Blogia

Pequeña

¿Qué hay de malo?

¿Qué hay de malo en seguir viviendo aunque no tengas ganas de hacerlo? .... ¿Qué hay de malo en no querer soñar aunque estés durmiendo durante 24 horas seguidas?...¿ Qué hay de malo en no aprovechar los días de lluvia para salir a la calle y sentirte algo más viva al notar las gotas heladas y el viento frío?...¿Qué hay de malo en no querer escuchar más que una canción que hace tiempo se convirtió en la canción de tu vida?...¿Qué hay de malo en ser dependiente de una persona que te calma o de algo que te libera de la angustia?...¿Qué hay de malo en querer respirar más fuerte aunque tus pulmones no sean capaces de realizar esfuerzos?...¿Qué hay de malo en confiar demasiado aunque después tu rostro sufra un portazo, si al fin y al cabo es un portazo más y es tu rostro y no el de otra persona? ...¿Qué hay de malo en despertar y darte cuenta que no quieres salir aunque afuera el termómetro marque 31º? ¿Qué hay de malo en aferrarte a cualquier cosa para poder sobrevivir? ¿Qué hay de malo en ser tú misma y dejar de lado las etiquetas que los demás compraron y te colgaron?...¿Qué hay de malo en inventarse un cuento y escribirlo con la pluma más preciosa pensando que podría ser el cuento que defina tu historia?...¿Qué hay de malo en esperar si haciéndolo tu corazón sigue respondiendo?...¿Qué hay de malo en escribir preguntas aunque no encuentres las respuestas?...¿Qué hay de malo en llorar delante de alguien si sólo quieres desprenderte de una tristeza que ha nacido en ti porque alguien te la ha provocado?...¿Qué hay de malo en pensar qué estarás viviendo dentro de 8 años, si es ahora cuando quieres imaginar esa imagen de dentro de 8 años? ...¿Qué hay de malo en perseguir un sueño y tirar otro a la basura?...

Creo que no hay nada de malo en todo esto. Porque cada cosa la sentimos nuestra, y si sentimos, ya debe significar algo.

El "adiós" pronunciado a media tarde

Debió centrarse en que aquella era la tarde, la primera tarde en que se decían "Adiós" mutuamente. Y sus voces se colaban en sus oídos mientras el ruido de la calle mayor crecía. Y no supo leer en sus labios la despedida, la última. Y la mentira, o la vuelta atrás, o quizá el remordimiento y el arrepentimiento. Pero ella no había recibido clases de cómo interpretar las miradas, ni tampoco los tonos de las voces, y menos la suya. No sabía interpretar el brillo de sus ojos, ni identificar qué palabra podía ser más real que otra, ni saber en qué frase concreta se escondía la verdad, la única verdad. La verdad más limpia y más pura.

Ahora después de mucho mucho tiempo sabe que la verdad se escondía en aquel "Adiós" de media tarde. Y ahora no sabe si se odia a sí misma por no haber dado esas clases, por no haber dado sesiones de interpretación, o por haber dejado que esa pizca de esperanza anteriormente extraviada, volviera a colarse en su vida. Porque su vida parecía distinta, y eso le bastaba. No había palabras feas, ni gritos, ni heridas. No había nada de eso. Sí había mucho silencio, y mucho vacío, pero todo lo demás, lo que existía, llenaba cualquier hueco, y despejaba cualquier duda. Pero también hubo un moment en que dejaron de bastarle las palabras, y aún así se agarró estrechamente a esa pizca de esperanza, pensando que el camino era el mismo, y que los baches habían desaparecido. Que su cabeza le dejaba confiar en todo. Y quizá se equivocó y quizá decidió mal. Y quizá debió obviar esa cita del adiós. Y el "adiós" comenzó a ser pronunciado como nunca antes lo había sido. Y ella se deshizo de una sonrisa tierna, con los labios sellados, y con luz verde en sus pupilas. Y con calor en las mejillas y temblor en sus manos. Y aquel fue el adiós pronunciado, y la tarde en la que ella no supo ser una chica lista.

Pensamientos de las 11:55 p.m.

Un calendario lleno de fechas vacías. Una mirada vacía de recuerdos perdidos. Un espejo con cristales rotos. Un día perdido y una noche olvidada. Una voz lejana requiriendo amor. Un amor cercano inservible. Una palabra gastada. Un significado extraviado. Un viaje estúpido y un aroma conocido. Un silencio inagotable y un favor no realizado. Una mente difícil y un pensamiento triste. Una huella mojada y unas manos agrietadas. Una arruga en la frente. Un reloj estropeado. Una imagen borrada. Una memoria calada. Un tiempo lleno de días perdidos que conforman el calendario de fechas vacías. Y una mirada hacia ese calendario y hacia el sol que hoy ha salido para entrar a través de la ventana y hacer brillar sus cabellos castaños claros. Y una sonrisa para sì misma. Sin espectadores, sin público, sin nadie. Sin guión, ni telón, ni escenario. Sin obra. Una lucha por vivir de verdad, por no ser parte de una obra teatral. Mala suerte y una música de fondo. Un final predecible y una actitud realista. Una ilusión quebrada. Unas horas despiertas. Unas noches amargas. Unos días azules marinos. Un algodón suave. Una nueva coraza y un nuevo corazón.

