Se vació de dolor que fue dejando en muchas calles de la ciudad. Se vació de mucho del amor que quedaba en ella. Se vació de toda la pena que había acumulado hasta entonces, y la pena que había recibido aquella tarde. Se vació de odio y de rabia. Pero sabía que al volver a casa, su mente seguiría pasándole recuerdos en forma de imágenes como si fuera una película a pasos. Y esos pasos fueron los protagonistas de esa noche. Noche en la que sus ojos no lograban cerrarse, y su cabeza no paraba de pasearse por mil sitios. Una noche amarga, como muchas otras que había vivido por su culpa; pero sabía que ésta era la peor. La peor de todas, sin duda alguna. Por un momento había querido morirse. En un minuto le había quitado mucho sentido a su vida con aquel tono de su voz. Había sido un monólogo cruel y decepcionante. No había sido más cruel en toda su vida, con ella. Y ella quiso borrarle definitivamente aquella tarde, quiso actuar como si jamás hubiera existido. No podía concebir que aquella voz procediera de aquella persona que ahora estaba compuesta y llena de frialdad y números. No podía reconocer que aquellas palabras hubieran salido de su boca. No podía entender por qué tras todos sus momentos le llegaba esta vez para hacerle sentir insignificante. Aplastó su interior de la peor manera. No pudo escoger peor. Eligió la peor salida. Para ella. Él derrochó palabras arrogantes. Le quitó toda la veracidad al amor que había estado anunciando por ella. Dejó en blanco la historia. Se lo llevó todo con sus palabras. Ella, compuesta de sensibilidad, se echó a llorar. Se cogió la cabeza con sus dos manos, se aproximó a las paredes frías de aquel baño que pudo ser testigo de todo su dolor, de sus gritos de auxilio, de su necesidad de estar mecida entre los brazos de alguien que estuviera compuesto de ternura. No podía parar de llorar, no podía descongestionar el tráfico entre sus gritos y sus lágrimas, que a pesar de ser transparentes, podían mostrar todo lo que había dentro suya. No cabía más desolación ni desconsuelo en su cuerpo. Escupía lamentos de tristeza, esculpidos en dolor. Había vivido una mentira, una mentira de la que quiso deshacerse, pero ya estaba pegada a su piel. Él se había encargado de repetírselo en aquella llamada. Dejándola vacía, arrancando lo más íntimo de sus entrañas y arañando en su interior. Todo ello sin tocarla. Ella sintió odio. Y sintió que jamás podría volver a sufrir de esa manera.

Fuertes latidos

Se encontraba sentada. Temblando. Con la boca tapada y el alma rompiéndose muy poco a poco. Su voz se quebró. Gritó de furia. De rabia. Y de odio. Fue un vacío inmenso, creado en seis minutos y medio. 6 minutos y medio de angustia. Volvió el silencio, y con y tras él sonaron sus palabras. Las de ella. Por toda la casa. No tenía fuerzas para destruir nada, excepto a sí misma. Decidió introducirse en la ducha, con los ojos empapados y su voz deshaciéndose en pequeñas partículas de tristeza anteriormente contenida. El agua corría por su frágil cuerpo. En ella seguía lloviendo y sus lágrimas comenzaron a mezclarse con las gotas de agua a punto de hervir. Decidió quemarse. Sentir un calor extremo que no le podría proporcionar más dolor que el que le había proporcionado aquella llamada. Sin opción a expresarse, perdió en unos minutos esa parte de su vida que había estado cuidando con tanto (demasiado) amor. Siguió el agua resbalándose por su pecho, su vientre y sus rodillas. Pasado más minutos, decidió sentarse en aquella bañera, no para ahogarse con el agua caliente que tanta cal concentraba, sino para ahogarse con sus lágrimas. El dolor se apropió de todo su cuerpo. La rabia y la ansiedad se adueñaron de ella. Toda ella. Su llanto persistió y su corazón comenzó a acelerarse, a bombear como si tuviera prisa, latidos tan seguidos y potentes y lágrimas tan tristes, que no quiso mirarse al espejo. Dejó de confiar en sí misma y calmó su corazón con silencio. Y pensó entonces en palabras que había escuchado alguna vez en algún lugar; palabras que incluían la muerte en vida.

