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Pequeña

Que me quedan lágrimas, lo sé.

Sé que me quedan lágrimas, pero no quiero expulsarlas todavía. Sé que hay días que no puedo más, y me escondería bajo la sábana, sin más ánimo que aquel de que no la levante nadie para hacerme salir. Sé que a cada segundo, nacen nuevos pensamientos, y, ahora, no sé que hacer con ellos. Me invaden y no los soporto. No los quiero conmigo. Al igual que las dudas, no me facilitan nada, y me molestan, me irritan, me enerven. Sé que a veces, las palabras, no solucionan nada. Y sé que los gestos matan miradas. Sé también que algunos abrazos roban cariño para después destrozarlo en pequeñas porciones que quedan desperdigadas en aceras rotas. Sé que los besos, cuando no vienen del alma, ni se oyen ni se sienten. No se notan.

Sé que me quedan lágrimas, y de verlas caer, prefiero aquí entre mis paredes. En un cuarto que debe seguir cambiando para no recordarme tantas cosas que ya no son así. Un cuarto con color que intenta transmitirme felicidad. Pero hay días que la tarea más dura, es sonreír. Y cuando ese obstáculo no desaparece, prefieres cambiar de vía, y probar mañana, que será otro día, quizá. Sé que me quedan lágrimas, pero no es justo manchar mis pómulos de rimmel, ni estrujar la almohada ni hablar en bajito perdiendo el tiempo que nadie, después, me dará. Sé qué tengo que hacer para no sentirme así, y aunque no tenga fuerzas, debería conseguirlo, y así demostrarme a mí misma que todavía tengo la capacidad de salir a flote sin ningún tipo de ayuda. Podría intentarlo, porque no tengo nada que perder.

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