En su último tiempo

En su último tiempo

Ella tenía una enfermedad, y no tardó en comunicárselo a Miguel. Él, entristecido, no podía articular palabra alguna, ella, mucho más triste aún, se resguardó en sus brazos, y no paró de besarle. No quería perderle, pero ella se estaba extinguiendo. Sin más. El tiempo y la enfermedad la estaban consumiendo. Ella lo sabía, sabía que su vida estaba agotándose, y no podía hacer nada para evitarlo. Sabía que le perdería, a él, al amor más grande de su vida. El amor que le había hecho feliz. Él quiso luchar, pero no se podía hacer nada. Ella quiso gastar su último tiempo con él, con sus brazos, con su rostro, con sus pasos, con sus piernas... no quiso volver al hospital, no quiso ver más batas blancas, ni tubos. No quiso ver nada más que su sonrisa.
Él sonreía para verle feliz en su último tiempo. Pero él también se estaba muriendo de tristeza. De miedo y de agonía por verle sufrir.
Durante su último tiempo en su última tarde, ella le habló:

-Me gustaría que el resto de tu vida lo destinaras a hacer feliz a otra persona, a otra mujer que se lo merezca, que merezca tenerte. Necesito que vuelvas a hacer uso de ese don que tienes de hacer tan feliz a las personas. Yo he sido feliz gracias a ti, me has dado todo. Todo, incluso lo que nunca creí que podría tener. Me has dado vida, pero yo no tengo más tiempo. Me quedan las últimas gotas de vida que he ido gastando felizmente contigo, pero me encuentro débil y quisiera oirte decir que harás sonreír a otra mujer. Necesito escucharlo de tu boca, y necesito que vuelvas a confiar en la vida. Es así, caminas pensando que el trayecto va a ser muy largo y que puedes hacer todas las paradas que quieras, pero siento que contigo no he perdido el tiempo, al contrario, lo he empleado y he sido feliz todos los minutos de vida que he compartido a tu lado. He aprendido contigo, y he amado como nunca antes había llegado a amar. Y por ello me siento privilegiada.
-Pero te marchas, te vas para no volver nunca.
-Me ha tocado. Pero han valido la pena estos veinte años de felicidad. Debes saberlo, quiero que lo sepas y que no salga jamás de tu cabeza. Necesito que recuerdes cada mañana lo feliz que me hiciste. Necesito, Miguel, que lo recuerdes siempre.
-No lo olvidaré, tampoco a ti, y por eso vivir no me va a resultar fácil.
-Mi vida, nada es fácil, ni siquiera amar. Yo empecé a amarte con miedo, con miedo a fracasar, con miedo a caer, con miedo a que dejaras de amarme, con miedo de no poder ser feliz, con miedo a no encontrar la estabilidad. Pero todo salió bien. Empecé a vivir. Empecé a respirar como nunca antes había respirado. Nunca antes había respirado tanto amor, tanto cariño, tanta ternura... Necesito que recuerdes mis momentos, tus momentos, todos nuestros momentos juntos. Y entonces sí podrás sonreír. Y cada imagen te mostrará un recuerdo. Sólo quiero que me prometas que sonreirás, que lo harás, que sonreirás siempre.

-Sí. Sonreiré siempre mi vida. Sonreiré siempre.

Y ella, con la tez blanca y pálida, le regaló su última sonrisa. Tierna, rosa, llena de amor.

Antes de hora

Y decirte que te quiero o que te odio. Son sólo palabras. Letras sin más. Y no decirte nada. O regalarte mi silencio o darte decenas de folios en blanco, todos para ti, para que los rellenes y escribas en ellos todas aquellas cosas que cambiarías ahora si pudieras. Pero no puedes.

 Y decirte que escribo esto por escribir. Porque salen solas las palabras. Sin ansia ya, sin esperar nada. Sin nada al fin y al cabo. Es lo que trae la soledad en momentos como éstos en que llegas a casa y coges ese bolígrafo que tanto te gusta, y tus pensamientos se apropian de ti y comienzan a dominarte, y a hablarte, y a obligarte, y a atarte. Palabras gastadas, perdidas, ilógicas. No guardan nada. Nada, porque ya te lo he dicho todo. Además, de 1000 formas distintas de entre las cuales la mitad no entenderías. Si hubiera sido capaz de entrar en mi mente por un segundo, hubieras hecho las cosas de otro modo. Y yo no estaría preguntándome qué hay detrás del rencor. 

Y al final silencio y palabras vienen a ser lo mismo. Me quedo con ellas, y con él. EL silencio me aísla y me envuelve en otro mundo donde sólo oigo una voz: la mía. Y las palabras también me envuelven en un mundo, y en éste mi corazón es el que grita, y se enfurece y me echa en cara que no he sabido cuidarlo. Pero tampoco él es tonto. Sabe perfectamente que él fue el primero en equivocarse, y en empezar a creer antes de hora. Y es antes de hora cuando vivimos, cuando tenemos prisa por alejarnos, y reir y sentirnos bien o simplemente diferentes. Y las diferencias nos atraen, pero pasa el tiempo, y pasan las estaciones, y las diferencias comienzan a amenazarte, y acaban matándote. Antes de hora. Siempre antes de hora.