Delante del cristal

Frente al gran cristal se hallaba con las muñecas desnudas. Había guardado todas sus sortijas de plata en la caja azul y había enlazado las cartas de años anteriores. Había mirado por última vez las fotografías y había dejado muy vacío su cuarto. Como si de una habitación a punto de estrenar se tratase. No quería dejar demasiadas huellas ni recuerdos. Ordenó los libros que le habían ido regalando sus amigos y tras dichas actividades, se vio dispuesta y preparada a realizar la última, que ocupaba el último punto de su lista: quitarse la vida.

Con esto se deshacía del valor y de la fuerza (ella lo sabía) pero también se deshacía del dolor y la angustia. No podía sufrir más. No. Y sabía que al dejar de existir, se extinguiría todo lo demás, todo lo que le había ido vaciando. Observó sus muñecas por última vez, se le escapó una lágrima a la que se le antojó corretear por el lado derecho de su pequeña nariz. Y estaba dispuesta a dejarlo todo. Toda la pena. Toda la amargura. Fue cobarde, y se quitó la vida. Aquel cristal fue el único testigo, y sus pulmones y su corazón dejaron de funcionar. El rojo tiñó sus manos. Sus venas se abrieron. Sus ojos se cerraron, y su lagrimal...su lagrimal persistió a seguir mojado.

Palabras lejanas

Él se sinceró. Hizo uso de sus palabras entonces. Y le hablaba.

-Voy a esperarte.

Ella no necesitaba oír más. O quizá sí. Pero nunca lo dijo.

-Somos dos piezas de un puzzle que debe completarse.

Ella sonrió, confiando esta vez en sus palabras, más que nunca. Concibiéndose a sí misma como esa pieza que él requería a su lado. Junto a sí mismo. Para unirse y mezclarse al mismo tiempo,  y con esa mezcla, dar con el resultado: el puzzle terminado.

 -Soñaré contigo, como cada noche. 

Ella volvió a sonreír. Volvió a desear que él soñara con ella, y ella acabó soñando con él. Juntos visitaron lugares, y juntos se quedaron también quietos en otros lugares. Observando playas, cielos, soles, arena y olas. Niños, juegos, agua, lluvia.

 -Necesito que me quieras, como yo a ti. 

Ella pensó en la amplitud de su amor. En la amplitud de su mundo. Cierra los ojos y decide adentrarse en ese mundo durante unos instantes. Todo tiene otro color, todo le dibuja su sonrisa, en el aire y en las paredes blancas. Ella le quiere, él no sabe la cantidad exacta de ese amor. Él no duda tampoco. Pero regala dichas palabras a sus oídos, palabras, esta vez, llenas de amor. De amor puro.

 -Ahora que he escuchado tu corazón latir lleno de vida, no te soltaré. 

Ella comenzó a respirar suavemente. Su corazón seguía latiendo como la última vez, quizá más débilmente que en aquella ocasión. Él quiso acogerse a ella. Quiso adentrarse en sus entrañas, formar parte de su esencia, quedarse con el aroma de su fragancia que poblaba su cuello y su pecho. Él quiso afinar aún más la piel que cubría sus manos y arropaba sus frágiles muñecas. Ella siguió respirando. Él recordaba el sonido de ese primer latido. Él se marchó queriendo no irse jamás. Ella volvió a desenvolverse del amor para que él se lo quedara. 

 -Gracias... Por hacerme feliz 

Ella sintió la frescura del aire. Y quería seguir sintiendo esa sensación de estar flotando, de sentirse inmune, y también, feliz. 

 -Yo no tengo la culpa. 

