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Pequeña

Una nueva coraza

Se siente lejos de ella. Siente que nunca la tuvo tan lejos. Siente que jamás dejaron de decirse tantas palabras, y siente que jamás dejaron de compartir momentos. Siente que echa de menos su risa, la que ya no oye porque ya no está con ella. Siente que se alejan cada vez más, y no sabe si puede controlarlo, o, lo que es peor, si quiere frenarlo. Siente que el fin podría haber sido otro. Siente que establecer un nuevo comienzo puede costar lágrimas, sudor y esfuerzo. Siente que tal vez está vacío de todo eso, y no quiere volver a luchar. Siente que su vida le sonríe, pero ya no recuerda la forma en que ella lo hacía. Siente que a su vida (la de ella) le falta todo lo que él ahora tiene. Siente pena y tal vez miedo. Miedo de que se conviertan en extraños y no volver a ser quienes eran.  

Siente que el tiempo ya no es barrera para ellos, porque simplemente, no lo usan ni lo gastan. Piensa en cuánto hace que no se miran a los ojos. Piensa en qué estará pasando por su cabeza, y qué planes tendrá. Piensa que hace mucho que no le cuenta nada. A lo mejor ella se está muriendo por dentro, y él ni siquiera lo ha llegado a imaginar. A lo mejor ella ha perdido las ganas de vivir, las ganas de salir, las ganas de estudiar, las ganas de sonreír al cajero del supermercado, a la niña del parque o a la mujer alegre de la papelería.

Siente que tendría que haber llegado antes y que tendrían que haber hablado más. Porque han matado las palabras que tenian que decirse antes de pronunciarlas. Porque han dejado de decirse aquellas cosas que hacían falta. Porque han dejado de demostrarse lo que son el uno para el otro, y ella siente que no hay salvación ninguna. Él no gasta mucho más tiempo en pensarle, porque ahora su vida es otra, y lo que tiene, le basta. Ella recuerda cogida a la sábana y al cojín que empapa con lágrimas. Bebe tres gotas de sal que caen directamente desde sus ojos, y se las seca rápidamente cuando su madre entra por la puerta. La luz está apagada y el cielo oscuro, así que ella no puede advertir que su hija está llorando. Tampoco puede saber que su hija está triste, porque se pinta una sonrisa con pintura en el ascensor, antes de meter la llave en la puerta de roble. Tampoco nadie más que le rodea sabe que se muere por dentro. Se desprendió de una coraza hace mucho tiempo, y ahora ha vuelto a comprarse una. Una mucho más buena, una que no delata sentimientos. Ya no se mira al espejo porque hasta hace poco pensaba que su sonrisa era bonita. Ahora sólo se aprende el cuento de que sonreír a los demás es una obligación, en lugar de un derecho, o parte del placer que se puede sentir cuando alguien saborea la felicidad.

Intenta olvidar. E intenta dormir. Pero no puede.

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