 

Que venga la vida

Quedarme quita.

Esperando.

Nada. O tal vez todo.

Quedarme sin aliento. Sin respiración. Porque no quiero

Porque no me apetece respirar ahora mismo

Porque pasa el tiempo y quiero que se detenga

O no...o tal vez quiero que pase rápido

Que se lleve todo.

Que haga frío calor y llueva y nieva y brille el mar que hace tiempo que no veo

Que se moje el suelo y que después queden con brillo las aceras.

Que amanezca soleado, que me regalen un te quiero.

Aunque sea siempre de la misma voz.

Que suene música que me haga bailar o reír o sonreír, pero no llorar

Que no vengan meses difíciles

Que venga un noviembre dulce, pero de verdad

O que vengan unas navidades cargadas de buena nostalgia

y no de lágrimas que caen y no sabes paralizar porque ni siquiera sirves para paralizarlas

Que venga el buen tiempo

que se escapen los recuerdos,

que corra el viento y el agua

que vuelva a latir

y a sonar mi respiración,

ésta que ha vuelto a renacer.

Que vuelva esa sonrisa que perdí cierta mañana o cierta tarde

o cierto día en que no quise abrir los ojos

Que venga el sol e ilumine

Que venga la luna y no me de oscuridad

Que venga alguien y me diga que sirve de mucho seguir soñando

Aunque nada se cumpla,

ni siquiera esto que pido.

 

 

 

Que venga la vida

 

 

Laura

Cartas de amor (I.Serrano)

Un día, una mañana, descubres a Ismael Serrano, o escuchas su plácida, tranquila y penetrante voz y piensas que todo se ha calmado. Que tu mundo también está en calma, que hasta toda tú estás en calma y que empiezas a respirar tranquilamente, sin prisa. Con ganas de seguir viviendo porque una voz se cuela en tus oídos y todo tu cuerpo siente un escalofrío, pero no especialmente de frío, sino de ternura, por las palabras que se cuelan por los agujeros de los altavoces de tu cuarto. Y descubres a Serrano, y escuchas canciones como "Recuerdo" o escuchas "Cartas de amor"... (esta segunda no es precisamente canción), pero escuchas todas esas palabras, que son historias...y más que historias, sin intentarlo siquiera, a veces sin darte cuenta, sientes, sientes, sientes...sientes las palabras y esa historia. Y a veces quieres ser la protagonista, y otras veces no porque quizá sea demasiado triste... ¿pero qué no hay de triste en la vida ni en las historias de amor? Aquí os dejo el texto de Cartas de amor. Es muy bonito o al menos me lo pareció a mí cuando lo escuché hace tanto tiempo.


