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Pequeña

Todo pasa y nada queda

Septiembre. Sí, duele tener que afirmarlo pero todos mis septiembres son jodidos. Recuerdo tres especialmente. En uno de ellos, se volvió a alejar de mí la persona que siempre me ha acompañado, la persona que siempre ha estado al cuidado de mí, la persona que sembró mi vida de cariño, de libros en forma de regalo y me despertaba a medianoche para enseñarme un pequeño Donald que había conseguido en la feria, para mí. (Echo de menos esos tiempos).

En el segundo de esos jodidos septiembres, descubro una verdad absoluta, una verdadera putada, una de esas cosas que se te quedan grabadas en el alma y no se te sueltan. Como un pellizo prolongado que te deja un par de lágrimas en los ojos, y se vuelven escarcha, y te acompañan todo el invierno. Un invierno que pasas igual de jodido que el mes de septiembre. Intentas resurgir, salir a flote, aunque sea a través de la respiración de las personas que te acompañan, te dan una palmada en la espalda y te dicen que estarán ahí.

El tercero de los septiembres, las cosas siguen cambiando. La rueda gira, pero esta vez, hacia el otro lado. Dejo de creer en la persona que aportaba su parte de sentido a mi vida. Dejo de confiar, de querer, dejan de apetecerme cosas, dejo de pensar. Lloro, sí, pero por la rabia de descubrir algo que no quería, de ver algo que no pensaba que vería en su ser, en su alma, y en su forma de actuar y tratar. Si es cierto que nadie somos perfectos, de hecho yo adoro la imperfección, pero creo que es innato tratar bien a alguien cuando le quieres, al menos cuando existe una mínima porción de cariño, que siempre ha estado ahí, y que nunca se borró del todo. Ni siquiera se empañó. O sí, en cuestión de poco tiempo, los pensamientos cambian, y los sentimientos también. Cuesta creerlo, pero he aprendido a ver esos cambios que duran horas a través de las personas. De las que me han rodeado. Ahora, si me quedo aquí sentadita, con las manos frías y el corazón caliente, pienso que sólo me duele recordar el primero de esos septiembres. Que el segundo y tercer septiembre me resbalan, que no me importan lo más mínimo. No me aporta nada pensar en las personas que se han encargado de hacerme sentir más pequeña de lo que ya soy, en robarme porciones de mí, en sacar lo mejor de mí y dejarme sin nada, o al menos, con lo que me hacía falta.

Lo bueno de pasar esta clase de septiembres, es que maduras como nadie, que aprendes como nadie, que no hace falta acudir a ningún tipo de clase especial o a algún tipo de terapia para que te expliquen en qué consiste la vida. porque ya lo estás experimentando. Y resulta que incluso a esas dos personas les debería dar las gracias. Han conseguido que deje de confiar en estupideces, en palabras disfrazadas de buenas mentiras, o penosas excusas. No, nunca se me dio bien eso de recibir excusas a tiempo. Porque ni a tiempo soy capaz de aceptarlas, ni justificarlas, claro. Es penoso también tratar de buscar alguna excusa para alguien que formó parte de ti ¿no? para alguien que te amó, en su justa o no medida. Supongo que yo misma me busco estos septiembres, por diversas razones que todavía siguen conmigo. Pero ya no lloro, ya pasó esa etapa. A veces los septiembres se alargan y la mitad de octubre también es jodida, pero entonces y de repente, encuentras motivos por los que sentirte llena de vida. Dejas de empapar la almohada, dejas de necesitar llamadas, dejas de leer palabras que tampoco te dirían nada, dejas de querer la presencia de esa persona que antes siempre estaba a tu alrededor (en tu entorno), ahora todo es diferente. Ya no quieres a esas personas en tu entorno, no te aportan nada, nada que te merezca la pena, nada que quieras contigo. Ni ahora, ni después. Y sentir esto, después de dolor y decepción, mola. Simplemente sonrío porque la etapa de asimilación llegó, y posteriormente, la de acomodación, me hizo sentir segura. Aprendí a vivir con cambios, y a partir de esos cambios empecé a tratar y a vivir. Y vivir es lo más bello y apetecible que tiene la vida. Sólo hace falta un par de sonrisas por las mañanas, tener las cosas claras, y echar pestillo a la puerta. También una mirilla, para ver quién está detrás, y decidir quien pasa, y quien no. Ahora todo está claro, clarísimo. Sé quien quiero que pase y arañe mi alma y rasque en las paredes de mi cuerpo para saber cada secreto, y descubrir cada uno de mis pensamientos con tan sólo rozarme, y dedicarme una bonita palabra. Una sola.

Olvido los jodidos septiembres, y me quedo con diciembre. Sí, hacía tanto tiempo que quería decir esto, y éste era el momento.

Feliz Diciembre a todos!

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1 comentario

marisa -

me encanta lo que escrives. porfavor sigue escriviendo
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