Su sonrisa se borró. La de ella. Se vació, por completo, viendo de cerca cómo él no percibía su dolor. Dolor que jamás apreció causar. Ella se resguardó. Del frío y del dolor y de las palabras. Solamente quería respirar. Y un refugio. Donde sólo hubiera cabida a la calma. A la paz. Su vacío era inmenso. Seguiría estando así durante mucho más tiempo. 

-Nunca has sido lo suficientemente fuerte 

Ella siguió desvaneciéndose. Poco a poco. Y en soledad. Comiéndose parte de su tristeza. Intentando curarse las heridas. Cuidando muchas partes de su piel. Abrigándose con sus pequeños  brazos. Aliviándose con música tranquila. Pero cultivando el dolor que le había anunciado que no se marcharía. Ella se rinde y se viene aún más abajo. Conoce la distancia que hay entre el suelo y el subsuelo. Se queda en ese escalón donde, actuar o dejar de hacerlo viene a significar lo mismo. Pierde confianza en sí misma, también en él. Sobre todo en él. Vuelve a preguntarse qué ha ocurrido. Vuelve a no distinguir parte de la realidad que está viviendo (y sufriendo). Vuelve a perder el sentido. Ya no puede reconocerle. Ni puede contemplar su amor, porque tal vez no existe. Ya hay demasiadas fracturas, externas e internas, como para ponerse a recomponerlo todo. Dejan de compartir cosas, pensamientos e ideas. Ella consigue seguir viviendo de la mejor forma posible. Él vuelve a vivir como antes. Con sueños y con planes. Sin ilusión por la figura que un día creyó suya. Y el mundo desaparece. Y ella vuelve a caminar con miedo, y vuelve a repasar cada noche las palabras que más felicidad pudieron proporcionarle. Eran sus palabras. Suyas. Las de él.

Palabras que ya no existen. Que quedan lejanas. Que quedan guardadas dentro del baúl que todos abrimos cuando necesitamos recordar algo que nos hizo sentir realmente vivos.

 

-Tengo miedo de no volver a sentir en toda mi vida lo que siento estando contigo

Un último adiós

Un vino suave y un escalofrío. Una caricia a tiempo. Una manta cálida. Una fotografía que recuerde un recuerdo. Un sonido agradable y una palabra dulce que endulce la vida. Un sueño casi eterno y un olvido olvidadizo. Un desamor torpe. Una esperanza quebrada. Una herida y una cura. Una despedida sana. Un último tiempo en el asiento gris de la estación en un dia claro de invierno. Un último minuto. Un último aviso. Un último adiós.

Cables

Conexión y compenetración. Me resulta indiferente. Y a veces son dos cosas distintas, y otras veces se convierten en sinónimos. Sinónimos cuando todo va bien. Cuando aparece ante ti (y se queda) esa persona aparentemente perfecta, esa persona que le gusta estar (por y para ti). Esa persona que dedica su tiempo a comprenderte. Y entonces tú piensas que es necesario que esos cables que unen esa conexión entre ambos se mantengan intactos, que no se desgasten, que no se rompan. Y entonces algo falla, y se produce ese cortocircuito que te deja a oscuras, y a solas. Y en esa oscuridad, y en esa soledad, piensas qué pudo haber fallado, qué es lo que faltó, o qué es lo que pudo sobrar entre los dos. Qué parte de la historia falló: el principio, el nudo o el desenlace. Tu cabeza puede dar tantas vueltas, que de repente puedes pensar que fallaste en todo. Que debiste hacer uso de otro tipo de palabras al principio de conocerle, o que debiste acompañarle aquel día para que no regresara solo/a, o que al final tuvieras el valor suficiente como para volver la cabeza, ir en su busca, dar dos pasos y cogerle del brazo, regalarle una última caricia, una última y bella caricia, sin decirle nada, y que por sí mismo/a vuelva a encontrarse con la duda de si abandonarte o no. Entonces prolongas el silencio y esperas que esta vez se quede y que rompa ese triste desenlace, y que vuelva a unir los cables que se rompieron, y que provocaron que esa compenetración se extinguiera. Entonces sigues a oscuras, y no vuelves a ver la luz, te entra miedo y pánico, dos cosas que juntas provocan un gran malestar. Y sumida/o en este malestar te resulta imposible dar ese paso imprescindible, o dar ese grito necesario para que se gire y vea que estás perdida/o; y que necesitas que vuelva a hacerse la luz, y que vuelvas a encontrar el camino, pero a su lado. Todavía a su lado. Porque tú, y sólo tú sabes que es la persona que necesitas, la persona que no debe desaparecer de tu vida simplemente porque unos jodidos cables hayan decidido romperse, o porque sean tan débiles que al mínimo descuido se hayan roto. Entonces, si tienes la maravillosa suerte de que las cosas sucedan a tu antojo y necesidad; esa persona vuelve, y te da luz, y te aporta el brillo y la claridad que necesitas tener. Y se reenlazan los cables, y vuelves a confiar en la vida.