Ellos se conocieron por casualidad, que es como se suelen encontrar los grandes amores, casi siempre por casualidad, por una llamada equivocada, por un encuentro fortuito. A ellos lo que les paso fue que él había quedado en aquel café con una persona que no vino, y claro, la vio a ella sentada en la mesa del café, radiante, así que, harto de esperar no se cortó un pelo y dijo:
-Bueno, ya que he venido hasta aquí, no puedo desaprovechar esta ocasión.
Se acercó a la mesa y dijo:
-¿Me permite?-Por supuesto
Esto sólo suele pasar en las historias que te cuentan otros, nunca en la vida real, por lo general cuando dices:
-¿Me permites?, dicen -¿De qué?
A lo mejor ella estaba esperando a alguien que tampoco vino, quién sabe, yo qué sé, habrá que inventar otra historia en la que ella le dice ¿De qué?, en este caso ella lo invito a él para que se sentase, y él se sentó. Y claro, no había de que hablar, y:
-¿y qué lees?
Lo malo fue que él no había leído nada del escritor que ella estaba leyendo, y ya mal, empezamos mal, muy mal, por ahí no.
-Pues bonito día
Pero enseguida empezaron a profundizar, por que ella dijo:
-Sí la verdad es que hace un bonito día
Y aunque no lo hiciera. Pero poco a poco él fue venciendo esa timidez que le caracteriza y fueron profundizando. Al principio él para llamar su atención contó alguna mentira, que si era escritor, luego reconoció que nunca le habían publicado nada, pero eso vino más tarde, cuando ya se conocían más, cuando pasaron del café a la habana con coca cola.
Por entonces ya estaban descubriendo que tenían más afinidades de las que pensaban al principio, y compartían gustos cinematográficos, y por eso fue que él le dijo:
-Oye, y si vamos a ver esta, ¿has visto La vida es bella?
Y ella:-No-Oye, quedamos el fin de semana-Vale
Y aquel fin de semana pues, yo no sé muy bien si para sorprenderla o no, pero el caso es que él rompía a llorar en cada escena en la que salía el chaval pequeño, esto a ella le enterneció, yo quiero pensar que era de verdad. Resulta que coincidían en más gustos, y también en los musicales, y le dijo:
-Oye, este fin de semana toca Ismael Serrano-Ismael ¿qué?-Pero a ti, ¿te gustan los cantautores?-Los de verdad me gustan
Pero él le convenció a ella y fueron. Cuando el empezó a cantar aquella de "Vértigo", pues se atrevió a cogerle la mano. Y poco a poco se fueron inevitablemente enamorando, pero no por esto de Ismael Serrano, ni por el Vértigo, quizá más por aquello de llorar con La vida es bella.
Una mañana él se levanta y al abrir los ojos se da cuenta de que está perdidamente enamorado de ella, y quedaron entonces en aquel café en el que se conocieron por casualidad. Los momentos importantes suelen coincidir casi siempre en los mismos sitios, no estoy muy seguro de lo que acabo de decir, pero es una buena frase. Pero fue en aquel café en donde ella le dijo:
-Sabes, creo que me tengo que ir durante un tiempo -Yo te iba a decir casi lo contrario, que te quedaras conmigo para toda la vida, y ella dijo:-No te preocupes porque yo estaré esperando el día que vuelva para retomar contigo este camino que emprendimos, además, cada quince días puntualmente te mandaré una carta en la que te contaré todo lo que he hecho, todo lo que siento, todo lo mucho que te echo de menos, y todo lo poco que nos falta para vernos.
Él dijo que bueno, que vale:
-Pero que si no te vas casi mejor, ¿no?.
Pero se fue.
Fue entonces cuando descubrió que aquello no tenía remedio y que estaba perdidamente enamorado, que no había ningún elixir que hiciera que la olvidase, que no era cierto aquello de que un clavo saca otro clavo, que a veces es cierto que los amores a primera vista existen, bueno, ¿es que acaso hay otros?.
A los quince días puntualmente llegó la carta de ella, toda llena de besos y de caricias, de te echo de menos, él lloró, y esta vez era de verdad. Y guardaba las cartas con mucho cariño encima de la mesilla. Pasaron quince días, y otros quince, y otros quince, y otros quince, y las cartas se iban acumulando. Y su vida consistía en esperar a que llegara el decimoquinto día, abrir el buzón y encontrar la carta de amor en la que ella prometía volver, esperar esa carta en la que ella le diría que volvía pronto. Y pasaron años, muchos años, y ya las cartas casi no cabían en la casa, se compró una gran caja fuerte para guardar todas las cartas, porque eran su gran tesoro, porque vivía para leer las cartas que ella le había escrito, porque ella era lo que más quería, y así pasaron creo que diez años, quince, no me acuerdo.
Y un día ella, sin saber como ni porqué, dejó de escribir, y al quince día él se encontró el buzón vacío, y el alma partida en dos. Ahora solo podía vivir del recuerdo, leyendo las cartas que ella le había escrito con tanto cariño, aquellas cartas eran su mayor tesoro.Un día él salió de casa, porque tenía que salir, y unos ladrones entraron en su casa. Al ver allí la gran caja fuerte no se lo pensaron dos veces, porque pensaron que debía esconder algún gran tesoro, grandes riquezas, y realmente no era. Y se llevaron la gran caja fuerte.
Imagínate la desolación de nuestro protagonista cuando llega a su casa y se da cuenta que le han robado lo que más quería, lo que le hacía sentirse vivo algunas tardes de domingo cuando no sonaba el jodido teléfono, cuando releía aquellas cartas y aquellas promesas quién sabe si falsas.
Suele pasar que los ladrones son buenas personas, y este era el caso. Pero imagínate la cara de los ladrones cuando abren la caja fuerte y se encuentran montones de cartas de amor, declaraciones imposibles. El jefe de los ladrones se enfadó un poquito, pues la caja pesaba, y llevarla a la guarida no era moco de pavo.
Nuestro hombre vagaba casi moribundo por las calles de su ciudad, con la esperanza de encontrar alguna carta, o a alguien que le hablara de una gran caja fuerte llena de cartas, perdido sin saber ya qué hacer.
El jefe ladrón lo que dijo es que aquellas cartas lo que había que hacer era tirarlas al río o quemarlas, lo que fuera, pero que desaparecieran de inmediato. Pero el más joven de los ladrones era más bueno, y se le ocurrió una gran idea.
Un día, nuestro hombre llegó a casa después de estar buscando toda una tarde, y al abrir el buzón ¿Adivina lo que se encontró?... Una carta. Los ladrones habían decidido mandarle las cartas tal y como ella se las había mandado, puntualmente cada quince días, por riguroso orden.Ahora él resucitaba con la esperanza de revivir aquellos momentos, aquellos momentos en los que quizá un día leería la carta en la que ella diría:
-Pronto estaré allí

Deletrear

Me encantaría poder saber deletrearte todas las letras que componen las letras que no paran de pasearse y confundirse en mi mente. Podría decirte: de, (D) , e (E), ce, (C), e (E), pe, (P), ce (C), i (I), o (O), ene (N)... O por ejemplo también podría decirte,  uve, (V), a, (A), ce (C), i (I) o (O) ese (S), o te (T) erre (R) i (I) ese (S), te (T) e (E), zeta (Z) a (A).

Podría decirte muchas más, pero creo sinceramente que sería una completa pérdida de tiempo. Y tiempo es lo que no quiero seguir perdiendo. Además, no has sido capaz de comprenderme nunca, ni en los peores momentos; tampoco ahora lo harías, nunca lo harás. Tú te has encargado de borrarte para mí y a la vez, de borrarme para ti, por siempre. Y debes saber que es más que duro el abrir los ojos y sentirlo todo mas que al 100%, y que en cuestión de segundos alguien te ha hecho sentir diminuta. Tan diminuta, y tan pequeña me siento...que a veces aparenta que he dejado de existir. Pero creo que eso no es lo que más miedo me da.

Siempre he oído que es precioso tener sensaciones únicas...sí, suena bonito y espectacular. Suena grandioso, pero yo no quiero cosas únicas, no quiero sensaciones únicas ni especiales ni sensaciones que solo tenemos y sentimos una vez en la vida. A través de las sensacions que los demás te provocan acabas aprendiendo, a base de palos, de lágrimas, de darte en las narices con la puerta que dejaste abierta y que te han cerrado en un par de minutos para hacerte saber que tú te has convertido en alguien normal, corriente, alguien que no tiene nada de especial. Ese tú soy yo. Y es más que doloroso sentir que alguien te puede vaciar inmensamente. Pero no voy a permitir sentir más dolor, no puedo sentirme más diminuta. No puedo sellar mas los labios ni esconder mis ojos o mis manos. No puedo sufrir ni sentir miedo ni quedarme a oscuras. Necesito aire, luz, y palabras. Aunque sean las mías y me hgan daño también, pero son las mías, y entonces el dolor no importa porque me lo hago yo misma, pero no los demás. Porque yo sé que nací para sonreír. No para ser feliz, no para ser especial; nací para sonreír, y para ser alegre todo el tiempo posible. Y eso nadie debe quitártelo, la sonrisa, TU SONRISA.

 

Y aprovechar el tiempo, y amanecer, y sentirte vivo. Eso sí es único. A veces lo demás, incluso las sensaciones del amor o del placer, no importan nada. Pero para darse cuenta de ello, hace falta vivir.

Por sí misma; Ella

  

Le enseñó a trazar caminos, a dibujar a carboncillo, a tomar buenas fotografías, a alcanzar perfectos horizontes con la vista perfecta, a calentarse las manos sin frotarlas, a distinguir lo bueno de lo mejor, a comer desbordando amor, a sentir el agua en la planta de los pies sin molestarse, a tocarse el pelo con la absoluta suavidad, a esperar sin prisa, pero sin pausa, a caminar aceleradamente sin tropezarse, a coger carrerilla y a tomar decisiones serias. Le enseñó parte de amor, parte de sueños, parte de pensamientos... Pero al final acabó por no enseñarle nada. No le enseñó a hacer el amor, no le enseñó palabras sinceras, no le enseñó pensamientos certeros, no le enseñó sensaciones profundas, no le enseñó el calor y la nostalgia, no le enseñó el camino correcto, no le enseñó las soluciones más adecuadas, no le enseñó suavidad ni dulzura, no le enseñó nada. Ella sabía perfectamente lo que era sincerarse, hablar, callar, pensar, imaginar, soñar, sabía separar todos los mundos que podían llegar a rodearla. Sabía distinguir la nostalgia del recuerdo y a su vez del presente y el futuro cercano. Sabía hacer el amor y sabía sentir amor, aunque fuera demasiado profundo amplio e incluso doloroso. Sabía muchas cosas, pero no sabía que después de un tiempo, se daría cuenta que por sí sola habría ido aprendiendo todo esto, sin su presencia, sin sus palabras, sin sus mentiras disfrazadas con demasiados trajes inadecuados pero convincentes a unos ojos que ni siquiera sabían mirar. Los suyos, los de ella, cambiaron, no fueron sus ojos. Al menos ahora son distintos, ahora sabe distinguirlo todo mucho mejor, sabe separar la VERDAD de la MENTIRA, y sabe decidir qué es lo mejor, o al menos, lo mejor para que su vida no vuelva a romperse en tantos pedazos. Ella no quiere volver a hablar jamás de puzzles, ni de caminos, ni de sueños. No le sirve nada. Sólo le sirve el oxígeno, y parte de la alegría, que, si recuerda con los ojos bien cerrados y las manos encogidas; vuelve a sentir, y vuelve a tenerla durante unos segundos en el presente. Y suelta una sonrisa pequeña, como cuando ella también era pequeña. Y oye de fondo algo que nunca había escuchado, y es esa voz que jamás se paró a atender. Teme, sigue temiendo, y a veces se pregunta si existirá alguna diferencia entre la niña que dejó de ser cierto día, y la mujer que hoy se encuentra escribiendo estas palabras.

Un no cuento

Recogí este texto hace ya casi un año, pertenece a Ángela Becerra, y lo conservo en mi corcho. Me gusta leerlo de vez en cuando, para intentar comprender que es posible que alguien se quede sentado y te espere y te escriba y te haga sentir bien, por una sola vez, en mucho tiempo, sin darlo todo perdido, sin rendirse.