Letra

Me gusta mucho esta canción, aunque duela escucharla a solas, o aunque te vacíe en cuestión de segundos y te haga pensar en lo que ya no tienes, o en lo que no pudiste cambiar o rehacer, para recomponer tu vida, y recuperar lo que necesitabas tener. Hay veces que todo aquello que queremos, no depende de nosotros, y hay otras, que cuando depende de nuestra actitud, hay algo, cualquier cosa, que no nos deja decidir, ni actuar.

It´s the hardest part

And the hardest part
Was letting go not taking part
Was the hardest part

And the strangest thing
was waiting for that bell to ring
It was the strangest start

I could feel it go down
It is sweet I could taste in my mouth
Silver lining the clouds
Oh and I
I wish that I could work it out

And the hardest part
Was letting go not taking part
You really broke my heart

And I tried to sing
But I couldn't think of anything
That was the hardest part

I could feel it go down
You left the sweetest taste in my mouth
Your silver lining the clouds
Oh and I
Oh and I
I wonder what it's all about

I wonder what it's all about

Everything I know is wrong
Everything I do just comes undone
And everything is torn apart

Oh and it's the hardest part
That's the hardest part
Yeah that's the hardest part
That's the hardest part

It´s the hardest part


Abandonar

Él se deshizo de todo su amor en un único soplo de aire. Decidió abandonar. Ya no le importaba perder. No le importaba olvidar el número de sueños que ella había estado guardando para poder vivirlos a su lado. No quiso pensar en su imagen. No quiso dibujarla más en sus paredes. No quiso seguir con su locura. Él respiró fuerte, alejándose en un minuto de todo lo que le había importado. Decidió abandonarla. Ella empezó a hacerse a la idea. Empezó a pensar que él, de nuevo, volvía a otorgarle TODA la importancia a la ilusión. Ella se concebía a sí misma destructora de ilusiones a raíz que él se desvió del camino que ambos habian trazado. Quizá el error fue ése, el intentar trazar un camino. Pero ella no sabía que él abandonaría ese camino. Ella no sabía que él seguiría caminando, sin esperarla. Ella no sabía que para él los sueños, los de ella, dejarían de tener sentido. Ella no sabía que él se cansaría de pintarla en sus paredes, y de soñarla. Ella dejó de conformarse. Ella pensó que se merecía una gota de felicidad, caída sobre sus ojos. Ella la estaba esperando. La gota. La suya propia. Quería buscarla, o encontrarse con esa persona que estuviera dispuesta a quedarse quieta, y escuchar, y leer, y abrazar, y no soltarse. Ella también pensó que jamás llegaría ese momento en el que tus brazos se cansan, y tus pies deciden hacer tregua. Sí. Una tregua. Y después...eso pensaba ella. ¿Después? Después, igual, volverían a verse en alguna ciudad perdida y volverían a saludarse. Como dos extraños, esta vez. Porque él había decidido abandonar el camino, y ella no tenía otra alternativa posible. Ella debía crearse otro, que no terminara directamente en la continuación del laberinto que anteriormente ya había pisado. No quería ilusiones que no se correspondieran con la realidad que estaba viviendo. No quería demasiado su realidad, pero sabía que debía asumirla. Y que debía vivir con ella, hasta que algo cambiara, y su sonrisa comenzara a ampliarse. Como antes. 

Tu vida en 65´

Tu vida en 65´

porque te quiero en 65 palabras

¿Porque te quiero? en 65 palabras
Te quiero porque creo que entiendes como soy
Te quiero porque a ti te puedo contar
Lo que a nadie le puedo contar
Porque puedo sentir que mi vida a tu lado
Cobrara sentido y dejara de ser vacía
Te quiero porque me preguntaste
Cuantos años tenía cuando murió mi padre
Y eso nadie me lo había preguntado jamás
Te quiero tanto que me gustaría…


-¿ Qué te gustaria?
- se me agotaron las palabras supongo que 65 son pocas,¿ no?

Anclada

Ella estuvo siempre esperando el momento idóneo para hablar, para soltar toda su sinceridad, para volverse loca, para hacer cualquier cosa por conseguir uno de sus deseos. Dejó de confiar en los milagros, y se ancló a los sueños (a los suyos propios). Los vivía como si fueran parte de la realidad. Se despertaba con ganas de matar el sueño porque sabía que no lo llegaría a vivir. Se encargó de dar pasos, pasos pequeños, muy pequeños, para no equivocarse al seguir la flecha que no solía diferenciar de las demás. Se ahogaba siempre en un mar, también pequeño, de dudas. Y se anudaba a los interrogantes que ya estaban escritos para ella, y también, los escritos por ella misma. Siguió caminando, con miedo, con temblores, pero con mucho amor. Jamás lo abandonó, porque era demasiado fuerte, y ocupaba mucho espacio. Nunca pensó en dejarlo de lado. Ese amor se había convertido en una de las cosas más importantes que contaba en su vida, en la de antes. Ella quería encontrar y recorrer el camino correcto, (no perfecto). Quería hallarlo frente a ella, aunque estuviera a medio dibujar, ella se encargaría de trazar el final del recorrido. Sin embargo, cuando estaba sumergida en la esperanza y las ganas de apasionarse aún más; se encontró con cartelitos pequeños que le obligaban a dar marcha atrás. Al hacerlo, se encontraba con piedrecitas, también pequeñas, que no se alejaban de entorpecerle el camino. Ella se quedó inmovilizada. Sin más flechas ni SEÑALES, sin absolutamente nada. Sentía que el amor podía escaparse a la primera de cambio, en cualquier momento. Sentía que la pasión se había ido muriendo a medida que ella lloraba y lloraba. Se encontraba sola, perdida. No escuchó nada. Ninguna voz. Ninguna presencia. Sólo su cuerpo y sus ganas de salir huyendo por cualquier dirección. Pero dejó de haber direcciones. El pasado y el futuro. Sabía que lo mejor era ir hacia el futuro, aunque desconocido. Sabía perfectamente cómo había sido el pasado, demasiado bonito. Ella había pintado parte de ese pasado tan bonito, también los demás lo pintaron para ella y por ella. Pero el amor que había cuidado y mimado tanto, y que, era verdaderamente correspondido, se fue extraviando. Ella no pudo anudarse a él esta vez. No pudo agarrarlo, sus manos perdieron la poca fuerza que tenían. Al no escuchar su voz ni al poder leer mensajes (no ya de amor) simplemente mensajes, que contuvieran cualquier tipo de palabras, aunque dolorosas fueran, ella prefería mensajes, prefería palabras. No llegaron. El amor se fue escapando. La mitad de Ella se ahogó en ese mar de dudas. Las incertidumbres lograron llevarse parte de su vida. Ella quiso alzarse, volvió a quedarse paralizada. Ella se ha quedado paralizada, todavía no sabe adonde ir, no sabe qué paso dar, no sabe si puede confiar en cualquier cosa. A partir de ahora. No sabe nada, y esa ignorancia también le quita parte de vida. Y ella, ella sólo quiere vivir.