 Aquí lo dejo, espero que lo disfrutéis tanto como yo lo disfruté en su día.

Ahora hace un año todo se aguantaba por un hilo. Sus lenguas, antes capaces de bailar unidas entre salivas hambrientas, ahora sólo se movían para el reproche. Sus ojos, los mimos que trenzaron futuros indestructibles entre miradas silenciosas, ahora se evitaban. Para sus cuerpos, la cama había perdido cualquier otro sentido que no fuera el de dormir con la rabia reclamando más rabia. Me vino a ver y se me sinceró. Estaba en el momento del gran salto al va´cio, en el que las emociones razonadas empujan mientras el halo de algún recuerdo bello deja un último resquicio a la esperanza.“No se merece nada pero, aunque sea lo último, algo tendré que regalarle”, me dijo. No salió a comprar. Nos quedamos en casa y le ayudé a escribir una carta. “Sabes que posiblemente ésta sea nuestra última navidad juntos. Te pensaba regalar un abrigo pero he cambiado de idea. Con esta carta te doy todo el tiempo que necesites para que me confieses, con respeto, lo que de mí te molesta, y también lo que te gustaría tener y ue jamás dijiste. Además, te regalo una hora diaria para acompañarte, tratar de comprender y analizar juntos lo que nos unió y lo que hoy nos separa. Te regalo mi último tiempo, el que dejé de tener para abrazarte, el que dejamos de tenernos para construir... ¿Estamos a tiempo?” 

Hace un mes los vi. Estaban radiantes.

Recuerdo

Báilame el agua

De la película "Báilame el agua":

 Báilame el agua. Úntame de amor y otras fragancias dfe tu jardin secreto. Riégame de especias que dejen mi vida impregnada de tu olor. Sácame de quicio. Llévame a pasear atado de una correa que apriete demasiado. Házme sufrir. Aviva las ascuas. Pónme a secar como un trapo mojado. No desates las cuerdas hasta que ya sea tarde, demasiado tarde. Sírveme un vaso de agua ardiente y bendita que me queme por dentro, que no sea ni tuya ni mia, que sea de todos. Líbrame del estigma. Llámame tonto. Sacrifica tu aureola. Perdonamé. Olvida todo lo que haya podido decir hasta ahora. No me arrastres. Vete lejos. Pero no sueltes mi mano. Empecemos de nuevo. Sangra mi labio con sanguijuelas de colores. Fuma un cigarro por mi. Traga el humo. Arréglalo y que no vuelva a estropearse. No lo toques. Échalo fuera. Crúzate conmigo en una autopista a cien por hora. Sueña retorcido. Sueña feliz que yo me encargaré de tus enemigos. Dame la llave de tus oidos. Toca mis ojos abiertos. Nota la textura del color. Hasta reventar. Sé yo mismo y no te arrepentirás. ¿ Por cuento te vendes? Regálame a tus ídolos. Yo te enviaré a los míos. Píllate los dedos. Los lamere hasta que no sepan a miel, hasta que dejen de ser miel. Sal, niégalo todo y después vuelve. Te invito a un café. Caliente, claro. Y sin azúcar. Sin aliento

"Dime lo que quieres, y lo seré por ti"

Casualidades y destino

Mucha gente cree en el destino, en las casualidades... Yo creí durante un tiempo en el destino, y también en las casualidades, aunque he de decir que es más fácil creer en las casualidades que en el destino. Creo que cuando tu presente no es tan bonito como el pasado que has vivido, tratas de pensar que el destino no existe, o que, por el contrario, existe, y a ti no te ha tratado del todo bien. Entonces si crees en el destino, tratas de unir lazos y cabos, para poder llegar a una conclusión, pero la conclusión puede dejar de ser convincente, y entonces pierdes el interés por saber cómo será tu futuro, y tampoco te encargas de vivir el presente, y tampoco sabes si es bueno pensar en el pasado, pero aún así, lo añoras, y quizás quieras repetir capítulos de ese pasado que es tuyo y nadie ya te podrá quitar. Ni robar.

Creo que antes creía demasiado en el destino. Sabía que por algo o alguien había llegado aquí, a este mismo punto, a construirme esta vida, a encontrarme en esta casa, y esta ciudad. La vida, las personas, el tiempo y hasta las casualidades te cambian, y a la vez, lo cambian todo en una milésima de segundo. Las casualidades si pueden robarte; pueden robarte sonrisas, tristeza, miedos... Las casualidades te hacen sentir, al encontrarte con esa persona que pensabas que jamás volverías a ver, o al descubrir que has conocido a la persona que podría formar parte de tu vida por siempre, y esa sensación te gusta, y te alivia, porque sabes que estarás bien si esa persona se queda. Y las casualidades te hacen presentarte delante de todas esas personas, las buenas, las malas, las que te hacen soñar y las que te roban los sueños, las que te hacen tener pesadillas y las que te hacen reír, o llorar, las que te roban parte de vida, las que te regalan felicidad y años, las que te hacen sonreír dia y noche, y las que te hacen callar de dolor. Entonces es cuando debes analizar cada casualidad, cada parte de tu destino que está sucediendo mientras tú no lo sabes. Y el destino es éste, nosotros también formamos parte de él. Lo vamos construyendo con nuestras propias manos cuando queremos decidir o no. ¿O quizá el destino simplemente sea el futuro? No sé... Creo que mi cabeza ha pasado de estar en blanco a estar llena de dudas. Dudas con las que puedo convivir.