Silencio/Palabras

Creo que ya no hay ninguna diferencia entre el silencio y tus palabras. Creo que ambas cosas me hacen daño. El silencio me quema por dentro, y tus palabras me ahogan porque no son las que me gustaría oír. Y sí, hay veces que no podemos escuchar lo que nos gustaría oír. Entonces te quemas y te ahogas, y se mezcla el fuego y el agua, y no puedes salvarte, porque el agua no logra apagar el fuego, y el fuego no logra escaparse del agua. Se quedan ahí, intactos, como el dolor, que a veces se queda tan tan intacto...que de repente nace ese día en el que te olvidaste que seguía ahí, que de tantos y tantos velos que te pusiste delante de los ojos para ignorarlo; te ha seguido esperando, hasta que decidieras volver y mirarlo a los ojos. Yo no he cometido el error de vivir con ese velo en los ojos. Creo que de nada ayuda, creo que ésta no era la ocasión para ponérmelo y vivir como si nada (como si todo lo malo) no pudiera influirme. He vivido con los ojos abiertos, y mi piel ha acabado sufriendo. Tu silencio y mi dolor. Tus palabras tan tardías y mi dolor. Creo que sabes hacerme daño, y creo, firmemente, y más que nunca, que eres tú quien ha vivido con ese velo pintado en los ojos. Sí. Sin duda. Quizá me olvidaste porque querías, pero creo que el velo te ayudó para pensar que no me estabas haciendo daño, o que yo no existia tanto como antes... ¿qué tremenda estupidez no? Lo único que sé es que el tiempo sigue pasando, y creo que es mejor así, que no se detenga. Sin embargo, no quiero mirarlo.Seguiré. Como antes, con todo. Aunque la tercera parte de ese todo me haga daño. Creo que me he vuelto muy fuerte. Y a la vez suelto y desbordo toda mi debilidad en cualquier momento. Pero eso, es, a mi forma de ver, un modo de liberación. Al igual que con estas palabras...no sé si sirven de mucho, pero me ayudan a pensar en otro tipo de cosas que no conduzcan siempre a lo mismo: a tu ausencia, a tus ganas de matar mi recuerdo. Quizá esté equivocada, volviste a aparecer, pero yo no aprecié el tono de tu voz. Ya te dije que el transcurso del tiempo y tus ganas de desaparecer provocarían esto: que fuéramos dos desconocidos, que yo no te reconociera. Siento decirte que hacen falta muchas cosas para que todo se estabilice. Supongo que ahora estamos en hemisferios diferentes. Tú te encargaste de viajar hasta allí. Yo me quedé esperando. Ya no sé qué es lo que estoy esperando o haciendo. Supongo que siempre que apareces me descolocas. Y no sé si eso es bueno. No sé si es bueno que desorganices mi mundo, tú te encargaste de alejarte de él. Y eso me ha ido destrozando. Vuelves a aparecer y yo no sé qué puedo decirte porque para cuando encuentre mis palabras, tú no responderás, tú no estarás para oirme, ni siquiera has querido estar para leerme. Siento que es demasiado tarde. Demasiado.

No quiero...

No quiero ponerme el vestido de princesa porque después el zapato me queda grande. No quiero una diadema de diamantes porque después no combina con el color de mi pelo. No quiero una carroza porque me gusta caminar. No quiero un camino empedrado porque pierdo el equilibrio. No quiero una varita mágica porque siempre obtengo la defectuosa. No quiero hadas madrinas porque jamás logran mi deseo. No quiero historias con final feliz porque mi destino torna siempre el cuento. No quiero colores azules ni rosas. Quiero el blanco y quiero el negro. No quiero un príncipe y su sonrisa. Yo sólo quiero palabras, presencias, quiero palabras que me sepan hacer entender, que sepan robarme la tristeza. No quiero magia. Siempre se la lleva el viento. No quiero más promesas. Siempre se las lleva el viento. No quiero castillos de piedra, siempre los derrumba el viento. No quiero enormes palacios, siempre los derrumba el viento. Yo sólo quiero pequeñas palabras, yo sólo quiero dejar de escribir por un momento para estar por otro momento leyendo palabras ajenas. Palabras que puedan volver a hacerme sentir y desear que quiero ese príncipe, o un zapato nuevo, o un vestido. De momento esto es lo que quiero, porque esta es mi vida, y sigue, (como antes) tambaleándose. Y el viento no logra paralizarla. Ya no sé, tampoco, si necesito que el tiempo se detenga.

Quiero contarte un cuento

Quiero contarte un cuento, pero un cuento atípico. Un cuento donde no se narran historias donde  hay amor, ni desamor, ni tristeza ni felicidad. No hay siquiera un principio y un final. Un cuento donde hay dos protagonistas. Él y ella. Ella vive los días y él vive más las noches. Tienen vidas muy diferentes. Muy distintas entre sí. Ambos también lo son. Él adora cosas que ella todavía no conoce. Ella se ancla en las palabras que él no atiende. Él gasta el tiempo, ella lo mata. Él llora de emoción, ella no lo hace. Son distintos. Y ambos se cambiaron las vidas. Él era lo que ella había estado buscando, pero él jamás lo supo. Ella era la persona que jamás había buscado él, y tampoco lo sabía. Ninguno de los dos sabía la influencia que podrían tener el uno sobre el otro. Ninguno de los dos conocía parte de su vida. Ninguno de los dos querían combinar otros caminos. Sin darse cuenta, lo hicieron. Él se sorprendió consigo mismo, ella empezó a ver la vida con otros ojos. Sí, como si fuera otra vida adversa, como si fuera otro mundo. Ellos no sabían que formarían parte de este cuento. Un cuento donde no hay un Érase, donde no hay perdices al final, donde no hay lágrimas de felicidad. Sólo sus palabras. Las de ella. Y sólo su ausencia. La de él. Ella siguió escribiendo, compartiendo el cuento con sus noches y sus días. El siguió en su mundo, en el de antaño, sin pensar en Ella. Ella había desaparecido ante sus ojos, en su vida. Ella volvió a dormirse, con el deseo de soñar no haber vivido jamás este cuento.

Días azules

Días azules

En días azules, en días como estos, me gusta encontrarme así, en otra ciudad, y bajo otro cielo. Días que tardarán en repetirse porque la rutina y las obligaciones me atan aquí. Pero me quedo con el encanto de cada cosa, y con el cachirulo (es así como se llama el famoso pañuelo de las fiestas de Zaragoza). Y sí, parecía que allí todo era más bonito, lo malo es volver a casa y ver que todo sigue como lo habías dejado, y ver que no puedes hacer nada. Ni siquiera puedo ir hacia delante, ni hacia atrás. Ni siquiera puedo soltar mi rabia. Sólo sentirme algo más alegre cuando pienso en estos últimos días. En el sol tan radiante que ha poblado la ciudad y en las caras divertidas que me ha captado mi madre. Sólo puedo pensar en eso para sentirme mejor. Y sí, las cosas siguen igual.