Creo que a todos nos gustaría saber quien es la persona que maneja nuestro destino. O quizá tratamos de pensar que no existe para pensar que será nuestra responsabilidad la única que diseñará nuestro destino, nuestro futuro, el resto de nuestra historia. Y mientras vivimos... pensando que las casualidades pueden ser buenas, o malas... pero no únicas. Y ciertamente, lo son. A veces vivimos una casualidad, delante de alguien, sea quien sea, que ha sido algo para nosotros, cualquier cosa, y jamás vuelve a pasar. Eso era solamente una casualidad, y no olvidemos que hay casualidades importantes y otras que carecen de valor. Lo triste es cuando piensas que esa casualidad que tú considerabas importante, se convierte en otra milésima de segundo en una casualidad de mierda. Y quieres deshacerte de ella porque sabes que con ella, con haberla vivido, no podrás vivir tan tranquila como deberías y desearías vivir... pero entonces sientes ahogarte, sientes menos oxígeno, y quieres sentir únicamente que todavía te quedan las mejores casualidades por vivir. Y que ellas solas se vayan encargando de tejer los hilos que conformarán tu destino.

Lo que no sé es si quiero creer en el destino. Lo que no sé es si puedo evitar las casualidades, no, no puedo, y por eso a veces siento miedo. Porque con el paso del tiempo descubres que hay cosas que quieres volver a vivir, y otras, otras que no querrías volver a repetir jamás.

Mucho frío

Sí, me estoy volviendo una chica friolera, y no sé por qué. Llevo días notando el frío, notando demasiado el viento, el aire de las siete de la tarde y las manos heladas. Creo que es el tiempo el que me ha cambiado y me ha vuelto así. No es que sea malo, tornarme friolera cuando he sido toda mi vida tan calurosa. Creo que odio el frío, pero aún así, me he vuelto friolera. Creo que ahora tengo una manta siempre entre mis manos, y creo que mis pies anhelan el calor que antes les sobraba. Creo que hoy mi cabeza está en blanco, y no sé muy bien por qué estoy hablando de esto, quizá sea porque anoche pasé frío, o quizá sea porque me acosté demasiado triste y de la tristeza nació el frío, puede ser...

Anoche vi un documental, titulado “Ser madre”, me proporcionó curiosidad, y me quedé para ver el primer reportaje que iban a emitir. Este reportaje mostraba la vida de una chica inglesa de 16 años y ésta tenía una hija de 2 años, la había tenido a los 13. Eran como dos gotas de agua, rubias y con los ojos azules grisáceos, algo oscuros. Ella, la madre, se estaba muriendo, le habían diagnosticado cáncer de huesos, y no había marcha atrás. Se estaba muriendo y ni siquiera el médico le podía decir cuánto tiempo le quedaba. Ella sabía que no mucho. Había asistido asiduamente a sesiones de quimioterapia, había perdido su bonita melena y también el miedo a morir. No, no tenía miedo a morir (yo, viendo estas imágenes, no pude evitar llorar), lo único que tenía era miedo de no ver a su hija acudir al instituto, de no verla con 16 años... Entonces comprendí lo injusta que estaba siendo la vida con ella. Ella, la madre, la tachaba de asquerosa, la vida...

Ella y su hermana comenzaron a grabar vídeos para que cuando su hija de dos años creciera, pudiera tener un mejor recuerdo de su madre, hablándole a través de la televisión. Anoche no pude contener esa tristeza que sentí, y sé que hay miles de casos iguales o semejantes a éstos, pero anoche no pude frenar mis lágrimas. Esta chica se murió hace 3 años, con 16 años recién cumplidos. Ahora, ella, tendría mi edad. Y su hija, en cambio, ha cumplido 5 años y no tiene a su madre. No tiene de momento recuerdos, no tiene esa voz que debería acunarle.

Creo que anoche, al ver esto, me vi obligada a dormir con más tristeza y más frío. Creo que me vacío, y eso me ocurre porque yo durante mucho tiempo también pensé que la vida era asquerosa.

Nacer, y morir. Es el principio y el fin. Es una historia, un cuento. Lo triste es cuando sientes que todo ha acabado casi antes de que todo haya empezado.

Y creo que me dolió ver y sentir que esa chica tan joven no tenía miedo de morir, cuando ese es uno de mis mayores miedos; no únicamente porque así dejaría de existir, sino por lo que dejo aquí, porque hay cosas que merecen la pena: la playa, una tarde de verano, un baño en una clara piscina, una escalada en otoño, un muñeco de nieve, una buena película, una tranquilizante charla, una fotografía en blanco y negro, un mural de recuerdos, un viaje emocionante, un plan instantáneo, una sonrisa casi eterna... todo eso vale la pena, pero no todo el mundo tiene posibilidad de vivirlo. No todo el mundo tiene el poder de vivir su vida, y de respirar; y eso infunde tristeza, y frío.
Mucho frío.

No...

Invitación al amor (II)

No puedo aceptar tu invitación al amor, no puedo. Y tampoco debo, porque yo, al igual que el resto de la gente, no tengo el derecho de hacerte daño. Yo sé que terminaría haciéndote daño, algún día, y tal vez involuntariamente, pero prefiero dejar pasar dicha invitación. Y te amo (claro que te amo), y con locura, pero sé que no es suficiente. Sé que aunque el amor persistiera, yo dejaría de ser el mismo. Dejaría de quedarme despierto mirándote, dejaría de echarte de menos al no verte, y dejaría mi vida llena de ratos sin ti. Entonces tú lo notarías. Notarías cada cosa, y yo dejaría también de merecerte, y no quiero ser una de las causas de tu posible futura agonía. 

Sólo quiero una cosa: ver la felicidad en tus ojos. Y aunque te baste ahora que mi voz te regale un te quiero, sé de sobra que un día necesitarías más, y te callarías, por miedo. Pero quiero robártelo, sí, todo el miedo, todo el miedo que en ti queda. Y quiero amarte por siempre pero estoy seguro de que no soy capaz. Hago demasiado caso a la cabeza, y a todo lo que no forma parte de ti. Y sé que podría hacerte sonreír, ahora, mañana...siempre, creo que sí soy capaz de hacer eso, pero sé también que algún día me resultaría sencillo herirte y partir tu corazón en pedazos. Y me volvería entonces cobarde y me alejaría antes de curarte, cosa que jamás podría perdonarme. Y por eso me quedo aquí, cerca y lejos de ti a la vez. Y sin ti, sin tus besos tempranos. Y dejo de conocer tus sueños, y ya empiezo a sentir mis huesos sin los tuyos. Ya empiezo a vivir el cambio de mi vida, sintiendo que tal vez, un día, una tarde... pueda arrepentirme de rechazar tu invitación al amor.

Suerte y dolor

Me estoy curando. O mejor dicho, mi madre también está poniendo todo de su parte porque me cure lo antes posible. Sigo durmiendo poco y mal, pero prefiero pensar que amanece temprano y que puedo levantarme de la cama pronto, aunque no demasiado deprisa...porque sé que entonces me visitan los desmayos. Y ya basta de preocupar a mi madre. Creo que los puntos hoy se van a portar bien. Al menos no están tirando tanto como ayer, y eso, siempre es buena señal. Pienso en que todo mejore y que no les pase nada antes de que me los quiten, y pienso esto porque la actitud positiva es la mejor elección que puedo hacer para verlo todo con otros ojos. ¿Por qué no puedo tener suerte en estos momentos? No pido toda la suerte del mundo, no. No quiero abarcarlo todo. Odio la avaricia.  Y creo que me conformo con que el viernes no me hagan mucho daño al quitármelo. Esto me pasa por ser sensible, que a todo le atribuyo parte de miedo y dolor. Hasta el amor está cargado de miedo y dolor. Pero ahora no quiero pensar en el amor. No me hace falta. Creo que hasta pasamos por épocas en que lo obviamos porque no confiamos en él. Entonces un día es el amor quien nos da con la puerta en las narices. Pero ahora no quiero hablar del amor; quería decir solamente que estoy un poco mejor. Que anoche cené con mis dos hombrecitos y me hicieron reír demasiado; pero bueno, si se trata de reír, nunca es demasiado.  

Hoy es sábado. No ha salido el sol. Estoy enfadada con él, pero quizá yo salga a respirar un poco este oxígeno contaminado de la ciudad. Hoy descanso, hoy me quedo en casa a recibir mimos, que, al igual que la risa, nunca son demasiados.

HapPy eNd

Sí. Se casan. Por supuesto. Lo hacen sin dudas, y con amor desbordado. En cada segundo, en cada momento compartido. Él sigue con su preciosa sonrisa permanente, y ella sigue con sus pómulos salientes y sus ojos regalando luz. Y claro, claro que tienen hijos. Primero llega la primera niña, después llega la segunda, y finalmente llega un pequeño. Deciden no tener animales, pero la casa es grande, no enorme pero sí grande. Y sin darse cuenta, cada mañana son felices, no pueden ser más felices que en todas sus mañanas cuando oyen a sus hijos quejarse porque no quieren levantarse y son aún más felices cuando al volver del colegio, sus niños les cuentan todo lo que han hecho, con la voz acelerada y las palabras seguidas. Ella sonríe, y recuerda también la época en que formar una familia le parecía un sueño inalcanzable. Él sonríe aún casi más ampliamente, y recuerda pero no anhela la época en que los negocios y el dinero eran los únicos componentes de su vida. Y anhela el momento en que pasó por aquella avenida y decidió que ella subiera a su coche. Entonces para ambos se abrió una grandísima puerta y comenzaron otra vida; pero, al igual que siendo felices; sin darse cuenta...

 

Y así acaba el cuento...¿quién no daría todo por vivir algo así?...

El final que adoro