Resquicio de esperanza

Resulta curioso como cuando de tanto rascar y de tanto esperar, sale a la luz un pequeño resquicio de esperanza en cualquier parte de tu cuerpo. Un resquicio de esperanza extraña impregnado en tu piel. Al principio, piensas cómo pudo aparecer ahí, de tantas cosas que se cayeron al suelo, de tantos vacíos y de tantos despertares sin sonrisa. De tantas noches amargas, y de tanta claridad en los ojos. Y quieres pensar que esa esperanza ha aparecido porque tú misma la has creado con el fin de que sirva de algo, sin embargo, pasa poco tiempo y enseguida tu mente te habla en voz alta, diciéndote sin ningún reparo que fuiste una idiota al estar esperando, y al estar admirando una porción de esperanza que se te olvidó abandonar. Y no, la esperanza deja de funcionar, deja de servirte, y tú empiezas a mirar a otro lado, pero ese otro lado te deslumbra, demasiada luz, luz que no compatibiliza con el color de tus ojos y el tono claro de tu piel. Esto mismo me ocurre a mí, miro a esa luz y enseguida empieza a dolerme la cabeza, los ojos, todo mi cuerpo. Y entonces sólo me queda mirar a lo que ya conozco, y a lo que todavía me está construyendo vacíos, grandes vacíos. En ese otro lado hay excavadoras, silencio, ruinas, nieblas, lluvia. Todo eso. Y todo lo odio. No quiero seguir odiando, y seguir desprendiendo amargura. Yo sé que no nací para vivir de esta manera. O al menos quiero creerlo. Y sé que todo es muy difícil, lo sé, pero sólo quiero un gran respiro, un respiro que se alargue, y que mi vida siga estando en pie y que yo no me caiga más. No quiero volver a curarme las heridas, no quiero parar y tener que empezar a diseñarme tres caminos más. Quiero acertar, quiero seguir, de cualquier manera, pero no sé cómo puedo hacerlo. Perdida, sin punto de encuentro, pero perdida, sola y perdida. Y quiero deshacerme de ese resquicio de esperanza que me va dañando poquito a poco. Y poquito a poco no quiero vivir. Quiero momentos llenos de vida, quiero tenerlos. Quiero volver a escuchar mi risa. Estos días de atrás la escuché, y hasta empecé a ver casi todo bonito. Con otros ojos. Sí, quiero mi risa y quiero la belleza de las cosas.

Soñando

Hoy te he soñado. Estabas igual (igual que siempre, igual que antes). Aparecías algo tembloroso, pero sonreías. Tu vida era la misma, aunque yo estaba ya fuera de ella. Sin embargo, volvías, me veías y pensabas que yo seguía a tus pies. Me cogías del brazo y me lanzabas una de esas miradas que tú solías lanzarme (cuando me querías). Tu mirada me volvía a matar pero yo sabía disimular en el sueño. Quería mirar a otro lado y al final te miré. Pero ya no me fundí en tu mirada, me resistí, no me resigné. Olvidé la resignación hace tiempo, y hace tiempo que tú me olvidaste a mí. Quise darme cuenta que ya no quedaba nada. Tú pensabas que yo estaba ahí para ti, solamente para ti. Pero tú te dejaste el reloj, obviaste el tiempo e ignoraste que llegaste tarde. Demasiado. Tan demasiado... No sé cómo decirte que me hubiera gustado tenerte delante como en el sueño, sólo para hablarte. Para contarte mis últimos pensamientos. Los que me quedan, los que siguen aquí.

Dime la verdad (poco me queda)...

La escuché hace mucho, mucho tiempo. Y me gustó. Te hace abrir los ojos, y abrir también la mente. Y te hace ver que a veces un único refugio es lo que más necesitas. Lo triste es cuando no lo encuentras, o lo peor, que no quieren encontrarlo para ti. Aquí dejo la letra...

Busco un lugar en esta ciudad,
Donde esconderme de la corriente que me lleva.
Río de lava que todo lo arrasa,
Floto en el tedio, oscuro viaje hacia el infierno.
Busco ese lugar.

Dime la verdad, poco me queda;
Querría perderme, huir para siempre, echar a volar.
Lluvia de otoño que tarde llega,
Haz que en la arena que me rodea crezca la hierba.
Dime la verdad.(poco me queda)

Y descubrir que algo se mueve junto a mí;
Y decidir sobre la marcha adonde ir;
Y despertar, abrir los ojos y encontrar, que nada sigue igual.

Busco un refugio en el camino,
Donde a solas pasen las horas y tenga sentido.
Ven a mi cama, duerme conmigo,
Entra en mis sueños porque hace tiempo que me he perdido.

Ven a mi cama; duerme conmigo

DUERME CONMIGO (Jarabe de palo)